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¿Por qué no todo el mundo celebra el legado de Suárez?

La desaparición de Suárez y las marchas del fin de semana coinciden en un punto: la nostalgia CT y la peregrinación hacia algún futuro que transgreda nuestra herencia política

Crespón negro. Adolfo Suárez, el hombre que danzó entre la dictadura y la democracia, pieza indispensable en la forja de las libertades políticas en España, desapareció ayer. El suyo es probablemente el obituario más importante de la democracia actual, y su vida, un relato político aún caliente. La figura del ex presidente ha sido una de las más idealizadas y desacralizadas, y una prueba de su vigor es el hecho de que hoy todas las portadas de los periódicos nacionales coinciden en un mismo relato: Suárez, héroe.

Sin embargo, no es la única interpretación de la historia. En los ochenta, hubo un tiempo en que Suárez era un político gastado y sin futuro. Su progresiva desaparición de la esfera pública, no obstante, trajo consigo su reencarnación en una especie de fetiche benevolente: todo el mundo quería abrazar al hombre que no ya responde y que ya no escribe la historia. El de UCD servía como pizarra en blanco para escribir los mejores recuerdos de la Transición.

A pesar de las portadas, vivimos un escenario que vuelve a ser crítico, no tanto con el político de Ávila como con la imponente herencia que se le atribuye, y cuya sombra pretende alargarse con efectos paralizantes. El consenso de hoy apunta a que la democracia actual no funciona, mientras las inquietudes más interesantes de nuestro debate político tienen que ver con la revisión de la Constitución. Al margen de mitologías y reconocimientos, los cimientos que Suárez sentó en nuestra política sólo pueden ser cuestionados.

Suárez y las Marchas por la Dignidad, dos caras de la misma moneda

Con el precipitado anuncio de su muerte por parte de su hijo, los quioscos preparaban un fin de semana de ventas y relatos sobre la figura de Suárez. En cierta forma, la tónica mediática general se lamentaba de lo que no volverá y debería permanecer.

Entre tanto, miles de personas procedentes de distintas zonas de España desembocaban en una manifestación heterogénea, aunque unida en su rechazo a las políticas del gobierno, al rescate a la banca y al recorte de los derechos y libertades ciudadanas: “Pan, trabajo y techo”.

¿Sus puntos en común? La oposición al pago de la deuda impuesta por la Troika, y la noción de que la Constitución que Suárez construyó es hoy una de las cartas magnas menos soberanas de Europa. Una Constitución que, por si fuera poco, también ha dejado de representar a buena parte de la ciudadanía.

De las miles de personas que se unieron en Colón, es posible que sean muchas las que consideren a Suárez una pieza imprescindible de la Transición, y a ésta, a su vez, una pieza necesaria para la instauración de la democracia. Pero esos miles de ciudadanos también sienten, igual que muchos que no asistieron a la protesta ni formaron parte de las marchas, que España está sumida en otra transición, constantemente negada y desacreditada desde instituciones y medios de comunicación. Al día siguiente las portadas se convertían en panfletos: cuando no ninguneaban la Marcha por la Democracia como señal de cambio, preferían concentrarse en los choques violentos al término de la manifestación.

Una vez más, la demencia no parece proceder de quienes veneran sin fisuras a un gran líder político o utilizan su figura para sus intereses, sino de quienes no saben ni dónde estamos, ni en qué momento. Este fin de semana, los grandes medios escurrían el presente de sus cabeceras para dar paso una necrológica en episodios, a un luto que exige silencio a la gente que no puede esperar más, y cuyo futuro sólo será posible si supera el legado del líder fallecido.

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