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La asfixia de vivir en el cubículo de un cibercafé

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Los habitantes de las cápsulas hiperconectadas tienen un rasgo común: son víctimas del sistema laboral japonés

Alba Muñoz

13 Marzo 2015 06:00

La pregunta no es qué te llevarías a una isla desierta. La pregunta es: ¿cuáles son los dos elementos básicos que eliges para vivir? Para Fumiya, un joven japonés de 26 años, la respuesta está clara: una cama e internet.

Desde finales de los años 90 existen en Japón los llamados refugiados de cibercafé: gente que decide abandonar su búsqueda de piso y prefiere alquilar un cubículo conectado a la red. Se trata de una realidad que no para de crecer y que el reportero Sihio Fukada ha filmado para Mediastorm.

"Al principio buscaba un apartamento, pero era demasiado caro. A menudo iba al ciber para pasar el rato, así que no encontré mucha resistencia”. Para Fumiya instalarse en un local con acceso a internet era lo más lógico, algo natural, el siguiente paso.

Fumiya trabaja como vigilante en el sector de la construcción y su contrato es temporal. El 38% de los trabajadores en Japón lo son. “Con un trabajo temporal no puedes sobrevivir, la gente quiere que le contraten a tiempo completo. Cuando lo consiguen, les espera una jornada de muchas horas y estrés”, explica Makoto Kawazoe, portavoz de un sindicato.


Para ser un hombre con salario hay un proverbio: es mejor doblarse que romperse



Los habitantes de las cápsulas hiperconectadas tienen un rasgo común: son víctimas del sistema laboral japonés. O son  precarios o han sido desgarrados por un trabajo esclavo y competitivo.

Es el caso de Tadayuki Sakai, que durante 20 años fue un hombre de éxito, un asalariado: “Trabajaba para una compañía de tarjetas de crédito, entre 120 y 200 horas al mes. Dormía en la oficina, no sabía si era de día o de noche”. Aguantó una presión incalculable: “Para ser un hombre con salario hay un proverbio: ‘es mejor doblarse que romperse’”.

Tadayuki sufrió acoso de poder, algo habitual en Japón y que forma parte de la rutina de los ejecutivos: “La gente rumoreaba que yo era un psicópata, mi jefe decía a mis espaldas que yo era débil. Me diagnosticaron depresión, hay mucha gente así en Japón”.

Hace 4 meses que Tadayuki vive en menos de tres metros cuadrados y es más feliz que nunca. Al lado de su cubículo, otros hombres fuman, toman un refresco, acampan a la espera de que llegue aquello por lo que él Tadayuki enfermó: el éxito.


La pregunta no es qué te llevarías a una isla desierta, sino cómo imaginas tu isla desierta



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