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Fiestas, desfiles y depresiones: así es la trágica vida de un diseñador de moda

Las bambalinas de la moda no son tan divertidas y sofisticadas como su escenario

Los ingenieros y los arquitectos siempre se quejan de lo duro que fue su paso por la universidad. Y con toda la razón del mundo. Al fin y al cabo, tienen que prepararse para diseñar casas, carreteras o aviones, con su correspondiente responsabilidad. Lo que resulta impactante es que los diseñadores de moda, a los que siempre imaginamos en fiestas, tengan una formación tan dura o más que la de aquellos.

En su semana dedicada a las universidades, el New York Magazine incluye el relato (anónimo) de un estudiante de Parsons, la escuela de moda más importante de Norteamérica y una de las más prestigiosas del mundo. Lo que narra se parece más a un castigo que a un proceso de formación en un ámbito creativo.

Pongámonos en antecedentes. La mayor parte de las escuelas de moda no sólo no son públicas, también cuestan más que cualquier universidad privada. Sumémosle a eso el traslado a Nueva York, una de las ciudades más caras del mundo. Sí, el prejuicio que asocia a los diseñadores con hijos de buena familia es cierto la mayor parte de las veces. Y si no lo es, los profesores ya se encargan de recordárselo a los alumnos menos privilegiados: “Si vistes bien y con ropa cara la gente te hace caso. He oído a profesores alabar el estilismo de sus alumnos. Suelen ser más simpáticos con los estudiantes que visten a su gusto”, relata el confesor anónimo.

Polémica escuela

En los comentarios que suceden al texto, hay un testimonio de un exalumno que vivía con varios más en la zona más peligrosa de Brooklyn y se pasaba las noches en vela trabajando para conseguir pagar la matrícula. Otro cuenta cómo dejó Parsons después de que un profesor dijera que su trabajo de fin de carrera era una mierda e inmediatamente después, el siguiente lo aclamara y le dijera que era una estrella del diseño. Una parcialidad que también corrobora el autor del relato: “En el mismo año, tuve una profesora que me dijo que mi trabajo no era lo suficientemente bueno como para que continuara en la institución, y otra que me repetía lo increíble que era mi proyecto”.

Pero lo peor para los estudiantes sin grandes medios económicos es la colección que deben presentar a final de curso; no porque deban invertir en ella un tiempo que no poseen (que también) sino porque el que más dinero invierta en tejidos y buenos costureros, será el que se lleve la mejor nota.

“Trabajé a tiempo completo en verano para poder sufragarla, pero no conseguí a horrar lo suficiente; no sé cómo lo haré”, relata. “Tengo 1.300 euros para hacerlo, pero sé que otros se han gastado ya más de 15.000”. Confiesa, además, que algunos de ellos pueden permitirse comprar las mejores materias primas y luego enviarlas a China, para que una planta textil se las confecciones en tiempo récord.

La escuela cierra a las doce, y a esa hora la mayoría de sus miembros siguen dentro trabajando. Algunas asignaturas duran seis horas, y requieren trabajos personales de más de diez. “Duermo cinco horas al día y paso una media de dos noches a la semana en vela. La mayoría de los estudiantes toma Adderall”, cuenta.

Muchos dirán que así debe funcionar la enseñanza de calidad, y que lo único que hacen en las escuelas de moda es preparar a sus alumnos para el mundo real. Pero el diseñador de moda tiene unas perspectivas de futuro menos halagüeñas incluso que las que sufre durante su aprendizaje.

Pagar a los becarios debería ser tendencia

"Necesitamos un becario en la sección de punto para trabajar cinco días a la semana durante once meses. No remunerado". El anuncio de la firma Alexander McQueen es sólo uno entre cientos. Las prácticas en marcas y talleres, además de duras, son gratis. Hasta el punto de que hace dos temporadas, la semana de la moda de Londres veía cómo cientos de diseñadores se manifestaban bajo el lema “pagar a los becarios debería ser tendencia este año”. Ahora son Marc Jacobs, Calvin Klein y Oscar de la Renta las marcas que se enfrentan a demandas recientes por impago y explotación, pero podía haber sido casi cualquier otra.

El éxito (muy bien remunerado) tampoco es recomendable dentro del sector: los directores creativos actuales deben fabricar cerca de ocho colecciones al año, mantener la facturación anual para no ser despedidos y cargar con todo el peso mediático (entrevistas, críticas, colaboraciones, eventos…).

Esa fue una de las razones que esgrimió Galliano para disculpar su alcoholismo y sus arrebatos de locura. Ese fue el motivo por el que el antiguo diseñador de Balmain no salió a saludar tras su último desfile: prefirió ingresar en un psiquiátrico. Y muchos apuntan a que la presión llevó a la depresión crónica de Alexander McQueen, y después a su suicido. Como el modisto británico, la diseñadora L’Wrenn Scott también apareció ahorcada la pasada primavera en su apartamento de Nueva York.

Glamour y fiestas, pero también explotación, disciplinas demasiado férreas y presión psicológica. Las bambalinas de la moda no son tan divertidas y sofisticadas como su escenario. Y eso que no construyen casas o carreteras. Sólo diseñan la ropa que nos acabaremos poniendo todos los días.

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