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"La gente joven está enfermando. ¿Cómo es que tantos mueren prematuramente?"

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Una conversación con Miquel Porta, científico experto en contaminación interna

Alba Muñoz

04 Enero 2016 06:00

Imágenes de Ariana Page Russell

Prácticamente todos los habitantes de la Tierra albergamos en nuestros cuerpos cócteles de entre 70 y 200 contaminantes.

Si examináramos la sangre de todos los ciudadanos de países desarrollados nos sorprenderíamos ante el siguiente hallazgo: algunos tóxicos que fueron prohibidos hace décadas siguen presentes en nuestros cuerpos.

Hablamos de compuestos tóxicos persistentes (CTPs), los contaminantes que acumulamos desde el primer instante de nuestras vidas, desde el vientre materno, y que según científicos como Miquel Porta pueden explicar el aumento de ciertas enfermedades en el presente y en el futuro cercano.

Doctor en Medicina y Máster en Salud Pública, Catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública, Porta lleva años trabajando a caballo entre España y Estados Unidos, investigando y divulgando acerca de la contaminación interna, una realidad preocupante ante la que, en su opinión, no existe la suficiente conciencia ni la debida alarma social.



¿Qué es la contaminación interna?

Son los contaminantes que se encuentran en el interior de nuestro cuerpo. Hay dos grandes tipos: los contaminantes persistentes, que permanecen en nuestro organismo porque no los excretamos, y los que expulsamos pero a los que estamos muy expuestos cada día.

¿Los persistentes son más peligrosos?

Esto es lo que yo acostumbraba a decir.


Los envases contaminan con Bisfenol A los alimentos que consumimos. Esta sustancia está en la orina del 99% de nosotros


¿Ya no?

Como las enfermedades que más nos preocupan no aparecen de un día para otro, sino que necesitan estar expuestas al componente tóxico por un largo período de tiempo, los contaminantes no persistentes no me preocupaban demasiado. Pero me equivocaba. 

¿Por qué?

Un contaminante no persistente puede causar efectos indeseables si te expones a él de forma habitual. 

¿Por ejemplo?

El Bisfenol A (BPA) es un contaminante no persistente, está en la orina del 99% de estadounidenses, alemanes y españoles, por poner varios ejemplos. Se expulsa, pero si analizamos la orina vemos que se encuentra siempre en nuestros cuerpos.



Entonces, expulsarlo no parece servir para nada. Parece más bien persistente.

Eso ocurre porque estamos expuestos a este contaminante cada día.

¿Cómo?

La principal vía de entrada de la contaminación interna siempre son los alimentos y sus envases. En el caso del BPA, los envases son los culpables.

¿Está diciendo que lo que en teoría protege el alimento que ingerimos, lo contamina?

Efectivamente. Muchos recipientes, bolsas e incluso los plásticos con los que envolvemos los alimentos liberan esta toxina y lo transmiten al alimento. Si calientas un alimento en una lata que por dentro está recubierta de Bisfenol A, lo que es frecuente, ese compuesto emigrará a la comida. Está demostrado.

¿Qué consecuencias tiene el BFA en la salud?

Una de las que más preocupa es la diabetes. No se ha demostrado aún la relación causal de forma definitiva, pero hay estudios que así lo indican. En la comunidad científica internacional hay consenso sobre el hecho de que los CTPs contribuyen a causar diabetes.


Como se utilizan grasas animales para fabricar piensos, seguimos ingiriendo componentes tóxicos prohibidos. Es así como siguen presentes en la cadena alimentaria


Si los alimentos son la principal vía de entrada de la contaminación interna, ¿dónde queda la polución?

El agua y el aire son las otras dos grandes patas. Para la inmensa mayoría de la población, la contaminación interna se debe a lo que respiramos, bebemos y comemos.

Muchos componentes tóxicos persistentes ya se prohibieron hace años, como el DDT (utilizado en insecticidas). Sin embargo seguimos encontrándolo en nuestros cuerpos. ¿Cómo es posible?

Porque siguen en la cadena alimentaria animal y humana. A estos contaminantes se les conoce como "fat lovers": se enganchan a las grasas. Como muchas veces se utilizan grasas animales para fabricar piensos, también en las piscifactorías, al final los ingerimos.



