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El arte de escribir poemas con la polla

Aparece en español ‘Configuración de la última orilla’ (Anagrama), el último poemario del polémico escritor Michel Houellebecq

I  

"Los hombres sólo quieren que les coman el rabo.

Tantas horas al día como sea posible.

Tantas chicas bonitas como sea posible.

Fuera de eso, les interesan las cuestiones técnicas.

¿Ha quedado lo bastante claro?"

Si una cosa ha quedado clara es que Houellebecq ha conseguido que parte de la poesía contemporánea escrita por hombres resulte francamente aburrida.

El escritor francés lo ha hecho como sabe hacerlo: escribiendo con la polla.

Así expresado sonará obsceno, como si escribir poemas con el órgano sexual masculino invocara la clase de textos a medio camino entre el chiste y la anécdota, obras que recuerdan a una mala imitación de Catulo o de Bukowski.

Nada más lejos de la realidad.

Aquí no hay ninguna obsesión por las mujeres o el alcohol, y al poeta le da igual encontrar una metáfora más con la que poder describir el polvo que echó la pasada noche. 

Escribir con la polla, en verdad, significa escribir desde la sinceridad, desde la ironía o desde la claridad de ser hombre. 

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Si los poemas de Houellebecq huelen a polla es porque el autor sabe hablar de la masculinidad sin compadecerse, sin parecer un chulo enamorado y sin incurrir innecesariamente en el exhibicionismo. 

Al contrario que otros poetas, él no busca hallar los secretos del mundo, solo los de su cuerpo. Houellebecq tampoco quiere explorar los límites del lenguaje, sino más bien los de su género.

Por resumirlo de algún modo: si la poesía de Michel Houellebecq fuera un cuadro, podría llevar como título “Hombre Sencillo Señalando Cosas Que Le Importan”. 

II  

"Cuando muere lo más puro

Cualquier gozo se invalida

Queda el pecho como un hueco,

Y hay sombras por donde mires."

¿Pero qué es lo que le importa a Michel Houellebecq?

En su último libro de poemas, Configuración de la última orilla (Anagrama) recientemente publicado en nuestro país, podemos encontrar algunos de los temas que el escritor ya había volcado en anteriores libros, pero que aquí se pronuncian con más fuerza:

El sexo, por supuesto, y el dinero. 

El sexo, el dinero y la risa.

El sexo, el dinero, la risa y la muerte.

El sexo, el dinero, la risa, la muerte y la paciencia para lograr que cada una de esas cosas tenga un lugar privilegiado en su vida —excepto, quizá, la muerte.

Aunque ha quedado claro que Houellebecq es un hombre escribiendo poemas de hombre, su poesía, irónicamente, guarda un gran parecido con el de una mujer. 

Si recurrentemente desprecia a parte de la poesía escrita por ellas dado su carácter femenino —ese que en principio no es “universal” y que sólo debería interesarles a las tías, ya que habla de maternidades, menstruaciones y sororidad— la poesía de Houellebecq juega en la misma línea, pero en un bando contrario. 

Es posible que el novelista francés sea de los pocos poetas-hombres que retratan, cuestionan y analizan la hombría, sin importarle que su poesía pudiera ser sólo leída y amada por quienes igualmente tienen pene.

Porque, como habíamos dicho, la poesía de Michel Houelebecq huele a polla y es heterosexual.

III  

"Habría que atravesar el universo lírico

Como se atraviesa un cuerpo que ha vivido mucho

Habría que despertar las potencias oprimidas

La sed de eternidad, equívoca y patética"

En cada uno de los poemas de Configuración de la última orilla —esos que a veces son rimas graciosillas, otras prosas poéticas y otras epigramas letales— el miedo a la muerte es heterosexual, la descripción de la soledad es heterosexual, el sexo en sí mismo es heterosexual e incluso la rima con la que a veces golpea sus estrofas tiene el ritmo propio de un señor de mediana edad europeo, blanco y hetero.

Lo cierto es que todo esto que hace excepcional y divertida a la poesía de Michel Houellebecq es exactamente lo mismo que hace excepcional e intensa su narrativa. 

No es extraño entonces que al leerlo muchos se pregunten qué es mejor, si sus libros de poemas o sus novelas.

Para ahorrarse dilemas, el propio Michel Houellebecq ha decidido en sus últimas entrevistas que se autoproclamaría sin vergüenza “el mejor novelista vivo del momento”.

Efectivamente, medirse las pollas es cosa de hombres. 

Una foto publicada por Luna Miguel (@lunamonelle) el

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