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Las lágrimas de Cristiano Ronaldo: ¿un hombre sensible o un niño inmaduro?

El delantero del Real Madrid lleva tiempo mostrando sus sentimientos más a flor de piel dentro y fuera de los campos: su llanto de ayer al recibir el Balón de Oro es la culminación de un proceso más humano de lo que parece

Cualquiera que lea los comentarios en las noticias de la prensa deportiva en España, que suele ser un pozo de podredumbre moral y piques sin sentido entre voces (poco autorizadas) de aficiones diferentes, sabe que el insulto está más a la orden del día que el elogio. Y que los antimadridistas -que deben ser el 60% de los seguidores del fútbol, si es cierto que el 40% de la población es simpatizante del Real Madrid- la hayan tomado con Cristiano Ronaldo no es nada nuevo: desde que llegó a la Liga española en 2009 proveniente del Manchester United por 96 millones de euros de traspaso, el de Madeira siempre ha sido el centro de las iras de los rivales. Se le ha llamado de todo: Cristina, ‘el gominas’, trialeta (porque corre, hace la bicicleta y al final nada, o se tira a la piscina...), se le han gritado cánticos de ‘ese portugués qué h******a es’, incluso se ha cuestionado su sexualidad poniendo en duda su hombría y haciendo caer sospechas de que el deseo de tener un hijo por la vía del vientre de alquiler era una manera de proclamar de manera velada que le iba más la carne que el pescado. Y encima teniendo a Irina Sheik en casa, todo el día a mano, para un alivio o un pronto.

Con este contexto en mente, las lágrimas del futbolista al recibir el Balón de Oro por segunda vez en su carrera (la primera fue en enero de 2008, tras una gran campaña en el ManU en la que conquistó la Orejona en la final de Moscú frente al Chelsea) han alimentado aún más el ritintín, la rumorología y la risa fácil. Hay quien entiende que el futbolista no tiene derecho a emocionarse, cuando lo cierto es que machos muy machos como Casillas o Luis Enrique lloraron, respectivamente, al llevarse el Mundial y ser eliminado del ídem del 94 tras el codazo de Tassotti que le dejó la nariz al asturiano manando sangre como una fuente dolorosa. Las muestras de emoción en público son humanas, han llorado jugadores al dejar su equipo de siempre para fichar por otro, han llorado entrenadores como Guardiola al coronar el sextete en Japón y han llorado hasta los presidentes. En definitiva, los ricos también lloran. Y los futbolistas también.

Volviendo a CR7, su carácter siempre ha sido temperamental. Más que suspicacias sobre su condición sexual, su cuadro psicológico corresponde más al de un niño que todavía no ha crecido lo suficiente. Cuando le derriban en el área y el árbitro no se cobra el penalty, su reacción suele ser enfurecida, con palmada sobre el césped y gesto de niño desairado, reclamando justicia. Cuando el balón no entra tras chutar un penalty, se deprime y deja de participar en el juego durante un tiempo. Cuando hay una patada que no recibe castigo, su indignación crece. Cuando su equipo resulta eliminado de una competición, busca las cámaras para mostrar públicamente su descontento, ya sea haciendo el gesto de robar, agitando los dedos de la mano como quien toca el arpa ante un reportero de Punto Pelota, o musitando repetidamente “qué injusticia, qué injusticia, qué injusticia” para ser visto en todo el planeta manifestando su descontento.

CR es un hombre ambicioso, voraz, que lo quiere ganar todo. Y cuando no lo gana manifiesta su berrinche. Y cuando lo gana, como el Balón de Oro de ayer -y ojo: merecidamente, tras una temporada goleadora de nivel extraterrestre-, estalla en lágrimas. Sus emociones son intensas. Pero no corresponden a un amaneramiento, sino a un déficit de amor. En la noche de ayer en Zúrich, Cristiano se sintió querido tras muchos rechazos y despechos -de Paris Hilton, de Florentino, del Sport- y sus lágrimas manaron como una fuente de liberación de las tensiones más profundas. Y todo el mundo se hizo eco porque el deporte es una fábrica de héroes, y resulta todavía más profundo, humano y real cuando los dioses bajan a la tierra y se humanizan con un llanto de bebé.

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