Entonces, ¿somos portadores de estos contaminantes desde que el mismo momento en que nacemos?

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial es normal que un embrión esté expuesto a estos tóxicos. Lo que pasa es que los cócteles han ido variando a lo largo de los años.

¿Por ejemplo?

Por ejemplo, antes había más DDT, ahora las concentraciones son más bajas. En los años 60 no encontrábamos retardantes de llama. Es este componente que se utiliza para que la ropa prenda con mayor dificultad, que ha pasado a nuestros cuerpos. A partir de los años 80 fue cada vez más frecuente en la cadena alimentaria.

De todos esos contaminantes, están los fabricados directamente por el hombre y los generados de forma involuntaria a resultas de su actividad.

Sí. En este segundo grupo están, por ejemplo, las dioxinas, que no llevan marca comercial. Las generan las incineradoras más antiguas cuando queman plástico junto con materia orgánica, y está comprobado que son cancerígenas.


Desde el final de la Segunda Guerra Mundial es normal que un embrión esté expuesto a estos tóxicos


Algunos científicos afirman que tendemos a demonizar los químicos artificiales y olvidamos que la naturaleza es, en esencia, química. José Miguel Mulet afirmaba lo siguiente en esta entrevista: "Si analizáramos individualmente los productos químicos que forman una naranja podríamos llegar a la conclusión de que son dañinos, hasta cancerígenos. Pero no lo son, porque las dosis son ínfimas".

He escrito mucho sobre la necesidad de no caer en maniqueísmos. Vivimos en el siglo XXI, ya no hay buenos y malos. Hay industria química saludable e innovadora e industria química tóxica y obsoleta. De igual manera, soy muy crítico con los ciudadanos: es muy fácil demonizar a la industria y no ser autocrítico cuando nuestros niveles de reciclaje están muy por debajo de lo que tendría que ser. Yo no demonizo, pero tampoco exagero.

Explíquese.

Deberíamos estar mucho más preocupados de lo que estamos. La situación es mucho más grave de lo que parece. Hay que aprender a no fiarse de los blogueros que creen que todo es inocuo y que no saben de medicina y salud pública. Son muchas las publicaciones y demostraciones empíricas que avalan aquello de lo que hablo. No son teorías mías.



¿Sugiere que como sociedad no queremos saber sobre contaminación interna?

Cuando medimos en sangre, orina o tejidos grasos, fácilmente encontramos alrededor de 200 tóxicos en un ciudadano común. Algunos tendrán 70, otros 300. La concentración y los niveles varían, pero es una realidad que la gente no quiere ver. Yo lo entiendo, soy comprensivo, pero no estoy de acuerdo con mirar para otro lado.

¿Se ha establecido alguna relación causal entre la contaminación interna y ciertas enfermedades?

En algunos casos sí, como las dioxinas. En otros casos se está estudiando.

¿Qué estudios están más cerca de ser concluyentes?

Uno muy preocupante es sobre el cáncer de mama. Es un estudio que empezó hace 54 años en California. Se tomaron muestras a 20.000 mujeres embarazadas y se ha visto que entre las hijas de quienes tenían niveles más altos de DDT se han dado el triple de casos de cáncer de mama. Un solo estudio no es suficiente, pero es alarmante.


Muchos de estos compuestos ya causan problemas de aprendizaje en niños de pocos meses. Su desarrollo psicomotriz e intelectual es peor debido a los contaminantes


¿Otros casos?

Leucemias infantiles, algunos linfomas, infertilidad, Parkinson, Alzheimer… Hay muchas pruebas de que estos contaminantes aumentan el riesgo de padecer alguna de esas enfermedades.

¿Afecta más a los niños?

Sí. Por ejemplo, los niños que tienen una exposición más alta al hexaclorobenceno cuando aún son fetos tienen cuatro veces más riesgo de padecer asma.

¿Qué es el hexaclorobenceno?

Es un fungicida que se encuentra en muchos alimentos y en el cuerpo de la práctica totalidad de la población. La red de investigación de Infancia y Medio Ambiente INMA ha descubierto que muchos de estos compuestos ya causan problemas de aprendizaje en niños de pocos meses. Su desarrollo psicomotriz e intelectual es peor debido a los contaminantes.



