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Esta es la reivindicación de la eutanasia más poética y brutal

Porque la decisión sólo debería ser nuestra

Veo una habitación, y veo una manta. Veo la marca abultada de unas rodillas reposando sobre la cama. Veo un cuadro al fondo, está algo oscuro, parece El jardín de las delicias, o al menos un fragmento. Al lado del cuadro veo una cómoda, hay montón de cosas sobre ella. También veo un reloj y una ventana, pero ni las manecillas avanzan ni la luz parece querer dejarme contemplar cuanto ocurre al otro lado. Veo una jaula. Veo un florero. Veo un radiador. Y veo a mis nervios desesperarse, porque aunque sólo llevo siete minutos dentro de este vídeo, el silencio y la lentitud comienzan a ser dolorosas.

¿A qué estoy esperando?, me pregunto.

¿Por qué sigo aquí?

¿Por qué la persona que lo protagoniza no se levanta y abandona ese lugar tan tétrico de una vez?

La respuesta a mis preguntas es fácil: porque está enferma. Porque no puede moverse. Porque está esperando a morir. El vídeo que yo estoy mirando y que abandono en el minuto nueve es sólo un fragmento de la vida de esa persona agonizante. Bajo el título de El anuncio más largo del mundo, este film es en realidad de una campaña promovida por la Asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD) en colaboración con Despensa y 7 Attic Films. Con el propósito de concienciar a los ciudadanos y sobre todo a los políticos españoles de la necesidad de regular la eutanasia y el suicidio asistido en nuestro país, la DMD ha puesto en marcha además una petición en Change.org.

Una muerte digna es la culminación de una vida digna. Si día a día luchamos por nuestros derechos vitales no deberíamos olvidar que todos los días hay personas viviendo su propio anuncio más largo del mundo. Ese que antecede al fallecimiento. Ese mismo que nos invalida, nos entristece, nos hace sufrir en nuestra propia jaula. Ese que nos hace contemplar un Jardín de las delicias incompleto, como metáfora de aquel lugar feliz y luminoso en el que jamás volveremos a habitar.

La campaña de la DMD se presentó el miércoles pasado en un pequeño cine de Madrid. Los asistentes al evento entraron en la sala sin saber muy bien a qué se enfrentarían, y una vez dentro se encontraron con nada menos que 25 horas de grabación en las que se recreaba la vida de un enfermo enclaustrado. Ahora el vídeo puede verse entero en esta web, aunque la incomodidad del visionado es tal que los espectadores no suelen aguantar más de unos minutos. Cuando se pulsa al botón de cerrar, el mensaje que aparece a continuación pone los pelos de punta:

“Si sólo aguantas esto durante 9 minutos…

¿por qué obligar a otros a que lo hagan durante días, semanas o incluso años?”

Hasta hoy la petición ha acumulado más de 1.800 firmas, y aunque son 600 más las que se necesitan para cumplir objetivos, lo cierto es que este debate no debería quedarse aquí. Hace unos días conocíamos la historia de una estadounidense enferma de cáncer de 29 años que ha decidido poner fin a su vida el próximo 1 de noviembre respaldada por las leyes de su estado; y en los últimos meses las historias sobre el “turismo suicida” no han dejado de gotear en la prensa. Propuestas como El anuncio más largo del mundo son necesarias, y a pesar de la aparente brutalidad de su ejecución, consiguen concienciarnos con poesía y con cierta belleza dolorosa.

Pulso el play otra vez.

¿A qué estoy esperando?

¿Por qué sigo aquí?

Y mientras nosotros discutimos sobre dioses, leyes o moral, las manecillas del reloj de esta habitación siguen su curso lento e interminable. Veo una habitación y veo una cama. Veo una manta atigrada en la que unas piernas se agitan nerviosas. Si sigo aquí es porque estoy esperando a la muerte. Si sigo un minuto más, es porque mi responsabilidad es entender a los que ya no desean más esta vida.

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