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La ley de la calle, según Mike Tyson

El púgil publica en breve su autobiografía "Undisputed Truth", de la cual NYMag ofrece un adelanto

Puede que hoy se haya convertido en un icono más de la máquinaria pop, que al hablar de él sólo nos vengan a la cabeza su horrible tatuaje facial, sus cabreos monumentales y aquella vez que le arrancó un trozo de oreja a Evander Holyfield en medio de un combate. Pero la persona tras el personaje esconde una historia mucho más compleja y rica, marcada por la dureza de su entorno durante su infancia y adolescencia, sus problemas familiares, sus encontronazos con la ley y la necesidad de convertirse en alguien respetado aunque fuera a base de puñetazos. Si habéis visto "Toro Salvaje" puede que algunas ideas (la constante violencia, la lucha como forma de vida, el barrio como universo) os resulten familiares. Pero esto no es una película, esto es real 100%, Tyson 100%, y a partir del 12 de noviembre, a través de las páginas "Undisputable Truth", escrito en colaboración con Larry Sloman, estará al alcance de los lectores que quieran saber un poco más de quien fue el campeón mundial de pesos pesados más joven de la historia del boxeo.

A modo de aperitivo, NYMAG ofrece hoy un adelanto en su edición online, un largo pasaje titulado "My Life as a Thug" en el que Tyson describe algunos episodios de su infancia que forjaron su carácter y cómo su paso por el reformatorio de Elmwood le llevó a conocer a quien sería su primer y fundamental mentor, el legendario Cus D'Amato. Aquí seleccionamos algunas perlas extraídas de estas páginas, pura vida callejera en el deprimido Brooklyn de mediados de los 70 y una obsesión por la lucha que empieza a nacer a raíz de un paquete de albóndigas. Si queréis leer más, no tenéis más que seguir el link

"Un día salía de la escuela a la hora del almuerzo para ir a casa y llevaba encima unas albóndigas de la cafetería, envueltas en papel de aluminio para conservar el calor. Vino un tipo y me dijo 'Eh, ¿tienes dinero?', yo dije 'No'. Empezó a buscar por los bolsillos, e intentó llevarse mis jodidas albóndigas. Me resistía, estaba en plan, “¡No, no, no!”. Dejaría que los matones se llevasen mi dinero, pero nunca mi comida. Estaba encogido como un escudo humano sobre mis albóndigas. Así que el tío empezó a golpearme la cabeza y me cogió las gafas y las metió en el depósito de gasolina de un camión. Corrí hasta casa, pero no se llevó mis albóndigas. Todavía me siento un cobarde a causa de aquello. Es una sensación salvaje, estar tan indefenso. Nunca la olvidas. Aquel fue el último día que fui a clase. Tenía 7 años, y nunca volví”.

“Hacer volar palomas era un deporte muy popular en Brooklyn. Todos lo hacían, desde los Dons de la Mafia, hasta los pequeños niños del gueto. Es inexplicable, simplemente se te mete en la sangre. Un día estábamos en el tejado trasteando con las palomas y vino un tipo mayor. Se llamaba Barkim, y era amigo del hermano de alguien. Nos dijo que fueramos con él esa noche a una jam en el centro comunitario del barrio. Las jams eran como bailes para adolescentes, salvo que aquello no era ninguna mierda estilo Archie y Verónica. Todos los 'players' y los chulos estaban allá, la gente del barrio que robaba casas, los carteristas, los defraudadores. Era un nido de delincuencia.

Así que fui al centro aquella noche [...] Barkim empezó a sermonearme. 'No puedes andar por ahí como un puto mendigo de la calle. ¿Qué coño estás haciendo, tío? Nosotros somos gente que hace pasta'. Hablaba rápido y yo trataba de entender cada palabra. 'Vamos a hacer pasta, colega. ¿ Estás listo?' Así que iba con él y empezamos a meternos en casas de gente. Me decía que entrase por las ventanas que fueran demasiado pequeñas para él, y luego yo abría la puerta. Una vez dentro abríamos los armarios, las cajas fuertes, lo que hiciera falta para deplumarles. Nos llevamos estéreos, grabadoras de ocho pistas, joyas, armas, dinero en metálico. Después de los robos nos fuimos a la calle Delancey y me compró ropa buena y unas zapatillas y un abrigo de borreguillo”.

