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Infancia vestida de madurez: cuando la modelo provocativa tiene solo 14 años

La obsesión por la belleza adolescente es más poderosa que las leyes, las críticas o los potenciales peligros a los que se expone el menor

Este año, en la carta anual que la dirección del CFDA (Consejo de Diseñadores Americanos) envía antes de la semana de Nueva York se hacía hincapié en los tres frentes que mantienen a la moda en el foco de la polémica: las medidas de las modelos, la diversidad racial y la edad. “Creemos firmemente que las modelos por debajo de los 16 no deberían desfilar y pedimos a todos que apoyen esta opinión. Recuerden que debemos tener en cuenta el bienestar físico y emocional de estas jóvenes”, escribían.

Hace un año, decidieron lanzar una normativa que regulara el trabajo de los menores en la industria: se exigían, entre otras claúsulas, la supervisión de un tutor, la prohibición de realizar trabajos en horario escolar y el mantenimiento de un horario estricto que les evitara trabajar muy temprano o a altas horas.

Probablemente, dicha normativa fuera la respuesta al polémico estudio que lanzó meses antes Model Alliance, la asociación que hace las veces de sindicato para modelos y denuncia explotación y abusos en su gremio:

El 54,7 % de las modelos comienza a trabajar a edades comprendidas entre los trece y los dieciséis años. Y sólo un 37,3% lo hace después. El 28% de los padres nunca está con ellas cuando lo hacen, el 24% las acompaña en contadas ocasiones y sólo un 9% lo hace siempre.

Son casi mayoría las modelos menores que fueron descubiertas a los 15 o 16 años y empezaron a desfilar meses después. Desde que el “canon Kate Moss” triunfó masivamente a principios de los años noventa, las firmas han explotado ese look aniñado, de rasgos menudos y poco maquillaje. Lo encontraron, obviamente, en adolescentes.

La modelo Sarah Ziff, presidenta de Model Alliance, declaraba hace unas semanas en una extensa entrevista concedida a la web Think Progress que, a partir de esa ley (sólo aplicable en territorio americano), las cosas estaban mejorando: “Muy pocas modelos por debajo de los 18 han aparecido en los desfiles. Creo que la industria se lo está tomando en serio”. Aunque también afirmaba que el principal problema es que a nadie le preocupa la edad, sólo el físico. “ No suelen pedirles la identificación” , contaba. Y alertaba de un hecho que va más allá de la explotación y del daño psicológico que puede sufrir una menor que sale a desfilar vestida como una adulta. Las adolescentes se cambian en el backstage delante de otras compañeras, de fotógrafos y de un ingente equipo de trabajadores y curiosos: “Ha habido casos en los que las imágenes de esas chicas cambiándose han terminado en sitios porno”, afirma Ziff.

Puede que en Nueva York las cosas hayan cambiado (lo que no deja de resultar curioso, dado que Estados Unidos considera los concursos de belleza infantiles como parte de su cultura) pero estas semanas de desfiles nos hablan de una realidad muy distinta:

Vogue ha roto en varias ocasiones el “código saludable” que la propia revista redactó en 2012 animada, quizás, por el editorial que dos años antes lanzó la edición francesa y que estuvo protagonizado por una niña de diez años vestida como una señora de cincuenta. Desde que se autoimpusiera dichas cláusulas, ha reducido el nivel de menores retratadas, pero eso no ha impedido que modelos de 14, 15 o 16 años se colaran en algunas de sus producciones.

Las alarmas saltaron hace unas semanas con un reportaje en The Daily Beast. Una modelo, bajo el pseudónimo de Jane, hablaba de cómo trataron a una compañera suya, de 14 años, en una sesión para Yves Saint Laurent. Llevaba un top transparente, sin sujetador y la estaban filmando. “Al confesar que tenía 14 años, pensé que el equipo alucinaría al darse cuenta de lo que estaban haciendo pero, en lugar de eso, una de las directoras de casting dijo: 'ojalá me hubiera parecido a ella cuando tenía 14'”. Afirma, como Ziff, que se ha encontrado a muchas menores a lo largo de su carrera, la mayoría solas. Casi nadie les ha preguntado por su edad.

La noticia del desfile de Prada en la semana de la moda de Milán fue la vuelta de la top model Gemma Ward a las pasarelas, que llevaba casi una década retirada. El revuelo generado en torno a su regreso ocultó otro hecho relevante que aconteció durante la presentación. Entre maniquís famosas apareció Roos Abels, de 14 años.

No es la primera vez que la firma milanesa utiliza a modelos menores. En 2010, Lindsey Wixon, de 15, protagonizó la campaña de su segunda línea, Miu Miu. Un año después la misma marca retrató a la actriz Hailee Stansfield, que por entonces tenía 14 años, posando en las vías de un tren. La publicidad fue retirada en el Reino Unido calificada de irresponsable.

“Si el menor hace uno o dos desfiles por temporada, sin perder más de uno o dos días de colegio y bajo la tutela de sus padres, el permiso de su centro escolar y toda la documentación necesaria, no veo ningún problema”, contaba hoy Bruno Mattela, el director de la agencia para la que trabaja Abels, en el diario The Independent.

Sin embargo, el problema no reside únicamente en la regulación de horas de trabajo. Son muchas las modelos que han alertado sobre los estragos psicológicos que genera ser una adolescente, vivir de hotel en hotel, y ganarse la vida exhibiendo sus cuerpos jóvenes vestidos de adultos. Otros hablan de los desórdenes alimenticios que potencialmente puede acarrear el hecho de comprobar cómo un cuerpo adolescente celebrado por la industria cambia de forma con la madurez.

¿Por qué la industria se empeña en vestir a las menores como adultas? La obsesión por la belleza joven cada vez retrocede más en el tiempo. Los cuerpos sin madurar y los rostros de rasgos infantiles se imponen, desde hace tiempo, como el cánon de los estéticamente más sofisticado. Prendas lujosas y joyas sobre siluetas sin forma. Maquillaje sobre pieles que no han sufrido el paso de la edad. A la moda, además, le gustan los juegos excéntricos, vestir a niñas como adultas y a adultas como niñas. Pero por mucho que este ámbito se haya esforzado en hacernos creer que la pasarela es una ficción, una excepción alejada del mundo cotidiano y un teatro que tiene poco que ver con la realidad, el problema es que los que se suben a ella son personas reales.

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