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El ídolo generacional bebía cocacola, hablaba con serpientes y tenía cara de loco

Ha muerto Leopoldo María Panero, poeta lúcido de la locura y sangre de ‘El Desencanto’

Ha muerto un poeta. Aunque a juzgar por los comentarios de Facebook y los tuits que desde ayer por la noche lo homenajearon, podría decirse que también ha muerto una estrella de rock. “El último poeta maldito se ha ido”, dicen por ahí. “Al último poeta loco de verdad se lo llevó la muerte”, dicen por allá. Porque más que un escritor, Panero era un mito.

Un mito que caminaba, que bebía Cocacola y fumaba cigarrillos como si no hubiera un mañana.

Un mito que escribía sobre el delirio, sobre la propia literatura, sobre las serpientes que mordían sus sueños de oscurísima estrella. “Adiós al protagonista de El Desencanto”, se lamentan unos. “Con él desaparece uno de los apellidos más importantes del mundo de la literatura”, escriben otros. “Mierda mierda mierda mierda, joder mierda, puta mierda. #LMPanero #DEP”, concluye toda una comunidad de lectores.

Es curiosa la tremenda influencia de este poeta en las generaciones posteriores. Y no hablamos sólo de celebridades como Nacho Vegas o Enrique Bunbury, sino también en la nueva ola de escritores que ahora pueblan el panorama literario. Sin ser Leopoldo María Panero merecedor de grandes premios, ni de grandes reseñas, ni de enormes reconocimientos por su obra o trayectoria, parece que su voz ha estado latente en un plano más underground, adorado por pequeños grupos de personas que recitan sus poemas de memoria y conocen muy bien sus miedos, referencias y pasiones. El poeta que adoraba pertenecer a las sectas literarias (era miembro honorario, junto a Borges, de la de Marcel Schwob), acabó siendo el icono de la suya propia: un dios tangible y desaliñado, un clásico de la literatura, incluso si aún latía.

El clásico de los jóvenes

leopoldo maria panero

Su trazo está presente en los poemas de Javier Gato, poeta demoníaco de Sevilla. Su enfermedad recorre a toda una generación de nuevas blogueras, en cuyos versos encontramos pus, vísceras y atracción por la muerte. Sus referencias al cine, a la literatura o al imaginario pop también podemos encontrarlas en obras como la del último Premio Nacional de Poesía Joven, el barcelonés Unai Velasco, así como en los primeros libros de la cordobesa Elena Medel.

Tras saber de la muerte de Panero, hablamos con estos dos últimos. El primero aún no sabía que el poeta maldito se había marchado, y recibió la mala noticia con un “Joder, no lo sabía, hace poco se fue Ana María Moix, ¿qué está pasando?”. Para Velasco, Panero es una de las voces de la poesía española más importantes de los últimos años. Destaca sus dos primeros libros, y también asegura que su voz es completamente única. “Quizá eso también le supusiera un problema”, añade, “tener una voz tan potente implica imitadores, y la poesía de Panero ha sido una de las más y peor imitadas”. Elena Medel suscribe:

“Nos hemos fijado más en su personaje que en su obra, y parece que muchos escritores jóvenes lo han tomado como referente por cuestiones equivocadas. Sin embargo está claro que su poesía es enorme, principalmente en sus primeras obras, aunque también en esas últimas, en las que a pesar del delirio y el cansancio, se intuía a un poeta inteligente y con gran dominio del lenguaje detrás”.

Quien también cree que la influencia de Leopoldo María Panero en la joven literatura española es crucial es el escritor Joaquín Ruano, gran conocedor su obra y autor de una profunda tesis a propósito de su poesía. Ruano responde con belleza:

“La influencia de Leopoldo en vuestra generación es más que patente, es obvia, y ya no sólo por la cantidad ingente de citas en vuestros libros, de referencias en vuestras entrevistas, sino porque supone la constatación del triunfo de una manera de narrar poéticamente la vida, sin falsas objetividades ni correcciones absurdas, la impronta de Leopoldo María Panero supone que la poesía más representativa que se hace hoy tenga como premisa que vida y poesía son dos partes inseparables e iguales, que la poesía no está subordinada a la vida sino todo lo contrario, que marca la biografía igual que la biografía que marca la poesía.”

Javier Mendoza, colaborador habitual de PlayGround y autor del ensayo “Si Satán soy yo, qué esperabais”, nos escribe un emotivo email a propósito de Panero. Mendoza lo conoció muy de cerca y atendió su obra con profunda admiración. En cuanto a su repercusión en el nuevo panorama, no sólo cree que fuera “el último poeta total” de España, también sabe que el autor no estaba tan loco como podía parecer, pues, entre otras cosas curiosas “controlaba al milímetro su cuenta corriente”. Dice Mendoza que Panero siempre respondía a sus preguntas con humor y desparpajo, y que una vez hasta le contó “ que si hubiera podido aburguesarse como Pere Gimferrer lo hubiera hecho a la velocidad del rayo".

Así que ha muerto un poeta. Un poeta a la vez que un rockstar. Un mito a la vez que un loco. Un hombre de letras, pero también un hombre de sueños. Un niño pequeño que afiló la lengua para que su pluma fuera más firme. Ha muerto, pero nos ha dejado con una obra impresionante, mágica, delirante, esencial… o como sentencia Javier Mendoza:

“Creo que su obra una vez antologizada es de lo mejor de poesía española”.

Leamos, releamos, citemos y amemos entonces a Leopoldo María Panero. Para quienes no conozcan su poesía, lo mejor es acercarse a esa “Poesía Completa” que la editorial Visor reeditó el año pasado. Mientras tanto, aquí compartimos uno de nuestros textos preferidos de este ídolo generacional con cara de loco. En estos versos lo encierra todo. Con ellos, lo despedimos:

DEDICATORIA

Más allá de donde

aún se esconde la vida, queda

un reino, queda cultivar

como un rey su agonía,

hacer florecer como un reino

la sucia flor de la agonía:

yo que todo lo prostituí, aún puedo

prostituir mi muerte y hacer

de mi cadáver el último poema.

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