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Las mujeres musulmanas reivindican su puesto en la moda

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¿Por qué tradición y tendencia tendrían que ser términos opuestos?

Leticia García

14 Octubre 2014 10:42

Hay vida más allá de Dior, Chanel o Burberry. Hay más tiendas además de Zara o H&M y, sobre todo, hay moda, mucha más moda, fuera de las fronteras occidentales.

Septiembre es el mes en el que se presentan las colecciones en Nueva York, Milán y París, pero también en Turquía, Dubai o la India. Países en los que las creencias religiosas marcan la forma de concebir la moda, pero que no impiden que esta también pueda servir como vehículo de expresión a sus portadoras.

Bloomberg estima que el negocio de la moda musulmana factura anualmente unos 76.000 millones de euros. Se trata, además, del sector de la población con mayor tasa de jóvenes: un 50% tiene menos de veinticinco años.

Hace tiempo que el grueso de la clientela de Alta Costura lo conforman princesas, jequesas y sucesoras de países de Oriente Medio. Y cualquiera que se pasee por centros comerciales de lujo de Londres o Nueva York comprobará que, entre sus pasillos, decenas de mujeres con velos y túnicas compran bolsos, prendas y cosméticos de lujo.

El problema es que la moda se rige por unas claves creativas y comerciales fuertemente etnocéntricas. Entre reseñas de desfiles y radiografías de estilo de las famosas, apenas queda espacio para hablar de un mercado tan inmenso como lucrativo.

"Queremos estar a la moda y al mismo tiempo tener en cuenta nuestra fe", afirma Ibtihaj Muhammad a Associated Press. Ella es la fundadora de la marca Louella, cuyas prendas y accesorios respetan el código de modestia y a la vez se actualizan mediante estampados y adornos de tendencia. La marca sólo tiene tres meses de vida y su tienda de Los Ángeles ya ha despachado más de 4.000 piezas.

Hace tiempo que decenas de musulmanas lanzaron blogs de estilo personal que siguen, punto por punto, los rasgos occidentales: fotografías con estilismos diarios, colaboracionaes con marcas y actividad frenética en redes sociales. La diferencia, sin embargo, reside en el tipo de ropa que retratan. Desde Occidente, ver a una blogger portar un hiyab (el velo islámico más típico) puede resultar extraño, pero tradición y tendencia no son conceptos antagónicos. El blog Hijab style acumula más de 25.000 seguidores, y la revista de moda Ala, a la que llaman "El Vogue con velo" tiene editoriales, reportajes y artículos sobre marcas. En definitiva, como cualquier revista de moda más.

La plataforma Fashion Forward, con sede en Dubai, aglutina un buen puñado de firmas de lujo musulmanas (Essa, Bashar Assaf, Assudari...) y expone sus creaciones en desfiles en Oriente Medio, pero también en Europa y Estados Unidos. Mientras tanto, el Qatar Luxury Group es el poseedor de firmas europeas tan emblemáticas como Valentino. La pujanza del mercado ha hecho que algunas marcas occidentales se hayan dado cuenta de la oportunidad de diseñar ropa para musulmanas. Donna Karan, por ejemplo, lanzó hace pocos meses una colección de prendas para celebrar el Ramadán.

Las gamas de moda más asequible (y su clientela menos adinerada) también reclaman su puesto en los medios. Hace un año, la prensa mundial se hizo eco de un grupo llamado Mipsterz. Hipsters musulmanes con prácticas tan estandarizadas como las de sus compañeros occidentales. Muchos se preguntaron cómo era posible mezclar ese estilo de vida con el religioso. En el vídeo que popularizaron aparecían dos de las jóvenes que lideran la nueva generación de moda musulmana. Marwa Atik, fundadora de la marca Vela Scarves, y Summer Almarcha, blogger y autora de la cuenta de Instagram @hipsterhijabis que retrata las últimas tendencias del sector para sus 26.000 seguidores.

"Durante mucho tiempo las mujeres musulmanas han vestido a la moda. Pero lo que estamos viendo ahora —que al mismo tiempo es una oportunidad de mercado— es el desarrollo comercial de una moda islámica orgullosa y autoconsciente", cuenta la profesora de estudios culturales, Raina Lewis, en la revista Business of Fashion.

"Muchos piensan que las mujeres del Islam no tenemos derechos, que somos dóciles y no abrimos la boca, que vestimos todas de negro. Pero nos gustan los colores, el maquillaje, los complementos, los tacones y cualquier cosa que le gusta al resto de mujeres. Esta es nuestra religión, pero somos gente normal", afirmaba la diseñadora Nailah Lymus en el New York Times. Vive y trabaja en Cobble Hill, una de las zonas de Brooklyn con mayor concentración de locales de moda de lujo. Y ya ha desfilado dentro del circuito de la semana de la moda.

Aunque desde Occidente parezca que la moda femenina debe ceñirse y mostrar el cuerpo, también puede ocultarlo y proponer siluetas alternativas. Las opciones, tanto de un lado como del otro, son infinitas. Más si tenemos en cuenta que la cultura medio-oriental tiene una larga tradición de estampados y tejidos ricos: se puede llevar un pañuelo de Dior como hijab o se pueden crear otros con motivos gráficos tan innovadores como los de cualquier falda.

Así lo hacen, por ejemplo, las mujeres de Irán. Buzzfeed escribía el año pasado un extenso artículo en el que se argumentaba que la moda servía como vehículo de expresión y autoafirmación en una sociedad la iraní, marcada por las continuas represiones hacia las mujeres. Diseñadores y marcas como Naghmeh Kiumarsi o Poosh Fashion juegan con los acabados, los colores y los dibujos de la vestimenta tradicional. De esta forma, proponen alternativas que fomentan la individualidad de sus clientas.

Hay un enorme abanico de opciones. Y múltiples posibilidades tanto para adaptar el perchero de Zara al código de modestia musulmana como para hacer lo contrario y traducir una de estas marcas a los usos occidentales. Pero hay un prejuicio arraigado en el sistema de la moda: la religión y el estilo femenino chocan frontalmente. Como si mostrar el cuerpo tuviera que ser forzosamente la base de cualquier diseño. O como si las clientas de la moda conocida por todos no la utilizaran también como vehículo de expresión.

Así, cada día que pasa, el mercado occidental está perdiendo la oportunidad de abrirse a una moda que cuenta cada día con más clientes dispuestos a pagar por ella.  

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