Usted está ahora en plena campaña de crowdfunding para investigar la relación entre la contaminación interna y el cáncer de páncreas.

Estamos llevando a cabo un estudio que tiene financiación de una agencia estatal de investigación y de la Marató de TV3. Lo queremos complementar con las aportaciones de los ciudadanos. Nuestro objetivo es poner a prueba la hipótesis de que algunos plaguicidas y tóxicos ambientales contribuyen a causar cáncer de páncreas. Hay indicios.

A los ciudadanos se nos dice que debemos estar tranquilos: los alimentos que consumimos tienen niveles de contaminación ínfimos y están bajo control.

Están controlados hasta cierto punto.


La gente joven está enfermando. ¿Cómo es que hay tanta gente que muere prematuramente? ¿No deberíamos llegar todos a esos 80 años de esperanza de vida?


Hay dos asuntos derivados de los que las autoridades sanitarias nunca hablan: la acumulación de estos tóxicos en nuestro cuerpo durante toda la vida, y la interacción entre toxinas. Es decir, no sabemos cuántos tóxicos consumimos en un día ni cómo actúan en nuestro organismo cuando se juntan.

Autoridades como la EFSA (Autoridad Europea de Salud Alimentaria) no tiene toda la culpa, aunque admitan que algunos de los expertos de sus comités de control son personas con conflictos de intereses y no verdaderamente independientes. Los ciudadanos tenemos hábitos de consumo poco saludables. Lo queremos todo, mucho, rápido, todas las épocas del año, y barato.



Otra crítica que le hacen a científicos como usted es que si fuera cierto que nos estuviéramos envenenando lentamente, la esperanza de vida no aumentaría.

La esperanza de vida ha aumentado por muchas razones. Ya no vivimos amontonados en las casas, hay alcantarillado, antibióticos… Las enfermedades infecciosas del siglo XIX ya no matan en masa, pero la gente joven está enfermando. ¿Cómo es que hay tanta gente que muere prematuramente? ¿No deberíamos llegar todos a esos 80 años de esperanza de vida? La pregunta éticamente correcta es: ¿Nos podríamos ahorrar parte de estas muertes?

¿Cuál es, entonces, su diagnóstico?

Creo que si viviéramos de una forma más saludable y sostenible evitaríamos muchas muertes prematuras. Es cierto que las concentraciones CTPs son más bajas hoy en día, pero el cóctel es preocupante, y van apareciendo nuevos contaminantes. Necesitamos políticas que nos defiendan más, porque el consumidor está indefenso ante estos riesgos invisibles.


Los ciudadanos tenemos hábitos de consumo poco saludables. Lo queremos todo, mucho, rápido, todas las épocas del año, y barato


Usted ha dicho que la peligrosidad de estos componentes es silenciada por cobardía política, y que solamente en Cataluña y en Barcelona ciudad se ha autorizado un estudio de la contaminación interna en los ciudadanos. ¿Sigue siendo así?

Sí, Cataluña sigue siendo de los poquísimos lugares de España donde se han realizado estudios en una muestra representativa de la población general. Cuando publicamos los resultados sobre Barcelona hace diez años no hubo ninguna alarma social ni ninguna debacle política, por eso creo que debemos exigir más estudios.

¿Cree que sin alarma social puede haber acciones políticas que nos protejan?

No quiero los miedos del siglo XIX ni la inconsciencia y el consumismo del siglo XX. Todo tiene que ser más saludable y justo. Tenemos que cambiar sin volvernos neuróticos. Es un problema cultural, ético y psicológico. Los cambios profundos no van rápido, y creo en el poder de las minorías influyentes.

¿Cree que en este sentido las nuevas generaciones suponen alguna esperanza?

Los adultos hemos construido una sociedad demasiado tóxica en muchos sentidos. La gente joven, ya sea por la crisis o por otros motivos, es más austera. Son más felices con menos cosas. Ellos pueden protagonizar un cambio hacia una sociedad más saludable.


Lo que llamáis morir es acabar de morir y lo que llamáis nacer es empezar a morir y lo que llamáis vivir es morir viviendo (Francisco de Quevedo)













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