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Así es la inquietante tribu de los esclavos del azúcar

El artista James Ostrer construye tótems para representar la destructiva dependencia humana del azúcar refinado

La comida basura tiene un diseño perfecto, es arte. Nos hace salivar tan sólo con las formas, colores y texturas de sus representaciones publicitarias. Su alta efectividad, sin embargo, genera odio. Mucho. Nos sentimos culpables al engullir una bolsa de impresionantes aditivos sobre un lienzo de patata vulgar, al morder una mortadela a lo loco, al saborear las toneladas de edulcorante químico presentes helados, galletas y menús completos.

La comida basura es un tótem más poderoso que nosotros, su imagen consigue desbancar su contenido. Por eso hay quien considera coherente desarrollar representaciones fetichistas y símbolos de la tribu de los colorantes y los conservantes, hija de la sociedad desarrollada e la industria alimentaria más industrial.

En su proyecto Wotsit all about, James Ostrer ha llevado a cabo una serie esculturas en las que representa los seres ancestrales del azúcar, nuestros antepasados, los primeros pobladores de la religión de la papila gustativa sobreexcitada. Ostrer construye figuras con crema de queso, conos, chucherías y mantequilla, y luego las fotografía con un estilo arqueológico actualizado. También se autoaplica un maquillaje comestible hasta quedar deformado: “Mi trabajo es a menudo una constante evolución de la autoayuda donde yo soy el terapeuta y el cliente. Mi intención era exponerme a tales niveles extremos de la comida basura que ya no querría volver a probarla. Tenía la esperanza de cambiar mi respuesta a la masa de colores saturados de las tiendas, que produce zumbidos y me atrae como una mosca a una luz. Quería convertir esos sentimientos en algo nuevo y hermoso”, explicó el artista a Dazed.

En cada una de las creaciones de Ostrer se percibe el horror y la admiración a partes iguales, el binomio entre lo dulce y la debilidad y la impotencia humanas. Con los colores, el artista ha querido mostrar la distancia existente entre la tierra y lo sintético, pero sobre todo lanzar un Grito de Munch ante lo que considera una droga que esclaviza y genera adicción en toda la humanidad: el azúcar refinado.

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