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Reservado, austero y escurridizo: así es el dueño de la marca de lencería más famosa del mundo

Les Wexner, el dueño e ideólogo de Victoria's Secret no tiene nada que ver con el emporio que ha construido

Una vez al año, las modelos más famosas del mundo desfilan en ropa interior, con unas alas de ángel colgadas de la espalda, zapatos de tacón y accesorios temáticos (del penacho de plumas al gorro de Santa Claus). Cualquiera diría que el famosísimo desfile de la marca Victoria’s Secret, cuya audiencia televisiva se cuenta por millones,  ha salido de la mente de un Hugh Hefner dedicado a la moda. Nada más lejos de la realidad. La firma de lencería más famosa (y más lucrativa) del mundo pertenece a un magnate de gustos sencillos, republicano de pro, residente en su Ohio natal, adicto al trabajo y que apenas concede entrevistas.

Leslie Wexner, de 77 años, ocupa la portada de Forbes de este mes. Es una de las mayores fortunas de la moda americana y uno de los empresarios más ricos del mundo. Trabaja en una oficina austera, lee compulsivamente libros de líderes americanos (se jacta de conocer todo lo que se ha escrito sobre George Washington) y representa a la perfección ese mito estadounidense del hombre hecho a sí mismo: quiso quedarse con la pequeña tienda de ropa de sus padres cuando acabó la universidad, pero estos consideraron que su idea de aparcar los vestidos y los abrigos y apostarlo todo a las camisetas y los pantalones deportivos no funcionaría. Se equivocaron. En 1963 abrió Limited, un pequeño local dedicado a las prendas funcionales. Antes de abrirlo, ya había alquilado el segundo espacio. Wexner confiaba plenamente en que las tiendas de moda especializada y a buen precio serían el futuro de la industria. En un año, ya había ganado su primer millón en ventas. El emporio fue creciendo rápidamente.

Sus empresas fueron diversificándose, ocupando otros rangos de edad y otros nichos. A finales de los 70 visitó por casualidad una tienda en San Francisco, Victoria’s Secret. Su dueño de entonces, Roy Raymond, la había abierto después de darse cuenta de que en la América de aquellos años la lencería asequible era demasiado anodina, en parte porque aún existían prejuicios asociados a la compra de la ropa interior abiertamente erótica que retrataban las revistas. Llamó a su tienda Victoria por el ambiente victoriano con el que decoró sus locales, repartió catálogos que parecían revistas eróticas a lo largo y ancho del país y confeccionó piezas entre lo práctico y lo decorativo. Pero algo fallaba en el negocio. Y Wexner se dio cuenta.

Nunca se sintió especialmente atraído por el mercado de la lencería, pero supo ver que las americanas necesitaban un producto tan refinado como asequible y una atención personalizada. Compró a Raymond Victoria’s Secret por un millón de dólares y rehízo la marca hasta convertirla en una firma de lujo asequible, que mezclara lo erótico con lo cercano. En definitiva, que atrajera tanto a hombres como a mujeres.

En menos de cinco años ya había abierto cien tiendas. Raymond, su anterior propietario, acabó suicidándose tirándose por un puente. La revista Slate compara el caso de Raymond y Wexner con la historia de Facebook y Napster, del genio que tiene la idea y del gestor que sabe aprovecharse de ella.

Hoy Victoria’s Secret representa, según Forbes, más del 40% de la cuota de mercado de ropa interior. Curiosamente, y a pesar de que su desfile (una de las estrategias de marketing más poderosas que ha visto la moda en los últimos tiempos) lleva años retransmitiéndose mundialmente, no salió de las fronteras americanas hasta hace pocos años. Mientras todas las marcas en crecimiento se plantean inmediatamente la expansión internacional, Wexner prefirió que los locales de su empresa más rentable no salieran del país. Al mismo tiempo, fue uno de los pioneros en el comercio online.

Y mientras la enseña crecía, este magnate se fue deshaciendo de sus otras compañías; y no se debió a su poca rentabilidad. Entre ellas, por ejemplo, se encontraba Abercrombie & Fitch. En la época de los conglomerados de empresas de moda que conviven bajo un mismo paraguas, él eligió centrarse en la que creyó que era su mejor baza. Ninguno de sus pasos se asemeja a los que se incluyen en los libros de emprendedores, y sin embargo (o precisamente por eso) es uno de los empresarios más respetados del mundo.

Obviamente, Wexner empezó a adquirir maneras de billonario: se compró un inmenso yate, una mansión y comenzó a comprar arte de forma compulsiva. Pero nunca salió de su ciudad natal, y es muy difícil verlo en fiestas, famosos hoteles de lujo, playas paradisiacas y otros puntos calientes para ricos. Tampoco suele conceder entrevistas, y es más fácil topárselo dando una master class en una universidad que en una convención de empresarios de éxito.

A primera vista, el hombre que construyó el emporio de la lencería mundial nada tiene que ver con modelos, erotismo o macroeventos mundiales. Pero, tal vez, esa sea la razón que explica por qué Victoria’s Secret no es una marca más, sino un emblema ideado desde un pueblo de Ohio y conocido en cualquier rincón del planeta.

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