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¿Por qué a medida que envejecemos rechazamos el riesgo que tanto amábamos en la juventud?

La respuesta podría estar no en la cordura, sino en la cantidad de sustancia gris en la corteza cerebral

Se suele decir que las locuras son para los jóvenes. Cosas de la edad inconsciente, se piensa. Los benditos —y peligrosos— años insensatos de la vida. Como si al hacerse mayor entrara de golpe y porrazo la cordura que parece faltar en la desbarajustada adolescencia y en los ventitantos. Pero lo cierto es que nunca se ha tenido claro a qué de debe que las personas, por lo general, demostremos una menor propensión a asumir riesgos a medida que crecemos.

¿Es porque un cuerpo más frágil nos hace rechazar las aventuras?

¿Es porque nos volvemos más sabios y más conscientes de los peligros?

¿Es porque nos convertimos en unos carcas?

Un grupo de neurocientíficos de la Universidad de Yale ha dado con una pista para resolver este rompecabezas. Y contrariamente a lo que se podría creer, nuestra creciente aversión al riesgo parece que no tiene tanto que ver con la edad en sí misma, sino con el volumen de la sustancia gris del cerebro.

Si sus resultados se confirmaran, su hallazgo trastocaría las ideas arraigadas. Los individuos no escaparíamos de los riesgos por sensatez, sino por una "capacidad neural limitada" debido a que vamos perdiendo esta materia conforme nos hacemos mayores.

Los investigadores, que escanearon el cerebro de 52 voluntarios entre 18 y 88 años, observaron en sus exploraciones que aquellos con menor volumen de materia gris, ubicada en la corteza parietal posterior derecha, tendían a ser más conservadores en su toma de decisiones. La edad, por sí sola, no parecía tan significativa a la hora de adoptar ciertas actitudes en relación al riesgo como la cantidad de esta sustancia.

Entonces ha sonado la voz de alarma.

El descubrimiento de estos neurocientíficos ha hecho que se planteen si se deberían tomar acciones. Conocida la causa, se podría actuar para curar esta actitud. El motivo radica en que mientras eludir ciertos riesgos —como una velocidad imprudente en las carreteras— parece lógico, la tendencia a evitar riesgos puede derivar en una cautela extrema injustificada que, a la larga, podría tener consecuencias para el conjunto de la población.

De aquí a treinta años se estima que, en el mundo, el número de adultos de más de 60 años superará a los niños por primera vez en la historia. Y eso podría afectar al sistema. "Las decisiones tomadas por una población envejecida podría impactar, para mejor o peor, en procesos políticos y económicos a nivel global y local", asegura Ifat Levy, autor principal del estudio.

¿Y si el miedo al riesgo y la búsqueda de comodidad resultaran contraproducentes para la humanidad?, se preguntan los científicos.

[Vía Nature]

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