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El libre albedrío no existe... pero nos va mejor creyendo en él

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Cada vez son más los científicos que consideran que las conductas humanas obedecen a un mecanismo causa-efecto, postura determinista que choca con la creencia de nuestra libertad de elección

PlayGround

04 Julio 2016 18:51

¿Acepto ese trabajo precario o me arriesgo a seguir buscando? ¿Le mando a la mierda por haberme engañado o le doy una segunda oportunidad aunque no se la merezca? ¿Vacaciones urbanas o descanso en casa rural? ¿Bañador retro o bikini brasileño? ¿Ensalada o pizza? ¿Sexo en la primera cita o recato?

Para bien y para mal, nos gusta creer que tenemos control sobre nuestras decisiones. Que tenemos capacidad de elegir en base a la voluntad y los deseos propios, sin presiones, sin sujeción o condición alguna. Esa idea del libre albedrío ha sido defendida —y también criticada— a lo largo de los siglos desde los campos de la filosofía y la religión, y su aceptación tiene numerosas consecuencias en nuestra vida diaria.

Los códigos éticos, por ejemplo. Se basan en el libre albedrío, ya que confían en la libertad de las personas para elegir su camino y para cargar con la culpa en el caso de que sus opciones fueran las incorrectas. Pero, ¿qué pasaría si ese libre albedrío no fuera tal? ¿Si no existiera? ¿Seríamos responsables de nuestros actos si aceptáramos no tener capacidad de elegir? ¿Nos comportaríamos de manera inmoral escudándonos en el determinismo?

El filósofo Stephen Cave, autor de Immortality: The Quest to Live Forever and How it Drives Civilization, se hace esas y otras preguntas alrededor del determinismo, el libre albedrío y el ilusionismo en una reciente columna para The Atlantic de título suficientemente explicativo: "No existe tal cosa como el libre albedrío. Pero nos va bien creer en él de todos modos".

Recogemos aquí algunas de las citas más relevantes de un artículo que trata de poner los puntos sobre las íes alrededor de un asunto que invita a la reflexión. 


“Las ciencias que afirman que todas las conductas humanas se pueden explicar a través del mecanismo causa-efecto no han parado de crecer. Este cambio de percepción comenzó hace 150 años cuando Darwin publicó El Origen de las Especies. Su primo, Sir Francis Galton, extrajo las implicaciones de la teoría de la evolución. Si hemos evolucionado, hay facultades mentales como la inteligencia que son hereditarias. Usamos esas facultades para tomar decisiones. Por lo tanto, nuestra capacidad de elegir nuestro destino no es libre, sino que depende de nuestra herencia biológica”.


“El fisiólogo estadounidense Benjamin Libet demostró en la década de 1980 que no tenemos libre albedrío. Ya se sabía que la actividad eléctrica se acumula en el cerebro de una persona antes de que, por ejemplo, mueva su mano; Libet demostró que esta acumulación se produce antes de que la persona tome una decisión consciente de moverse”.


“El desafío planteado por la neurociencia es más radical: describe el cerebro como un sistema físico igual a cualquier otro (…) Si pudiéramos entender la arquitectura del cerebro de un individuo y su química lo suficientemente bien, podríamos, en teoría, predecir la respuesta de ese individuo a cualquier estímulo dado con el 100 por ciento de exactitud”.


Según explica Cave, la ciencia ha hecho que la corriente determinista crezca. Sin embargo, se pregunta qué pasará con aquellas instituciones que se basan en el libre albedrío para funcionar y si la gente se comportaría de manera inmoral por ello. Y, según varios estudios científicos recientes, parece ser que así es.


"Las personas que son inducidas a creer menos en el libre albedrío son más propensas a comportarse de manera inmoral (…) Parece que cuando la gente deja de creer que son agentes libres, dejan de verse a sí mismos como culpables de sus acciones. En consecuencia, actúan con menor responsabilidad y ceden a sus instintos más bajos”.