“Empecé a ganarme un nuevo nivel de respeto en las calles. En vez de '¿Puede venir Mike a jugar?', la gente le preguntaba a mi madre '¿Puede jugar Mike Tyson con nosotros?'. Otros chavales traían a sus colegas a pelear conmigo y apostaban pasta. Gané un montón de dinero. Incluso los que me ganaban acababan diciendo, '¡Joder, ¿sólo tienes 11 años?'. Así es como la gente empezó a conocerme en Brooklyn. Tenía la reputación de que pelearía con cualquiera, hombres mayores, quien fuera”.

“Estaba en Times Square en 1977, pasando el rato, cuando vi a unos tipos del viejo barrio de Bed-Stuy. Estábamos hablando y lo siguiente que sé es que uno se llevó el bolso de una prostituta. Ella estaba furiosa y me tiró una taza de café a la cara. Vino la poli y me largúé con mi amigo Bub. Fuimos corriendo hasta un cine X, pero la puta llegó poco después con los policías. 'Esos son', dijo señalándonos a Bub y a mí. '¿Yo? Yo no he hecho una mierda', protesté, pero los polis nos escoltaron afuera y nos sentaron en la parte trasera de su coche. Miraron mi historial y vieron que tenía demasiados arrestos, así que iba a ir directo a Spofford [...] Después de esa primera vez, empecé a entrar y salir de Spofford como si nada. Spofford se convirtió en una casa a tiempo parcial para mí”.

“Nunca ví a mi madre feliz u orgullosa de mí por hacer nada. Nunca tuve la oportunidad de hablar con ella o conocerla. Profesionalmente, no tuvo ningún efecto sobre mí, pero emocional y psicológicamente, era terrible. Estaba con mis amigos y veía como sus madres les daban besos. Nunca tuve tal cosa. Uno pensaría que habiendome dejado dormir con ella hasta los 15, debería haberle gustado, pero estaba borracha todo el rato”.

“Cus (D’Amato) tenía exactamente la pinta que te imaginarías que tiene un entrenador de línea dura: bajito y recio con la cabeza calva, y podías ver que fue muy fuerte. Hablaba duro también y era terriblemente serio; no había un músculo feliz en su cara. '¿Cómo te va? Soy Cus', se presentó. Tenía un fuerte acento del Bronx. Bobby y yo nos metimos en el ring para entrenar. Empecé fuerte, dándole duro a Bobby. Normalmente hacíamos tres rounds, pero en medio del segundo round, Bobby me dio un par de derechazos fuertes en la nariz y empecé a sangrar. No me dolía, pero tenía sangre por toda la cara. 'Ya está bien', dijo Teddy Atlas, otro entrenador. 'Pero señor, déjeme terminar este round y hacer otro más. Eso es lo que hacemos', rogué. Quería impresionar a Cus. Supongo que lo hice. Cuando salimos del ring, las primeras palabras de Cus a Bobby fueron: 'Aquí tienes al campeón del mundo de los pesos pesados".

"Yo sólo tenía 14 años, pero era un verdadero creyente en la filosofía de Cus. Siempre entrenando, siempre pensando como un gladiador romano, en un perpétuo estado de guerra mental, aunque por fuera parezcas calmado. [...] Cus quería al mejor luchador que Dios hubiera creado, alguien que arrancase la vida de la gente incluso antes de haber entrado incluso en el ring. Me enternó para ser totalmente feroz, en el ring y fuera. En aquel momento lo necesitaba. Era tan inseguro, estaba asustado. Tenía traumas por toda esa gente que se metía conmigo cuando era más joven. Simplemente odiaba la humillación de ser maltratado. Ese sentimiento se te queda pegado toda la vida. Pero Cus me dio confianza para no tener que preocuparme nunca más por eso."

“Mucha gente asume que Muhammad Ali era mi boxeador favorito. Pero tengo que decir que era Roberto Durán. Siempre ví a Ali como alguien atractivo y articulado. Y yo era pequeño y feo y tenía problemas de habla. Cuando vi pelear a Durán, él era sólo un tipo de la calle. Le decía a sus oponentes cosas como 'Chúpame la puta polla, hijo de puta. La próxima vez te envío a la morgue'. Después de derrotar a Sugar Ray la primera vez, fue donde Willie Benitez y le dijo, ‘Que te jodan. No tienes ni el corazón ni las pelotas para luchar conmigo’. 'Tío, este tipo soy yo', pensé. Aquello era lo que quería hacer”.

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