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La pregunta del millón: ¿te arrepientes de haber tenido hijos?

En '#MadresArrepentidas' la escritora Orna Donath aborda el arrepentimiento, el odio y la culpa en la maternidad

(Imágenes de Marie Sjovold)

¿Quién exagera más, la madre que asegura que sus hijos son lo mejor que le ha pasado en la vida, o la que reconoce que más de una vez ha deseado viajar en el tiempo para no haberlos tenido nunca?

Puede que, aunque ambos sentimientos resulten extremos, el primero siempre sea más aceptado porque es bonito e implica amor. Sin embargo, el segundo provoca rechazo: ¿qué clase de persona podría desear la desaparición de otra? ¿Qué clase de irresponsable repudiaría al niño que ha salido de sus entrañas?

Como tantas otras cosas relacionadas con la paternidad, el arrepentimiento es uno de sus más grandes tabúes, quizá porque además de ser un tabú social, también lo es íntimo. Uno no sólo tiene miedo de compartirlo con los demás, sino también de reconocérselo a sí mismo.

Lamentar la paternidad no es sólo un tabú social: sobre todo es un tabú íntimo

Este terror tan privado es más común de lo que pensamos, y la socióloga Orna Donath ha escrito un libro lleno de testimonios que lo demuestran.

En su ensayo #madresarrepentidas (Reservoir Books), la autora habla con una veintena de mujeres que tras convertirse en madres han desarrollado distintos sentimientos que les han llevado a odiar a sus hijos. Algunas de ellas lo han hecho momentáneamente, otras saben que ese pesar siempre les acompañará.

Lo escribió la poeta Sylvia Plath en Tres mujeres: «no hay milagro más cruel que este». Lo dio a entender la novelista Ariana Harwicz en La débil mental: nada nos hace más animales que dar vida; nada nos hace más humanas que desear quitarla.

Pero en #madresarrepentidas no sólo se aborda el arrepentimiento desde una óptica homicida. Aquí Orna Donath no expone únicamente esos pensamientos desesperados que tantas veces asaltan la mente de las madres primerizas ante llantos interminables de sus bebés, o la falta de sueño en época de lactancia.

La socióloga recoge los testimonios de mujeres que realmente han llegado a cuestionarse la necesidad de la existencia de sus hijos, más allá de la bronca ocasional, mucho más allá de los sofocos de los primeros meses.

A veces sólo es un disgusto momentáneo, ganas de tirar al niño por la ventana o de ponerle un esparadrapo en la boca; pero otras veces es un deseo real de anular su existencia para siempre

De hecho, no hace falta rascar demasiado la corteza del árbol de la maternidad para encontrar voces, sobre todo de mujeres, que confirmen la existencia estos sentimientos.

Durante la lectura de #madresarrepentidas se me ocurrió preguntar a mis contactos de Facebook si alguna vez se habían arrepentido de ser padres, y decenas de respuestas afirmativas no tardaron en llegar.

Respuestas que contaban historias relacionadas sobre todo con el temor a no saber ser padre, con el cansancio ante la falta de sueño o de tiempo para el aseo propio, o con la incertidumbre sobre la salud del hijo.

“Al final se te pasa, creo que es muy normal odiarlos y quererlos al mismo tiempo”, concluyen casi todos los relatos.

Pero, ¿y si no se te pasa?

Orna Donath lo sabe. Después de charlar con mujeres de todas las edades y circunstancias sociales, se atreve a perfilar algunas tipologías de arrepentimiento maternal.

Por un lado, están aquellas mujeres decepcionadas. Esas que esperaban una cosa de la maternidad —quizá lo que les prometían sus conocidos, la televisión, la ficción— pero que de pronto se encuentran con otra muy distinta, más pesada, una responsabilidad para la que sin duda no estaban preparadas.

Arrepentimiento por egoísmo, por falta de amor, por consumo de las energías, por incomprensión, por puras ganas de empezar de cero

Por otro lado se encuentran las que son plenamente conscientes de la raíz del problema: el egoísmo. Pero no un egoísmo necesariamente malo sino funcional. Se trata más bien de la desolación de saberse limitadas profesionalmente.

En esa línea, hay madres que reconocen haber perdido su juventud y su energía en sus hijos y no en ellas mismas, y eso les frustra.

Por último nos encontramos con las sentimentales, las que creen que tener hijos les ha robado el amor que tenían por sus parejas. Sin niños, ¿se habría torcido de esa manera su relación sentimental?

Ni Orna ni ninguna de las mujeres entrevistadas tiene solución para todos sus problemas y dilemas. Por el momento, lo que más les urge es exponer sus temores, para que así se conviertan en tema de discusión y salgan a la luz de una vez por todas.

Si entendemos a quienes dicen que viven por y para sus hijos, o que nada más hermoso e importante les ha ocurrido en su vida que estar con ellos, ¿por qué no íbamos a comprender el sentimiento contrario?

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar a la mujer que no se siente representada ni cómoda con su maternidad?

Quizá porque lo interpretamos directamente como una falta de responsabilidad, o como un ataque hacia los hijos —que no es tal, pues estas mujeres se arrepienten de sus vidas como madres, pero nunca de las personas en las que se han convertido sus hijos—.

O quizá porque como sociedad aún no estamos preparados para aceptar lo que una mujer quiere o no quiere.

Incluso lo que un hombre quiere o no quiere.

Y entonces, ¿cómo íbamos a aceptar lo que unas personas, que a su vez son responsables de la vida y la felicidad de otras, desean o dejan de desear?

Puesto que yo tampoco soy capaz de encontrar respuesta a estas preguntas, me quedo con un testimonio de los recogidos en #madresarrepentidas por Orna Donath.  

Y con la esperanza de poder debatir algún día de todo esto con las ideas más claras y los sentimientos menos encontrados —si es que eso es posible al hablar de paternidades— lo comparto con vosotros:

« No puedo ir a decirles ‘me arrepiento de haberos tenido’ porque considero que ningún hijo debe oír eso jamás. Pero sí que les digo, sobre todo a mi hija mayor, que no deseaba ser madre. Eso lo sabe. Me lo ha oído decir. A veces incluso me lo reprocha: ‘Oh, tú no me quieres. No querías tener hijos.’ Y entonces le digo: ‘Tienes razón, no quería tener hijos, pero os tengo y os quiero muchísimo. Hay una diferencia abismal entre esos dos mundos y cuando seas mayor, tú decidirás.’»

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