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Cómo combatir la ansiedad en 10 incómodos pasos

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"Miedo, esperanza y la búsqueda de la paz interior"

Luna Miguel

01 Octubre 2014 10:39

El nuevo bestseller internacional tiene un nombre bien conocido por todos: Ansiedad. No es casualidad que el libro del momento lleve ese título, pues el trastorno que designa también está muy de moda. Palabras como estrés, trabajo, crisis o fatiga vienen asociados a este término, y forman parte del día a día de miles de personas alrededor del globo. Por eso no es raro que cuando el ensayo de Scott Stossel dedicado a la búsqueda de la paz interior salió a la calle, tantísimos lectores se decidieran a buscarlo en las librerías con la esperanza de encontrar una respuesta a su inquietud y desasosiego diario.

Pero este no es un libro de autoayuda, sino un reflejo del alma del propio autor. Mientras que los médicos de la tele y los vendehúmos pasan el día recomendándonos nuevos métodos para calmar nuestros nervios, Stossel no teme retorcerse por el barrio y contar sus experiencias más íntimas. Historias personales que, entrelazadas con una profunda investigación sobre el trastorno, terminan por cerrar un volumen que promete ser el gran libro sobre el tema. Quizá ahora Scott Stossel sea a la ansiedad lo que Andrew Solomon a la depresión, o lo que Siddhartha Mukherjee al cáncer, o incluso lo que Susan Sontag al estudio del sida.

En todos estos libros, y especialmente en el de Ansiedad, la única “ayuda” consiste precisamente en no pretender ayudar, sino más bien en explicar con ingenio a los lectores qué es lo que sufren, de dónde viene su dolencia, cómo se ha tratado a lo largo de la historia, cuáles han sido sus excesos y errores personales y cómo ha aprendido, con el tiempo, con los tropiezos y con la paciencia, a convivir de una vez por todas con el odioso bicho nervioso que durante tantos años le ha taladrado la mente y el corazón.

De entre las cinco extensas partes en las que se divide Ansiedad, nosotros hemos extraído 10 enseñanzas, o 10 curiosidades, o 10 anticonsejos, o incluso 10 incómodos pasos con los que Scott Stossel nos ha enseñado a comprender y a combatir a ese monstruo ansioso que tan brutalmente se propaga por nuestras ajetreadas vidas.

1.

Mi ansiedad me recuerda que estoy gobernado por mi fisiología: que lo sucede en el cuerpo tiene más influencia sobre lo que sucede en la mente que al revés.

2.

Algún día vomitaré; algún día moriré.

¿Me equivoco al vivir sumido en un estremecido terror a ambas cosas?

Me consuela en cierta medida saber que no soy el único que tiene una mente y un estómago tan fácilmente vulnerables a la ansiedad. Desde la época de Aristóteles, los estudiosos han observado que la dispepsia nerviosa y las dotes intelectuales con frecuencia vienen de la mano. 

3.

Lo sé. Mi método para enfrentarme con la ansiedad de hablar en público no es sano. Es un indicio de alcoholismo, es peligroso. Pero funciona. Solo cuando estoy sedado hasta alcanzar casi un estado de estupor con una combinación de benzodiacepinas y alcohol me siento (relativamente) seguro de mi capacidad de hablar en público con eficacia y sin sentimientos penosos.

4.

Un día, en séptimo curso, mientras juego un partido de tenis con mi compañero de clase Paul, me veo abrumado por la ansiedad. Tengo el estómago hinchado, eructo de un modo incontrolado. Antes de empezar el partido, lo más importante es ganar. Pero ahora que estoy en la mitad del partido, que me duele el estómago y que temo que voy a vomitar, lo más importante es salir de la pista cuanto antes. Y la manera más importante de salir de la pista es perdiendo. Así que golpeo las bolas fuera. Las estrello contra la red. Hago doble falta. Pierdo 6-1, 6-0 y, tras estrecharle la mano a mi contrincante y abandonar la pista lo primero que siento es alivio. Mi estómago se calma. Mi ansiedad se aplaca.

Y lo que siento a continuación es odio hacia mí mismo. Porque he perdido frente al gordo y untuoso Paul, que ahora se pavonea orgullosamente y cacarea sobre la paliza que me ha dado.

5.

Las sociedades otorgan su máxima admiración a los soldados (y los deportistas) que actúan con valentía bajo la presión y desprecian con saña a los que flaquean bajo la misma. Los ansiosos son débiles e inconscientes; los valientes, fuertes e imposibles. Los cobardes están dominados por sus temores; los héroes los superan sin inmutarse.

6.

La ansiedad puede extenderse por contagio; de ahí que los ejércitos procuren reprimirla con tanta saña.

7.

Los estadounidenses nos mostramos ambivalentes respecto a todo esto. Tomamos tranquilizantes y antidepresivos en cantidades industriales y, sin embargo, al mismo tiempo, históricamente hemos considerado la dependencia de la medicación psiquiátrica como un signo de debilidad o un fallo moral.

8.

Yo podría atribuir alegremente mi ansiedad al comportamiento de mis padres: al alcoholismo de mi padre, a las fobias y la actitud excesivamente protectora de mi madre, a su matrimonio infeliz y a su divorcio…, si no fuera, entre otros motivos, por este dato inoportuno: mis hijos, ahora de nueve y seis años, han desarrollado recientemente una ansiedad que se parece de un modo inquietante a la mía.

9.

¿Padecían de nervios en el estómago los cromañones, cuando los depredadores acechaban junto a sus cuevas?¿Los primeros homínidos notaban que les sudaban las manos y se les secaba la boca al tratar con miembros de la tribu de estatus superior? ¿Había cavernícolas agorafóbicos o neandertales con pánico escénico, y miedo a las alturas? Me imagino que sí los habría, pues esos precursores del homo sapiens eran producto de la misma evolución que ha generado nuestra propia capacidad para sentir ansiedad, y ellos poseían una base fisiológica idéntica, o muy similar, del mecanismo del miedo.

10. 

Mi ansiedad puede ser insoportable. Con frecuencia me hace sentir fatal. Pero también es, acaso, un don o, al menos, la otra cara de una moneda que debería pensarme dos veces antes de cambiar.

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