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¿Y si las enfermedades mentales pudieran curarse con… antibióticos?

La escritora y especialista en ética médica Harriet A. Washington dedica su último libro a una realidad inquietante: ciertas enfermedades mentales podrían estar causadas por infecciones bacterianas

Fotografía de cabecera de Timothy Archibald

Si te pidiéramos que pensaras en las imágenes de la locura, que recopilases mentalmente estampas que el imaginario colectivo suele asociar a la idea del trastorno mental, ¿qué te vendría a la cabeza?

Probablemente cosas como esta:

O esta:

O esta:

O... ¿esta?

Lo que ves es, sí, un área de recreo infantil. Niños jugando plácidamente. Aire libre, compañía, palas y cubos de arena. Y tú te estarás preguntando: ¿qué demonios tiene que ver ese parque con los trastornos mentales? Te lo diremos en cinco palabras: zona de riesgo por contagio.

¿Es posible "pillar autismo" o "pillar esquizofrenia" de una manera similar a como se pilla una gripe?

La definición de la locura ha cambiado a lo largo del tiempo casi más que ninguna otra. En la Edad Media el trastorno mental era cosa del diablo, de brujerías y espíritus malos. Más tarde se pensó que todo se debía al cuidado maternal deficiente. A principios del siglo pasado, la 'psiquiatría de manicomio' respondió a la enajenación mental con tortura: la psicosis se "curaba" con aislamiento, termoterapias, electroshock y lobotomías. De ahí se pasó a la barra libre de pastillas que todos conocemos. Ahora, ¿cuál será el siguiente paso?

Puede que una vacuna.

La escritora y especialista en ética médica Harriet A. Washington, autora de Infectious Madness: The Surprising Science of How We "Catch" Mental Illness, cree que podemos estar a las puertas de un nuevo cambio de paradigma en relación a la enfermedad mental. Un cambio que tiene que ver con la posible raíz infecciosa de algunos de esos trastornos. Ella plantea esa idea en forma de pregunta:

¿Y si fuera posible "pillar autismo" o "pillar esquizofrenia" de una manera similar a como se pilla una gripe?

Infectados de locura

El concepto 'enfermedad mental' sigue siendo, aún hoy, difícil de acotar. Enfermedad mental es actuar (demasiado) distinto al resto, es perder la capacidad de discurrir o reconocer "la realidad", ver anulado el libre albedrío propio, no ser capaz de conducirse en sociedad. Y de acuerdo a las ideas prevalentes, esos trastornos de la mente sobrevienen por dos vías: está la anomalía física —todo lo que tiene que ver con la carga genética, las estructuras cerebrales, el cableado neuronal y la química interna— y está el fracaso de los mecanismos de defensa psicológica ante las influencias del entorno.

Dicho de forma simplista, el enfermo mental, desde esa perspectiva 'biopsicosocial', lo es porque el órgano cerebral falla o la persona no es capaz de gestionar las tensiones de una vida diaria demasiado exigente, o demasiado absurda, o demasiado aburrida para una mente que quiere volar.

Pero existe un tercer factor que, hasta hace poco, ha estado descuidado por la ciencia: los trastornos mentales pueden estar causados por virus, bacterias, priones y otros agentes infecciosos.

Existe una creciente evidencia científica que indica que ciertos trastornos mentales tienen relación con reacciones inmunes desencadenadas por la presencia de patógenos en el organismo

En realidad, el estudio de las relaciones entre el mundo de las infecciones y la salud mental no es para nada nuevo. La demencia provocada por la rabia, las alucinaciones por ergotismo o la llamada ' paresia general de locos' —un desorden neuropsiquiátrico asociado a la sífilis— son ejemplos clásicos de esa conexión. La novedad estaría en el alcance de las nuevas investigaciones, en su extensión a algunos de los trastornos mentales más comunes de nuestro tiempo.

Autismo. Anorexia. Trastornos obsesivos compulsivos. Esquizofrenia. Según científicos como Susan Swedo, del Instituto Nacional de Salud estadounidense, E. Fuller Torrey, del Stanley Medical Research Institute, o Robert Yolken, director del laboratorio de neurovirología de la Johns Hopkins School of Medicine, existe una creciente evidencia de que cierto tipo de microbios —entre ellos estreptococos, T. gondii, virus Borna, HERV-W, cytomegalovirus, algunos tipos de estafilococo— pueden ser una de las causas desencadenates, o al menos un factor de riesgo relevante, en todos esos desarreglos mentales.

Diversos estudios apuntan a las infecciones víricas como posibles desencadenantes de desarreglos mentales como el autismo, la anorexia, los trastornos obsesivos compulsivos o la esquizofrenia

Cuando el sistema inmune (nos) ataca

La relación entre gérmenes y enfermedad mental parece responder siempre al mismo patrón: las infecciones por patógenos generarían una respuesta inmune que nuestro cuerpo no es capaz de manejar. Esas respuestas llevarían a la inflamación de ciertas zonas del cerebro o a desencadenar procesos autoinmunes en los que nuestro cuerpo se ataca a sí mismo, afectando áreas que regulan nuestro comportamiento y nuestras capacidades cognitivas.

Es decir, no sería la propia infección, sino una respuesta descontrolada de nuestro sistema inmune en su lucha contra los patógenos, lo que nos llevaría a "perder la cabeza".

Entre los datos más convincentes que maneja Infectious Madness están los que apuntan a la relación entre los desórdenes obsesivos compulsivos y la faringitis estreptocócica.

Washington describe casos como el de Seth, un niño de 10 años perfectamente sano y tranquilo que, de la noche a la mañana, poco después de haber sufrido una infección de garganta, empezó a comportarse de forma rarísima.

Seth se negaba a comer convencido de que su madre había envenenado la comida. Una noche, sus padres se lo encontraron con las manos en carne viva después de haber pasado horas lavándose de forma compulsiva.

Existen casos de niños sanos y tranquilos que pasan a mostrar comportamientos y miedos irracionales después de una infección por estreptococos

A Seth le diagnosticaron un trastorno obsesivo compulsivo, y su pediatra está convencida de que el trastorno fue ocasionado por aquella infección de garganta, una infección por estreptococos del grupo A. Otros investigadores creen que ese mismo tipo de infección puede estar detrás de otros desarreglos neuropsiquiátricos como la anorexia o el síndrome de Tourette.

Detrás de todos esos procesos estaría lo que en el ámbito médico se conoce como Pandas, o trastorno pediátrico neuropsiquiátrico autoinmune asociado a estreptococo. Nombre largo y farragoso, pero perfectamente descriptivo.

También intrigante, aunque menos concluyente, es la documentación que Washington maneja en relación a la esquizofrenia.

La autora cita estudios de E. Fuller Torrey que cuestionan la idea de que la esquizofrenia pueda sobrevenir por una mezcla de cuestiones genéticas, influencias ambientales y procesos sociales. Estudios que señalan, por ejemplo, que la esquizofrenia presenta un componente estacional —al parecer, existe una probabilidad mayor de que un esquizofrénico haya nacido en invierno o a principios de la primavera— o que los esquizofrénicos suelen presentar un número elevado de glóbulos blancos en sangre, un dato que sugiere que podrían estar combatiendo una infección.

Más sorprendente aún resulta la conexión que Torrey establece con los felinos: las estadísticas médicas señalan que los casos de esquizofrenia en EEUU se dispararon a partir de 1871, coincidiendo con la popularización de los gatos como mascotas domésticas.

Detrás de esa correlación estaría la toxoplasmosis, una enfermedad infecciosa bien conocida por todas las embarazadas del mundo.

Washington cita un estudio publicado en el American Journal of Psychiatry que llegó a la conclusión de que “los hijos de madres con Toxoplasma gondii en sus cuerpos durante el embarazo sufren mayores tasas de esquizofrenia que otros chicos”.

El parásito Toxoplasma gondii suele llegar al humano por contacto con animales afectados, especialmente gatos —aunque no sólo—, y más concretamente sus heces. En las zonas donde los felinos escasean, los casos de toxoplasmosis y esquizofrenia son bajos. ¿Casualidad?

El científico E. Fuller Torrey cree haber encontrado evidencias que relacionan la esquizofrenia con el Toxoplasma gondii, un parásito que suele llegar al humano por contacto con animales afectados, especialmente con gatos

Esto nos lleva de vuelta a la foto de arriba, la del área de juego infantil. ¿Recuerdas?

Resulta que las heces de felino son una presencia común, en estado atomizado, en esas balsas arenosas. Esos parques son, según Washington, un “mecanismo probable de exposición a la infección por Toxoplasma gondii”. Y podrían ser, por tanto, un escenario de riesgo en relación a enfermedades mentales como la esquizofrenia.

¿Antibióticos en vez de ansiolíticos?

Hace 160 años, Ignác Semmelweis cayó en la cuenta de un pequeño detalle que cambió el curso de la práctica médica. Semmelweis se percató de que los médicos y las obstetras que no se lavaban las manos estaban llevando pequeños gérmenes de cama a cama en las maternidades, causando miles de muertes por culpa de la fiebre puerperal. Cuando médicos y matronas comenzaron a lavarse las manos con una solución de cal clorurada, las muertes cayeron de forma significativa. Algunos años después, Louis Pasteur publicaría su hipótesis microbiana y Joseph Lister extendería la práctica quirúrgica higiénica al resto de especialidades médicas.

La teoría germinal de las enfermedades infecciosas revolucionó la medicina en la segunda mitad del siglo XIX. De repente, la enfermedad ya no tenía que ver con un desequilibrio abstracto del organismo visto desde una perspectiva holística, sino con una entidad específica: pillas un virus, enfermas, tomas antibióticos y lo combates (o mueres).

El libro de Washington rememora aquel desarrollo para lanzar una pregunta al aire: ¿podría un cambio de enfoque similar reducir el alcance de las enfermedades mentales modernas?

¿Y si la “locura” pudiera tratarse en el futuro con una mezcla de higiene profiláctica, vacunas y antibióticos?

Los estudios que nutren Infectious Madness muestran correlaciones de las que, de momento, no puede extraerse ninguna relación causal. Y de haberla, explica Washington, no se trataría de una causa única, sino de un nuevo elemento a tener en cuenta como factor causal junto a las influencias del entorno, el trauma psicológico o el capital genético. Lo que hay son pistas que merece la pena estudiar.

Al fin y al cabo, señala la autora, los microbios son algo más que agentes infecciosos. " Los microbios son nosotros", dice. "Lo son en el sentido de que nuestros cuerpos albergan más microbios que células humanas".

"De la misma manera que nuestros genes forman nuestros genomas, estos compañeros de viaje que son los microbios forman nuestro microbioma", escribe a modo de conclusión. "Y nuestra salud, incluida nuestra salud mental, cambia con ellos". 

Ya lo decían los poetas: la locura es infecciosa.

Igual resulta que tenían razón.

¿Qué significa estar loco?

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