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"¡Escribid en las tumbas, tallad en las lápidas que todo fue en vano!"

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La Nobel Svetlana Alexiévich relata con una precisión quirúrgica una de las mayores vergüenzas de la historia soviética en Los muchachos de zinc

Margaryta Yakovenko

03 Mayo 2016 17:20

Fue a la guerra cuando ya era oficial que había una guerra. Cuando el flujo de los ataúdes era tan intenso que la sociedad ya no podía callar y las lágrimas de las madres podrían haber desbordado la Plaza Roja, haber inundado la tumba de Lenin.

Svetlana Alexiévich, Nobel de Literatura, redactó Los muchachos de zinc sabiendo que su texto revelaba una verdad que en la URSS se intentaba tapar. Viajó a Afganistán para ver de primera mano aquella guerra de la vergüenza en la que los chicos soviéticos se convertían en carnaza.

"¿Alguien me creerá si escribo esto?", se pregunta la escritora en uno de sus cuadernos de notas de 1986.

Y la creyeron.

Los muchachos de zinc removió conciencias y se convirtió en el relato trágico, desgarrador y bochornoso de la catástrofe del Vietnam soviético. En el grito apasionado contra la guerra.



Primera fase: el engaño

A través del conocido estilo de la autora, que deja que solo los testimonios hablen, encontramos las voces de las madres, las esposas y los propios combatientes de la guerra. Voces que relatan la manera en que miles de jóvenes que se encontraban en los mejores momento de su vida fueron arrojados a los brazos opresivos de la muerte de una guerra que para los soviéticos duró 10 años y dejó más de 15.000 muertos y más de 53.000 heridos.

"El hombre es capaz de conquistar el cosmos, pero las personas se matan entre ellas exactamente igual que hace miles de años", pronuncia uno de los soldados que volvió vivo a casa después de pasar por aquellos desiertos y aquellas montañas violetas que vieron morir a tantos amigos.

Para el régimen no había ninguna guerra. La opinión pública soviética creía que sus soldados ayudaban al nuevo gobierno afín a la URSS a levantar el país. A construir escuelas, bibliotecas y colgar banderas rojas en las calles.

Pero la tierra supuraba sangre y estaba prohibido preguntar.


Para el régimen no había ninguna guerra. La opinión pública soviética creía que sus soldados ayudaban al nuevo gobierno afín a la URSS a levantar el país


Segunda fase: se salva el que dispara primero

"Cuando mi mujer preguntó: ¿cómo es que mi marido ha acabado en Afganistán?, le contestaron: expresó su deseo voluntario de ir", confiesa en las páginas uno de los soldados.

Desde que en el 45 la URSS quedó del lado de los ganadores en la II Guerra Mundial, la victoria ha sido uno de los puntos claves de la configuración del patriotismo ruso-soviético. Aún hoy, Vladimir Putin aprovecha cualquier ocasión para recordar el glorioso triunfo.

En la URSS la guerra era honor. Pero con Afganistán, la guerra se convirtió en infamia. Esta vez, nada era como en el 45 porque ahora los soviéticos eran los invasores en un conflicto que se libraba a espaldas de la sociedad.

Los chicos que hacían el servicio militar obligatorio podían acabar en Afganistán sin que su familia supiera nada. El Estado ordenaba. El Ejército ejecutaba.

Luego comenzaron a llegar los cadáveres.


Esta vez, nada era como en el 45 porque ahora los soviéticos eran los invasores en una guerra que se libraba a espaldas de la sociedad


"Ninguno de nosotros se paró a pensar: '¿por qué en tiempos de paz los hombres jóvenes regresan del servicio militar con órdenes de la Estrella Roja y medallas de valor? ¿por qué traen todos esos ataúdes y mutilados?", se pregunta en el libro un mayor, jefe de la sección de fusileros.

Empezaron a llegar ataúdes de zinc. Ataúdes que eran como latas de conserva. Pequeños, no se abrían. Muchas madres nunca volvieron a ver el rostro de sus hijos. Nunca supieron si lo que enterraban era carne de su carne.

