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Los millenials tenemos mucha ansiedad que vomitar (y confetti que lanzar al aire)

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Versos de Jeff Rosenstock para retratar la 'Nausea' cotidiana que llevamos metida en el pecho

Natxo Medina

08 Febrero 2015 08:00

No hemos leído a Sartre, pero como él sentimos el vértigo de existir. La nuestra no es la misma desolación de los abuelos de posguerra, ni la decepción de quienes vivieron el Mayo francés. No es ni siquiera la falta de objetivos y la apatía acomodada de la Generación X. Nos la suda El Club de la Lucha a estas alturas.

Nuestra ansiedad vive en las redes sociales. Está en los medios de comunicación que nos avisan de que no queda futuro a la vista y nos saturan con medias verdades. En el constante ruido de fondo que presagia el desastre que nunca llega del todo.

Estamos haciéndonos viejos en un mundo que que va a tres mil por hora y que nadie entiende. Como un camión sin frenos derrapando en los límites de ciudades que ya no nos quieren y en las que nadie puede permitirse alquilar un apartamento. Hemos visto demasiado y demasiado poco. Tanto que a veces nos sobramos a nosotros mismos.

Y cuando al cuerpo le sobra algo, tiende a expulsarlo. Aunque sea en forma de confetti, como una fiesta en medio de una guerra. Como un morir matando.

El cantante neoyorquino Jeff Rosenstock traduce estos sentimientos en formato canción. Se pone delante de nosotros en toda su gloria de hombre hundido para que veamos en él lo que todos somos a veces. He aquí su Nausea, que es también la nuestra.


Agarrado al bong, sentado

en una bañera en South Wisconsin.

Me siento bien cuando estoy solo,

saltando del porno a Robocop


Apagué mi móvil

Me bebí una botella de vino y leí un Cometbus.

Me coloqué desnudo, dí tumbos

hasta la cama como un puto sonámbulo.


Leí lo peor del mundo

envuelto en mi albornoz blanco,

traducido torpemente por una máquina

a partir de tu voz


Limpié las botellas vacías,

dejé que saliera el humo por la ventana helada,

usé la bici estática

mientras veía el Precio Justo.


Pedí un sandwich de huevo

y conduje hacia el sur, entre el tráfico del mediodía,

mientras llamaba a los colegas a los que quiero de verdad,

y colgaba cuando decían “hola”.


Me cansé tanto de discutir mi futuro

que empecé a evitar a las personas que quiero.

Tardes de silencio y mañanas de náusea,

sudando y con temblores.

NO VOMITES.


Abrir los ojos, bostezar, hundirse, morirse de miedo, reír hasta cerrar los ojos. Y al día siguiente otra vez



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