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¿Eres de letras? Posiblemente, tu futuro está en los números

Gastronomía, periodismo y poesía: tres historias sobre cómo los algoritmos y la ciencia están conquistando las Humanidades

“¡Incluye cloruro de cetilpiridinio!”, “Nueva fórmula: ¡ahora con más digluconato de clorhexidina!”, “Hecho de polímeros”…

Suena a anuncio de lejías, pero perfectamente podía ser publicidad de comida.

De hace 70 años.

O como el año pasado escribía el chef David Chang en Wired: “a fin de cuentas, cocinar es un proceso científico, pero llamar ‘procesada’ a la comida se ha convertido un insulto. Es como si quisiéramos esconder la ciencia que hay en nuestra comida. Pero lo cierto es que eso no fue siempre así: si te fijas en los anuncios de los años 40 y 50, entonces celebraban que el último chicle utilizaba edulcorantes y saborizantes artificiales. Era la moda. Hoy, en cambio, todo tiene que ser ‘natural’, simple y a la vieja usanza. Nos hemos lavado el cerebro para pensar que la ciencia da miedo”.

Y algo de temor al lenguaje científico sí que hay. Mientras la publicidad dirigida a vender alimentos apela a esa naturalidad y sencillez, la cocina y la gastronomía coquetea con el habla de las Humanidades: la cocina es de autor, y los chefs son los nuevos artistas.

Hasta que Rob Rhinerhart apareció.

Rob Rhinerhart es el responsable de la revolución alimenticia del año: Soylent, una especie de papilla pensada para aliviar todas las necesidades alimentarias del individuo. Su obra es completamente funcional, sin adornos. Comida para astronautas.

La historia de Rob es más o menos la que sigue.

Después de trabajar un tiempo en una startup de San Francisco, su proyecto hizo aguas por todas partes: Rob Rhinerhart se arruinó.

Así se puso a pensar en todos los costes con los que su empresa tenía que cargar, y apareció la comida.

Meses atrás, Rob le contaba al New Yorker que hasta entonces su equipo y él sólo se alimentaban de porquerías: Ramen, perritos, comida congelada y todo eso. Aún así, estaban hambrientos.

Rob Rhinerhart buscó una solución:

—Tú no necesitas leche; necesitas aminoácidos y lípidos. Tampoco necesitas pan, necesitas carbohidratos. Los vegetales y la fruta aportan vitaminas y minerales esenciales, pero básicamente son agua.

Entonces dijo: ¿y si echamos números, calculamos qué ratio de todos esos productos químicos necesita el ser humano, y lo mezclamos todo en un puré infalible? Cuando tengas hambre, sólo necesitarás echar mano de él, y problema resuelto. Fue así como Soylent se convirtió en la mejor definición jamás hecha de la dieta equilibrada, y como Rob salió de la ruina: la firma de capital riesgo Andreessen Horowitz ya ha puesto un millón de dólares en su proyecto. Las expectativas en Soylent como la comida del futuro son muy elevadas.

Vale que Soylent no es la clase de cosa que quieras compartir en una cena con tu pareja o amigos, pero eso es algo que Rob Rhinerhart ya sabe: todo lo que no es Soylent, es “comida recreativa”.

Cuando el periodismo se convirtió en cosa de matemáticos

Año 2008. Al problema del “todo gratis” que trae consigo Internet se suma la crisis económica. El periodismo toca techo. Los medios empiezan a caer como piezas de dominó. Y lo peor que te puede pasar es que aquello te pille en una facultad de comunicación: aquel sentimiento se parece bastante al de una cría de gato atrapada en un edificio en llamas.

Pero entonces llegan los bomberos.

Aunque en realidad llegó una gente con trajes reflectantes, hachas y montones de cubos de agua, ninguno de ellos bombero profesional.

De formación científica, Jonah Peretti es el nombre del responsable de Buzzfeed, el medio heredero del Huffington Post especializado en listas, en gatos y en listas de gatos. Inicialmente concebido como un laboratorio con que estudiar la viralidad en Internet, con el tiempo su proyecto se convirtió en lo que hoy es: un rodillo de visitas que ha pasado por encima a cabeceras centenarias como el New York Times o el Guardian, a cuyas puertas llaman cada día montones de anunciantes, y cuyo nuevo desafio pasa por el periodismo de investigación. El razonamiento de Peretti siempre ha sido: "primero hacemos dinero, luego buscamos prestigio". Tiene lógica.

¿Y cómo nació todo aquello? Mediante un algoritmo dedicado a detectar historias de interés. Es decir que no eran personas los que buscaban los temas sobre los que escribir: eran ordenadores.

Así pues, Peretti trajo dos noticias a aquellas crías de gato atrapadas en el edificio en llamas: la mala es que, en general, la gente prefiere intercambiar fotografías de gatos antes que hablar de nuevo cine coreano; la buena es que había futuro para el periodismo. Y mucho.

Vale que Peretti no es un nombre especialmente reconocido en la profesión. Pero no es el único científico metido a periodista: ahí está el caso de Nate Silver.

Economista de formación y fanático de las estadísticas, Silver se hizo famoso por sus acertadas predicciones en materia deportiva y política. Es decir, en lugar de constatar el presente, el periodismo de Silver predice el futuro. Por supuesto, lo hace con matemáticas.

Como resultado de sus destrezas surgió FiveThirtyEight, uno de los nuevos medios internacionales más prestigiosos del momento.

Poesía hecha por bots y humanismo científico

Un meme que en verdad es un poema, que en verdad es una noticia, que en verdad es un algoritmo: tal es la idea que el New York Times acaba de poner en marcha para adaptar sus mensajes a los tiempos modernos. No son los únicos: Los Angeles Times y Fluctuat también han experimentado con este formato.

Como contábamos días atrás aquí: “quizá, a partir de ahora, al Hunter S. Thompson de nuestro tiempo le toque ponese a contar sílabas. O quizá sea el nuevo Rimbaud quien tenga que animarse a montar una crónica sobre política internacional, tecnología y tendencias…”

Justo ahora se cumple un año de un sonado ensayo que Steven Pinker publicaba bajo el título “la ciencia no es tu enemigo”. Empezaba así: “ los grandes pensadores de la Ilustración fueron científicos. No solo muchos de ellos contribuyeron a las matemáticas, a la física y a la fisiología, sino que también eran ávidos teóricos en las ciencias de la naturaleza humana.” El fin del artículo, claro, era menguar la brecha entre las ciencias y las humanidades.

Hacía tiempo que veníamos escuchando sobre la nueva fiebre por la estadística, sobre el Internet de las cosas o sobre gobiernos pensados a partir del big data. Todas estas historias, además, vienen a confirmar que las Humanidades no van a librarse de los algoritmos, y que, como Pinker sugiere, escapar de la ciencia hoy será imposible. Nuestra supervivencia dependerá de ello.

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