“Posteriores estudios de Baumeister y sus colegas han relacionado una creencia en el libre albedrío disminuido al estrés, infelicidad y un menor compromiso con las relaciones (…) La lista sigue: creer que el libre albedrío es una ilusión ha demostrado que la gente es menos creativa, más propensa a la conformidad, menos dispuesta a aprender de sus errores, y menos agradecida con los demás. Al parecer, cuando abrazamos el determinismo nos entregamos a nuestro lado oscuro”.

“El determinismo no sólo socava la culpa, Smilansky sostiene; sino que también socava el encomio (...) Y así como socavar la culpa eliminaría un obstáculo para actuar con maldad, acabar con el encomio eliminaría uno de los incentivos para hacer el bien”.


Sin embargo, no todos los estudiosos que sostienen públicamente la no existencia de la libre voluntad son ciegos a las consecuencias sociales y psicológicas de dicha postura, explica Cave. Algunos simplemente no están de acuerdo con los análisis más tremendistas que sugieren que esas consecuencias podrían incluir el colapso de la civilización, en la medida en que todos nos lanzaríamos a actuar con maldad.


“Según Harris, debemos reconocer que los psicópatas, incluso en el caso de los peores criminales, son en cierto sentido un caso de mala suerte (...) Harris cree que, con el tiempo, "podría ser posible curar algo así como la psicopatía", pero sólo si aceptamos que el cerebro, y no un cuento de hadas llamado libre albedrío, es el origen de la desviación.


El bien derivado de ese cambio de óptica sería doble, sostiene el autor. Aceptar la ausencia del libre albedrío también nos libra de odio. Culpar a la gente nos enfada, nos vuelve vengativos y nubla nuesto propio juicio.


"'Comparar la respuesta al huracán Katrina', sugirió Harris, con 'la respuesta al 11-S'. Para muchos estadounidenses, los hombres que secuestraron los aviones son la encarnación de los delincuentes que optan libremente por hacer el mal. Pero si renunciamos a nuestra noción de libre albedrío, entonces su comportamiento debe ser visto como cualquier otro fenómeno natural, y esto, opina Harris, nos haría mucho más racionales en nuestra respuesta”.

“El gran problema, en opinión de Harris, es que la gente a menudo confunde el determinismo con fatalismo. El determinismo es la creencia de que nuestras decisiones son parte de una cadena irrompible de causa y efecto. El fatalismo, por el contrario, es la creencia de que nuestras decisiones no importan, porque todo lo que está destinado a suceder, sucederá, como el matrimonio de Edipo con su madre, a pesar de sus esfuerzos para evitar el destino”.

"Los filósofos y los teólogos están acostumbrados a hablar sobre el libre albedrío como si este estuviera encendido o apagado; como si nuestra conciencia flotara como un fantasma totalmente por encima de la cadena causal, o como si rodáramos por la vida como una roca por una colina. Pero puede haber otra forma de ver la acción humana".


Algunos estudiosos del tema sostienen que debemos pensar en la libertad de elección en cuanto a que somos seres que tenemos capacidades muy sofisticadas para trazar múltiples respuestas ante una situación particular. Uno de estos expertos es Bruce Waller, profesor de filosofía de la Universidad Estatal de Youngstown y autor del libro Libre Albedrío Restaurado.


“En opinión de Waller, el libre albedrío y el determinismo no son los opuestos que a menudo se considera que son; simplemente describen nuestro comportamiento a diferentes niveles”.

“Los seres humanos son mucho mejores pensando y calibrando opciones que otros animales. Nuestra gama de opciones es mucho más amplia y, por lo tanto, somos significativamente más libres”.

“La definición de libre voluntad de Waller está en consonancia con la forma en la que mucha gente la ve. Un estudio de 2010 averiguó que las personas creen en la libre voluntad en términos de seguir sus deseos libres de coacción (alguien poniéndote una pistola en la cabeza)”.


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