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¿Se les ha ido la olla a los diseñadores masculinos?

Las semanas de la moda para hombre nos han dejado un cúmulo de extravagancias, pero lo que parece un ejercicio gratuito esconde en realidad una estrategia cultural de probada eficacia

Las colecciones masculinas de Raf Simons siempre se han caracterizado por el color y la geometría. Esta vez, sin embargo, el diseñador belga se ha atrevido con el estampado. Pero no ha elegido un elemento gráfico conceptual, ni un dibujo recurrente como las flores o las rayas. Las prendas de su colección para la primavera del 2015 son, en realidad, un álbum en el que el creador ha pegado los recuerdos más relevantes de su vida. O un corcho en la pared del que cuelgan las imágenes y los momentos que más y mejor le han inspirado. Fotos de sus padres, referencias a sus películas de terror favoritas, a sus compañeros diseñadores en la escuela de arte de Amberes, imágenes de sí mismo en otras etapas de su vida... El tema principal de la colección es, en definitiva, la trayectoria personal de Simons, todas aquellas escenas vitales que le han hecho ser lo que hoy es.

El público, mientras tanto, observaba la escena de pie, aboliendo las jerarquías del quién es quién y el dime qué fila ocupas y te diré cuál es tu grado de celebridad. Importaba la ropa, no el espéctaculo. La ropa como un acto de expresión profundamente personal, como soporte para contar recuerdos. La revista Dazed and Confused ha definido el desfile de Simons como un acto radical. "Una llamada a la acción. A la acción de callarse y observar", escribe en su página web.

Paradójicamente, Simons nunca se ha caracterizado por la radicalidad de sus propuestas, ni en la forma ni en el contenido. Su diseño siempre ha sido sofisticado por austero, por cortar patrones arquitectónicos y experimentar con los colores planos. No hay nada performativo en sus puestas en escena ni nada personal en sus fuentes de inspiración. No deja de ser curioso que el acto más íntimo de su carrera lo haya realizado dentro del marco de la moda masculina, no de la femenina (Simons diseña nada menos que las colecciones femeninas de Dior). Y este hecho supone el indicio definitivo de que algo está cambiando en la relación del hombre con la moda.

Gladiadores sexys, sumo y toreros galácticos

Versace

La creatividad de Simons se encauza en el camino del storytelling más personal. Pero para historias radicales, las de Versace, que, puestos a tirar del ADN de la marca, han vestido a sus hombres de gladiadores sexys (o de strippers grecorromanos, según se mire). Una vuelta explícita a los valores de la firma teñida de extravagancia. La diseñadora Astrid Andersen decidió inspirarse en un deporte cuyo uniforme aún no ha calado en las calles: el sumo, y vistió a sus modelos con batas, faldas y extrañas casacas con forma cónica.

Si la colección anterior de Dolce & Gabbana evocaba de forma demasiado explícita las armaduras medievales, la que presentaron hace unas semanas en Milán va de toreros galácticos, con chaquetillas metalizadas y trajes increíblemente rojos e increíblemente ajustados.

La firma centenaria Loewe, representante del lujo más clásico y señorial, le ha permitido al joven J.W. Anderson saltarse los códigos de la marca y diseñar una colección prácticamente unisex. Y Rick Owens, siempre tirando de ideas extremas y de desfiles teatrales, confiesa haberse basado en la escena de la masturbación del ballet "El atardecer del Fauno".

La extravagancia, no solo para ellas

Claro que se han visto clásicos trajes de tres piezas, muchos jerseys de rayas y sobrios zapatos de cordones. Pero también muchas locuras perpetradas en un ámbito, el de la moda masculina, que siempre ha estado marcado por los manuales de estilo, las pocas concesiones a la creatividad y, en definitiva, el aburrimiento mortal a la hora de vestirse. Se podría decir incluso que la extravagancia, uno de los prejuicios que siempre se ha achacado a las pasarelas de moda, ya no es cosa de colecciones femeninas, sino de diseños para hombre.

