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El cómic en el que se reflejará cualquier amante de la cultura Heavy Metal

En el octavo día, Dios hizo el Rock

Música, sexo e indolencia. Solo eso importaba a mediados de los 80. Y no lo digo yo, que tardaría 8 años más en venir al mundo. Lo dice Miguel B. Núñez en su melancólico Heavy 1986, de Sapristi.

Cuando la cultura heavy llegó a su auge sabía que nada podría acabar con ella. Y, 30 años después, sigue tan intacta que son los mismos grupos los que lo siguen petando.

En el octavo día, Dios hizo el Rock. Y con él a sus seguidores.

Desde los 15 hasta los veintitantos, solo existían las verdades de Obús, Barón Rojo o Banzai

Antes de que surgieran Los Backestreet Boys y de que a un chaval llamado Kurt Cobain le diera por matarse, los adolescentes de Madrid estaban más cansados que nunca. Estaban tan hartos de llevar diez años de supuesta democracia que se camuflaban entre melenas, chaquetas tejanas, camisetas de grupos y botas negras.

La política no iba con ellos. Que gobernara un progre llamado Felipe no podía importarles menos. Porque, desde los 15 hasta los veintitantos, solo existían las verdades de Obús, Barón Rojo o Banzai.

Refugiados en la Sala Canciller, aquellos chavales no encajaban con una España que se engañaba al decirse que ya no era tan cañí como hacía una década. Los mandaban a la mili o a trabajar como aprendiz. Pero ellos querían montar una banda y enseñar a Los Hombres G lo que era buena música.

Se camuflaban entre melenas, chaquetas tejanas, camisetas de grupos y botas negras

No tenían complejos. Mientras soportaban miradas de rechazo e insultos por sus pintas, pasaban de las drogas –en su mayoría– y las cambiaban por litronas. Esquivaban a los familiares que les aconsejaban cambiar de camino y encontraban su segundo hogar en un banco del parque.

Sus padres no entendían por qué no les gustaba Mocedades, Mecano o Radio Futura. Y, por más que intentaban convencer de que Master of Puppets era un puto milagro musical, solo recibían miradas de espanto o, en el caso de los más benevolentes, de incredulidad.

La mayoría de aquellos adolescentes hormonados y afectados por la brecha generacional ahora son obreros, ejecutivos o vendedores

En la Madrid de 1986 existían dos realidades. La correcta a la que todos acababan sucumbiendo y la del suburbio. La de los adolescentes rebeldes que en otra época se traducirían como emos, canis o hipsters. Pero entonces estaban bastante peor vistos que estos. Si querían un trabajo, sabían que tendrían que cortarse el pelo y renunciar a sus amados harapos. Sabían que aquello no podía durar toda la vida.

Y así ha sido. Muchos se mantienen en la cresta de la ola. El Pirata sigue inspirando en su programa de radio y los heavies de la Gran Vía han incrementado su pasión junto a sus arrugas. Pero la mayoría de aquellos adolescentes hormonados y afectados por la brecha generacional ahora son obreros, ejecutivos o vendedores a los que solo sus frecuentes tatuajes les clasifican en la cultura del extrarradio.

La cultura heavy no ha desaparecido, se ha camuflado en un mezclum alternativo que une de la música punk al estilo skater

30 años después, la cultura heavy no ha desaparecido. Solo se ha camuflado en un mezclum alternativo que une de la música punk al estilo skater. Salir por Marina, en Barcelona, no es ser heavy. Pero si eres heavy en Barcelona sales por Marina. Lo mismo ocurre por el resto de España. Pequeños rincones aguardan lo que un día fue y quiere seguir siendo pese a no querer actualizarse.

Porque, siendo sinceros, el heavy no ha evolucionado nada en estas tres décadas. Ha mantenido su espíritu junto a los mismos grupos, y los que ahora surgen tienen que luchar con una mentalidad conservadora a la que nada nuevo suena bien.

Nunca se habían sentido identificados con nada, pero llegó la oscuridad para darles esa oportunidad

Pese a ello, obras como Heavy 1986 recuerdan que algún día todo aquello era nuevo. Eran jóvenes. Era la primera vez que sentían latir sus corazones al escuchar los acordes rudos de una guitarra eléctrica. Nunca antes se habían sentido identificados con nada, pero llegó la oscuridad para darles esa oportunidad.

Porque, por más que cambie sus pintas, un heavy siempre será heavy.

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