Actualidad

¿Y si fuera mejor que Fellini?: por qué “La Gran Belleza” es una de las películas del año

Paolo Sorrentino firma una de las películas de autor del año, heredera de “Roma” y “La Dolce Vita”. Antes de su estreno este jueves, ahí van sus claves

Escribir sobre una película como “La Gran Belleza”, del italiano Paolo Sorrentino, sitúa al crítico ante dos tentaciones tan atractivas como peligrosas, en las que me temo que caeremos todos en mayor o menor medida. La primera, perderse en un juego de referencias, aprovechar que el mismo director exhibe con descaro y orgullo sus influencias para convertir el artículo en una madeja de comparaciones (algo que hay que hacer muy bien para que el texto trascienda la fardada y funcione). La segunda, implicarse tanto, sentir con tanta fuerza la necesidad de traducir en palabras las emociones que le ha provocado la película, que todo derive en un mapa de adjetivos indiscutiblemente eficaz, incluso atractivo, pero con muchísimas probabilidades de tener más sentido para él que para sus lectores o, directamente, de ser resultón pero estar hueco (a ojos de los otros).

Heredera evidente y confesa del cine de Federico Fellini, “La Gran Belleza” se presta a ambos juegos, pero sobre todo al segundo. Por una razón muy clara: su naturaleza de película monumental y deslumbrante, de una suntuosidad –estética y emocional– abrumadora, invita a hablar de lo humano y lo divino (conceptos que, encima, en la película que nos ocupa se cruzan hasta confundirse) desde una postura obscenamente personal e íntima. Una postura tan obscenamente personal e íntima como la que toma el cineasta para montar su película, uno de los títulos más interesantes de este año, y la que adopta su protagonista, el periodista sexagenario Jep Gambardella (Toni Servillo), para desmontar, intentando hallar entre las piezas los restos de una inocencia que apenas recuerda (entre la vigilia y el sueño) haber tenido, todo lo que le rodea.

Ataque romántico frontal (el argumento)

La Gran Belleza

Rastreando entre las grietas los últimos ramalazos de ingenuidad y pureza de una juventud que ya le queda muy lejos, Jep, escritor de un solo libro, figura visible de la alta sociedad y sibarita dolorosamente consciente de lo que le falta (la juventud y el tiempo y las ganas de hacer, como llega a verbalizar, todo lo que no hizo por estar siempre de fiesta), derriba Roma, la ciudad en la que ha practicado el hedonismo durante décadas, hecho un pincel y perdiéndose en una bacanal eterna que ahora sabe que siempre fue decadente.

Lo hace con la lengua afilada y con el pensamiento, no con la mirada: la fascinación por su arquitectura, sus paisajes, sus monumentos y sus gentes se mantiene intacta, de lo que da fe la apabullante dirección de Sorrentino, un cineasta apegado al exceso (suyas son “Il Divo” y “Un Lugar Donde Quedarse”) que da por primera vez con una historia, un material de base, que se ajusta por completo a la solemnidad, la grandilocuencia y el artificio de su estilo. El protagonista arremete por extensión, con la misma mezcla de lucidez, amargura y melancolía que el director, contra un país encallado y contra los pilares que lo sustentan, tanto los religiosos como los profanos. Y, en una demostración de que se sabe parte de todo eso, algo que le disgusta tanto como le enorgullece (en ese punto se sitúa “La Gran Belleza”, el del homenaje monumental y a la vez crítico a una ciudad y a un hombre que se confunde con ella), se somete a autocrítica.

Jep Gambardella, melancolía y amargura (el protagonista)

Jep Gambardella, melancolía y amargura (el protagonista)

Del mismo modo que, por su naturaleza de retrato sólido, personal y emocionado y emocionante de una misma ciudad, es imposible desligar la película de Sorrentino de “Roma” (1972) (si bien es cierto que la suntuosidad y el elemento grotesco que comparten me resultan más forzados, menos espontáneos, en “La Gran Belleza” que en el clásico de Fellini), es obvio que Jep funciona como trasunto del Marcello Mastroianni de “La Dolce Vita” (1960), uno de los personajes masculinos cinematográficos que más me haya impresionado nunca. Ambos se encuentran en mil cosas: se dejan abrazar, incluso asfixiar, por Roma, se pierden en sus noches y sus fiestas aunque aseguren saber siempre dónde están, tienen menos control de su talento del que creen y aman a las mujeres de un modo tan apasionado como insatisfactorio (para ellas y para él). Pero, aunque Marcello Rubini, el personaje de Mastroianni, podría haber llegado a convertirse algún día en el Jep Gambardella de “La Gran Belleza”, vistos cada uno en su momento y en sus circunstancias se revelan hombres distintos.

Si el primero vivía en el eterno ensayo y error, acercándose al mundo (ese mundo encerrado en una ciudad desbordante y abrumadora) de forma intuitiva y empezando a tomar conciencia de su dificultad para relacionarse afectivamente con él, el protagonista de la película de Sorrentino es muchísimo más consciente de sí mismo. El paso de los años y, sobre todo, el verse y saberse viejo le han dado pie tanto a la crítica como a la autocrítica: sabe en qué ha fallado y lo que ya nunca hará, descarta por sistema lo que le da pereza, no teme hacer daño, conoce la vejez y la decrepitud física y moral y siente la cercanía de la muerte. Y ese zumbido cruza la película dotando sus ya de por sí poderosas imágenes de una mezcla arrolladora de melancolía y amargura.

Tags:

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar