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Se arrojó desde lo alto de un edificio después de escribir estar palabras

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Pero la historia de 'Mine-Haha' (Alpha Decay) no es un relato sobre el suicidio, sino más bien sobre el descubrimiento de la vida, el sexo y la libertad

Luna Miguel

09 Febrero 2016 06:00

(Imágenes de Harriet Donovan)

I

Con sus piernas cansadas y llenas de varices, la octogenaria Helene Engel sube las escaleras del cuarto y último piso de su edificio.

Hace mucho que nadie sube allí. Y eso se nota en el polvo que ahora impregna la mano de Engel, después de que esta abra con esfuerzo el pomo de una ventana que le mostrará un oscurecido e invernal exterior.

La anciana mira el cielo como lo lleva haciendo toda su vida: con una mezcla extraña de incertidumbre y cariño. Arriba los planetas lo prometen todo, mientras que abajo, tras el alféizar, la tierra podría augurarle su muerte.



Helene Engel se lanza al vacío y quizá en su mente ella esté ascendiendo al cálido universo, aunque en realidad, su cuerpo pequeño pero pesado después de tantos años vividos, muere al chocar contra el asfalto del patio de vecinos.

Tras el impacto, algunos se asoman para ver qué ha ocurrido.

El cuerpo de la anciana está ahí, y aunque muy pocos lo sepan —porque a ojos de quienes compartían edificio con ella, era una vieja loca— su alma descansa para siempre, después de haber dejado escritas en un breve manuscrito algunas de sus confesiones más tremendas.

 

II


Nadie nos narra con cariño la muerte de Helene Engel. De hecho, ni siquiera Frank Wedekind, el célebre dramaturgo alemán que nos presenta por primera vez a esta anciana entre las páginas de Mine-Haha (Alpha Decay) se atreve a describirla con demasiados detalles.

Sin embargo, esa es una de las cientos de cosas mágicas que ocurren con este extraño libro: que deja volar la imaginación del lector, y cuando Wedekind crea a un personaje octogenario con instinto suicida y vocación literaria, no queda más remedio que preguntarse, ¿quién era en verdad aquella misteriosa Helen?

Lo que sí sabemos según las apenas 80 páginas que Frank Wedekind nos regala es que antes de quitarse la vida, Helene Engel se las había arreglado para que uno de sus vecinos guardara para siempre algo que para ella era muy preciado: un escrito breve en el que la mujer narraba su vida.



Quizá por casualidad, o quizá por culpa del destino, aquel vecino al que la anciana entrega su manuscrito es en verdad un verdadero escritor —el propio Wedekind—, al que ella ha leído y en quien confía para cederle su historia.

Asombrado después de conocer la noticia del suicidio de Helene Engel, su vecino escritor recupera Mine-Haha —cuyo título es incapaz de descifrar— y decide que es el momento de que las palabras de aquella extraña anciana salgan a la luz.

Así es como nace Mine-Haha, o de la educación física de las niñas. Y así es como la historia de infancia, sexo, baile y delirio de Engel acaba viendo la luz, conquistando los corazones de miles de lectores y convirtiéndose en una especie de pequeña biblia de la juventud.


III

«Si me decido a consignar en estas páginas la historia de mi vida no es porque sienta en mí de algún modo la vocación de escritora. Puedo asegurar que nada en este mundo me resulta tan odioso como una literata. Una mujer que se gana la vida con el amor es mucho más digna que otra que se rebaja hasta el punto de escribir folletines».


IV

En sólo 80 páginas, decíamos, a Frank Wedekind le da tiempo a narrar toda una vida y media una muerte.

Lo hace sin entrar en detalles.

Lo hace casi como si fuera un secreto.

Primero, el secreto de un suicidio, y después el secreto de una Helene, cuando se hacía llamar Hidalla y era apenas adolescente.

La historia de Hidalla, su confesión, está narrada en primera persona, y da cuenta de su vida en un orfanato extraño, en el que las niñas aprendían a bailar, a chapotear en el agua, a defenderse las unas de las otras, y todas juntas, a defenderse del mundo.

Hidalla, esa adolescente que primero es una pequeña princesa privada de una vida normal, y más tarde otra pequeña princesa que a base de cuentos de hadas oscuras descubre el sexo, el amor prohibido y el miedo, tiene un sueño.



Su sueño es crecer y tener una vida mejor que la del orfanato, una vida que no se reduzca a esa isla donde nunca ocurre nada, pero en la que cada día es una nueva aventura.

La disciplina y el dolor al que se someten estas niñas, recuerda a esa pureza de otras novelas como por ejemplo Los hermosos años de castigo, de Fleur Jaeggy, y aunque Mine-Haha es mucho anterior, hay algo que sin duda une los corazones salvajes de sus protagonistas femeninas.

Quién le iba a decir a Hidalla, con las piernas firmes y delgadas sobre sus puntas de ballet, que muchos años después acabaría muerta contra el suelo o el cielo de un edificio gris.

Quién le iba a decir a todas esas niñas que a pesar de sus grandes esfuerzos, lo que les esperaba eran los años difíciles, fríos y largos de ese inmenso orfanato que es la vida.

¿O quizá sí lo sabían?

V

«Casi nos ahogábamos bajo las flores que nos llovían de todas partes de la plaza y que a menudo nos golpeaban el rostro dolorosamente. Todos respiramos de alivio cuando al fin traspasamos la puerta de la verja. De nuevo en ordenada fila, mientras cruzábamos la alta sala de columnas, mi acompañante me oprimió varias veces la mano; lo miré pero bajé inmediatamente la mirada. Un miedo mortal me dominó.»



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