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¿Por qué los libros incorrectos se publican mientras se cancelan conciertos por motivos de corrección política?

El veto a Sizzla en Holanda es la demostración de que la censura todavía es fuerte en la cultura

Se ha convertido casi en una tradición: cada vez que Sizzla, Beanie Man y otras estrellas del dancehall jamaicano pisan Europa, comienzan las movilizaciones -sobre todo entre colectivos de defensa de los derechos de los homosexuales- que intentan boicotear sus conciertos. Volvió a ocurrir ayer: el concierto que Sizzla debería haber ofrecido en el Melkweg Festival holandés se ha suspendido por las presiones de quienes estiman que el discurso del toaster -que en algunos momentos tiene un claro tinte homófobo, con alusiones a disparar a los homosexuales y matarlos- no es apropiado para un país civilizado. Ciertamente, se trata de una anécdota sin mayor importancia -como decíamos, estas cancelaciones, o intentos de impedir que se celebre el concierto, como sucedió la última vez (sin éxito) que Beanie Man pisó Barcelona, se han convertido en rituales que tienen que ver mucho con las plataformas de presión LGTB y poco con la calidad de la música de Sizzla, extraordinaria por otra parte-, pero vuelve a hacernos reflexionar sobre dónde debería situarse el límite de la censura en la cultura.

Porque aunque creamos que vivimos en un mundo extremadamente tolerante, los mecanismos de control censor en categorías como la literatura y el cine existen, y mucho más de lo que nos creemos. Y eso sin contar con la autocensura que muchas veces se aplican ciertos artistas para no ‘enfadar’ a ciertos colectivos. Conocido es el ejemplo de la novela “Lolita” de Vladimir Nabokov, caso flagrante de censura aplastante al considerar la sociedad americana de los años 50 que las relaciones pseudo-incestuosas entre un señor maduro y una jovencita recién despertada a la pubertad eran verdadera pornografía (sin reparar en la calidad de la escritura y la crítica que aportaba el autor a este dilema moral). Hoy en día la censura literaria ya no existe como en otras épocas -y no hablamos del Índice de Libros Prohibidos de la Inquisición-, aunque la libertad no es absoluta: ahí donde se comete delito, los libros (o las revistas) corren el riesgo de ser secuestradas y sus autores encarcelados, algo que se puede aplicar tanto a El Jueves (y su portada de Urdangarín enculando a la Infanta) como a los libros de apología del Holocausto o aquellos inefables textos pederastas de Peter Sotos, ex miembro de Whitehouse que todavía cumple sentencia entre rejas. Curiosamente, algunos de esos textos prohibidos de Sotos han aparecido en recopilaciones al borde de la legalidad como los dos volúmenes de “Cultura del Apocalipsis” de Adam Parfrey (ambos editados aquí por Valdemar). Los límites son difusos.

En el cine hay un sistema restrictivo que clasifica las películas por edades idóneas para su visionado -para todos los públicos, para mayores de 7, 13, 16 y 18 años- en varios países occidentales, y cuando una cinta rebasa los límites establecidos para cualquiera de esas categorías el único recurso que queda es la tijera. Por ejemplo, salvo en festivales, ninguna edición para vídeo doméstico de la infame “A Serbian Film”, que representaba el asesinato de recién nacidos, se ha podido difundir en su versión completa, como tampoco podemos ver por ahora la versión íntegra de "Nymphomiac" en cines porque cierto tipo de sexo todavía es tabú en las pantallas comerciales. Al hilo de esto, no es legal vender pornografía a menores de 18 o 21 en según qué países, y ciertos productos de terror extremo no son de fácil acceso (intentad encontrar una copia legal de “Necromantic” y a ver qué ocurre).

Pero volviendo a la música, a pesar de que la cancelación de conciertos suele ser un fenómeno ocasional, en países como Estados Unidos todavía está fuertemente regulada su comercialización en las versiones grabadas: la etiqueta de ‘Parental Advisory’ en muchos discos de heavy metal y hip hop, y sobre todo las versiones clean de las canciones de rap, en las que un pitido disimula tacos y palabras impropias (que tienen una traslación en texto con el uso de asteriscos en palabras como b***c o f**k), son la demostración de que la censura no es total, pero que aún existe en todas las artes y más fuerte de lo que creemos. Y la pregunta es: ¿realmente queremos censura, aunque sea ofendiendo a algunas minorías o colectivos, o deberíamos empezar a apostar plenamente por un mundo libre en el que todos asumamos las consecuencias de nuestras palabras?

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