"Fue más tarde cuando nos enteramos de que los ataúdes llegaban a la ciudad y que los enterraban en secreto, de noche, y en las lápidas ponían 'falleció' en vez de 'cayó en combate'".

Muchas veces, los ataúdes solo estaban llenos de tierra. El cuerpo había sido fulminado por una bomba. No quedaba nada.



Tercera fase: el olvido es una forma de mentira

Conforme van pasando las páginas del libro, la única pregunta que surge en tu mente es la de: ¿por qué?

La muerte se vuelve cada vez más y más absurda en medio de la guerra. De una guerra gratuita. En Los muchachos de zinc se revela una certeza imborrable: no importa de qué bando sean los muertos, todos son víctimas.

No hay nada de heroico en la guerra. No hay nada de heroico en la muerte. El asesinato es siempre asesinato y es atroz, brutal, despiadado.

Guerra es cuando pisas una mina y te quedas sin las dos piernas. Guerra es cuando tu mejor amigo te dice que todo irá bien mientras le cuelgan las tripas por fuera. Cuando vuelves a casa y ves que tú ya no encajas en esa sociedad pacífica en la que los chavales van a discotecas.

Tú que viste morir a otros, que mataste a otros, fuiste bestia pensando que cumplías tu obligación de persona. Cumpliste órdenes de un país que ya no existe. En la guerra viviste como si hoy fuera el último día de tu vida y en casa todo funciona a media potencia, a media voz.

En ese momento te das cuenta. Ahora formas parte de una generación perdida.

"¡Escribid en las tumbas, tallad en las lápidas que todo fue en vano!", se queja en el libro un mayor y Alexiévich consigue captar ese sentimiento de fatalidad y desesperanza con una precisión quirúrgica.

Y fue precisamente esa precisión la que acabó condenándola a largos años de juicios y desprecios.



Cuarta fase: post mortem

En 1992, Alexiévich fue denunciada por un grupo de madres de los soldados caídos en batalla. Concretamente, la denuncia vino a raíz de la representación teatral de la obra homónima por el Teatro Nacional Yanka Kupala.

Según la denuncia, la autora había falsificado y tergiversado los relatos de los soldados y las madres en su libro. Pero su único delito fue escribir en contra de la guerra en el país donde los museos militares son la base de la educación.

El juicio duró un año entero en el que Alexiévich tuvo que presentar todas las pruebas que tenía para confirmar que nunca falsificó ningún testimonio.

"Como ser humano... he pedido perdón por haber causado dolor, por este mundo imperfecto donde a menudo ni siquiera se puede caminar por la calle sin molestar a otra persona... Pero como escritora... no puedo, no tengo derecho a pedir perdón por mi libro. ¡Por la verdad!", declaró la autora en una de las audiencias.


Alexiévich consigue captar ese sentimiento de fatalidad y desesperanza con una precisión quirúrgica


Finalmente, el maratón judicial llegó a su fin. La autora tuvo que pedir perdón a uno de los soldados que aparecen en el libro y el periódico Komsomólskaya Pravda fue instado a publicar una rectificación.

Para los intelectuales exsoviéticos, el juicio fue la última demostración de poder del Estado contra una obra artística que en otros tiempos sin duda habría sido censurada.

Entre otras cosas, el juicio hizo que, a partir de ese momento, Alexiévich fuera recibida tanto en Bielorrusia como en Rusia con reticencia. Sus opiniones, muchas veces contrarias a las autoridades, no jugaban en su favor.

La honestidad que desprende y los posos trágicos que se perciben en cada historia convierten el libro en un testimonio clave, sincero y alegórico del horror que anida en el ser humano. De la barbarie que nos ha encasillado en la Historia.

Y nadie como Svetlana Alexiévich ha podido relatar esa historia de lo etéreo con mayor rigor.


¿Alguien me creerá si escribo esto?



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