Pero no, no es una locura. Ni siquiera han cambiado las tornas. Lo único que ha cambiado es el momento.

Obviamente, muy pocos se pondrán las chaquetillas de Dolce & Gabbana o las túnicas de Rick Owens. Casi nadie se vestirá con una chaqueta estampada con el rostro de la madre del diseñador o decidirá salir a la calle disfrazado de luchador de sumo. Pero, por muy extraño que pueda parecer, no se trata de comprar (ni siquiera de apreciar) lo que se contempla sobre una pasarela, sino de contemplar la pasarela para comprar zapatos de cordones, pantalones vaqueros, jerseys de rayas y camisas blancas.

El hombre está viviendo, por primera vez en su historia, lo que la mujer ha vivido durante varias décadas: la proliferación de propuestas radicales, surrealistas, casi absurdas; la anulación de las fronteras entre la performance y el desfile de moda, la teatralidad y puesta en escena de personajes disfrazados de la forma más peregrina posible.

No hace tanto que las semanas de la moda femeninas (las masculinas no empezaron a existir oficialmente hasta hace muy pocos años) se llenaban de miriñaques impracticables, de vírgenes recién fugadas de un palio de Semana Santa, de vestidos que eran más desnudos que vestidos, de personajes de circo y sombreros de varios metros de diámetro. Todo era impracticable y profundamente gratuito pero, al mismo tiempo, todo era muy necesario.

La locura como gancho

 thom browne

Porque el consumo de moda de lujo había caído en picado, las clientas ya no se dejaban fascinar por Dior o Givenchy y las firmas de altísima gama tuvieron que tirar de la performance, la locura y el arte contemporáneo para volver a ganarse el respeto de la masa. Dior no vendía los miriñaques que diseñaba Galliano, pero sí muchos bolsos y pintalabios. Yohji Yamamoto empezó su colaboración con Adidas en las antípodas del chándal y, sin embargo, la fusión de ambos, Y-3 sigue siendo una de las joint ventures más rentables del mercado. Y los poéticos desfiles de Alexander McQueen sirvieron para poner en marcha la maquinaria de la venta desmedida de accesorios. A golpe de derroche y extravagancia, el público volvió a recuperar el interés perdido por la moda.

Si hoy no se ven apenas desfiles de esta clase en la moda femenina es porque ya no son necesarios. La Alta Costura ha encontrado una clientela objetiva en los billonarios de Oriente Medio y el buen prêt-à-porter funciona solo. A veces casi por inercia. Sobra interés, y ahora el motor de las ventas (y de la locura estética) tiene que mirar al hombre.

Ellos por fin están empezando a desembarazarse de prejuicios y a consumir tendencias, colores e incluso accesorios que hasta hace poco eran inconcebibles en los armarios del público masivo. Y para comprar camisas estampadas, jerseys de rayas o vaqueros de alta gama, hacen falta desfiles de astronautas, colecciones inspiradas en la masturbación, toreros galácticos y luchadores de sumo. Que el siempre taciturno Raf Simons se confiese en directo y que hasta Zegna, emblema del traje más tradicional, necesite acróbatas para aderezar su propuesta. No es casual que la marca italiana haya decidido rellenar su etiqueta con la palabra couture, como si el hombre fuera objeto de la Alta Costura.

Muchos dirán que diseñadores y marcas se han vuelto locos (otra vez), que muchos desfiles han sido una pérdida de tiempo gratuita y que sólo la moda puede permitirse el lujo de fantasear con ideas descabelladas. Probablemente todo esto sea cierto, pero también lo será el aumento en las ventas de moda masculina a raíz de estas extravagancias. No se comprarán charoles, faldas y bolsos de mano, pero quizá sí camisas de flores, bandoleras, perfumes y pañuelos. Y esto, que visto así puede parecer algo sin demasiada importancia, es, en términos históricos, el mayor paso que ha dado la moda en los últimos veinte años. Así como uno de los más rentables.

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