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¿Por qué los modernos están flipando con la religión?

Algunas claves para entender la fiebre de la religión (occidental) que está invadiendo el mundo hipster. Tras los modernos católicos, llegan los hipsters musulmanes

Hace tiempo que Brett McCracken acuñó el concepto “cristianismo hipster”, y desde entonces la tendencia de jóvenes estadounidenses interesados en casar a Jesús con el hipsterismo ha cogido peso. En una deriva muy similar, The Daily Beast se hacía eco ayer de su variable islámica:

“Un Mipster (hipster musulmán) es alguien que conoce las vanguardias de la música, la moda, el arte, el pensamiento crítico, la comida, la imaginación, la creatividad y toda clase de cosas infrecuentes. El mipster posee un espíritu social, y anhela un orden más justo, una comunidad más inclusiva que no se vea limitada por categorías obsoletas, y que se niegue a arrastrarse ciegamente en un mundo tan obsesionado con la clase social como inconsciente de sus consecuencias".

¿En qué momento de nuestra historia reciente se planteó que el Corán y la Biblia conviviesen con la vanguardia intelectual? Cierto es que una de las ocupaciones más intensas del crítico de la cultura siempre ha sido acuñar neologismos con que definir tendencias, que a veces se viralizan y casi siempre no (BoBos, gafapastas, Nerds, Geeks, Yukis…). Pero con independencia de la popularidad que el futuro le depare al concepto mipster, una nueva inclinación hacia la espiritualidad está gestándose entre los millennials.

Fagocitada la ética budista por el mundo empresarial a través del McMindfulness, la fe occidental parece un buen destino para revisitar y recuperar enseñanzas.

¿Giro conservador, o paso hacia delante?

Por qué los modernos están flipando con la religión

Que la fascinación por lo retro y lo vintage se relaciona con la ausencia del futuro hoy es una idea que empieza a calar hondo. Recientemente Carmen López analizaba aquí el fenómeno. Bajo esta tesis, vinilos, legos, polaroids y otros muchos iconos de los noventa revisitados ahora no serían sino un oasis al que desviar nuestra atención, frente a los peligros que depara el mundo posterior al crash de 2008. Esta reivindicación moderna de la religión, desde el cristianismo al Islam, parece aludir a semejante giro conservador. Por supuesto, hay otras lecturas.

Hajer Naili, una de las fuentes que la escritora del Daily Beast maneja para presentar esta corriente mipster, alude a que “el Islam no es una religión monolítica. Está hecha de individuos poliédricos con distintas experiencias étnicas, y que, por tanto, visten y viven la religión según su entendimiento particular.” La diseñadora Nancy Hoque alude al velo como herramienta de poder; Sixteenr, su firma, se describe a sí misma como “scarves that empower”.

En el mundo que siguió al 11-S y al fraude de la guerra contra el terror, comprender el Islam se ha convertido en un compromiso moral de Occidente. Frente a la demonización de su fe por parte de los medios, las nuevas generaciones procedentes de familias emigrantes se han visto obligadas a reivindicar sus orígenes. Era una cuestión de orgullo.

La inclinación freudiana a romper con los padres, y por lo tanto con sus usos y costumbres, también está en desuso: ya se sabe que los verdaderos hipsters fueron los padres, y que presumir de padres modernos es el primer paso para reafirmarse en la vanguardia. Renunciar a la familia no se comprende ya como un gesto valiente. Que se lo digan si no a los Cyrus.

Dentro del Islam, los propios fieles también se han visto obligados a demostrar al mundo que existen otras formas de entender la fe, fuera del estereotipo fundamentalista. Meses atrás lo vimos con el colectivo Kosovo 2.0., y el desafío que en la Europa del este puede plantear ser un musulmán que simpatiza con el estilo de vida occidental.

De la gastronomía a Dios: el poder de las palabras

Algunos antropólogos hablan de “Homo Religiosus” para referir la condición religiosa del ser humano. Esto no quiere decir que estemos predispuestos a creer en algún ser trascendental, sino en cualquier mito que dé sentido a nuestras acciones: el deporte de masas, la política o el consumismo serían una actualización contemporánea de esa condición religiosa. Desde esta perspectiva, la idea de Dios y la trascendencia no habría desaparecido en las sociedades materialistas del siglo XX; más bien se habría camuflado y adaptado a los nuevos estilos de vida.

Puede decirse que con la espiritualidad está sucediendo algo parecido al giro semántico de la gastronomía: décadas atrás, la presencia en alimentos de componentes químicos con muchas sílabas se comprendía como algo positivo; hoy se cotiza más lo “natural”, la ausencia de “aditivos” y lo “hecho en casa”. Con la religión está pasando igual. En escenarios progresistas, conceptos como fe y Dios arrastran desde hace mucho toda una serie de connotaciones negativas. El sentido de esta fiebre hipster por la espiritualidad responde entonces a la necesidad de repensar conceptos. También abre una tercera vía al margen de creyentes extremistas y ateos radicales.

¿Para cuándo un debate de masas?

Por qué los modernos están flipando con la religión

Una peculiaridad de Estados Unidos es la polarización intelectual que plantea el escenario religioso. Entre el fundamentalismo conservador, el ateísmo militante de figuras como Richard Dawkins y todo el espectro de divulgadores que desde la ciencia denuncian la hegemonía del ateísmo como doctrina incuestionable (Rupert Sheldrake, Charles Tart…), el debate sobre la fe en la condición humana posee una altura envidiable.

En nuestro caso, la conversación transita mayoritariamente entre el suceso sensacionalista (obispos enamorados de monaguillos, sacerdotes que imponen prácticas sexuales a fieles a cambio de algún favor espiritual…) y el pensamiento jurásico que pueda eructar un Rouco o algún antiabortista maniático.

Afortunadamente, los intercambios de ideas al interior de las distintas filas feministas empiezan ya a canalizar algunas inquietudes espirituales: la propuesta de Femen tiene poco que ver con la de Vasallo, claro. Como pequeño organismo capaz de contagiar sus ideas al grueso de la población, el hipsterismo también podría ser un excelente caballo de Troya para repensar a ese presunto Homo Religiosus.

La idea flota en el ambiente; su paso al mainstream es cuestión de minutos.

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