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El hotel que podría salvar a toda una isla

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Fogo Island Inn es mucho más que uno de los hoteles más increíbles del mundo

Franc Sayol

22 Septiembre 2014 10:06

"Simplemente mágico, lo más cerca de la perfección posible", "todavía no puedo encontrar las palabras para explicar la experiencia", "el lugar donde tienes que ir si tienes alma", "más allá de lo increíble". Son comentarios cazados al vuelo en Trip Advisor. No es habitual un consenso así en la web. Pero el Fogo Island Inn tampoco es un hotel convencional.

Situado en la remota Isla de Fogo, en la provincia canadiense de Terranova y Labrador, el hotel se erige sobre un austero paisaje de roca, nieve y hielo. Cada una de sus 29 habitaciones tiene enormes ventanales frente a las que se despliega la inmensidad del Oceáno Atlántico. Una eternidad azul solo perturbada por icebergs en invierno y ballenas en verano.

Llegar a Fogo es complicado. Está a 45 minutos en ferry desde la isla de Terranova. No hay ninguna zona habitada más hacia el norte o el este. Es un lugar en medio de ninguna parte. Nadie llega por casualidad. Pero esto no es solo lo que puede echar atrás a los viajeros. Los precios van de los 680 a los 2.233 euros por noche. Sin duda, no está pensado para mochileros.

Como idea de negocio es, en apariencia, una locura. Pero el hotel es algo más que un negocio. Es el sueño de Zita Cobb, una ex-ejecutiva de la tecnología que se ha propuesto salvar a la isla de su decadencia. Cobb nació en Fogo, en los noventa se hizo millonaria en la industria de la fibra óptica, se retiró a los cuarenta y, tras pasar un año navegando alrededor de mundo, volvió a su lugar de nacimiento para crear, de la nada, uno de los hoteles más espectaculares del mundo.


Durante dos siglos, la sociedad de Fogo gravitó alrededor de la pesca de bacalao. Pero en lo sesenta llegaron los enormes arrastreros comerciales y la sobreexplotación pesquera. Para cuando Cobb regresó a la isla, el mundo que había conocido se había desvanecido. Entonces se propuso crear uno nuevo.

El 75 por ciento de los materiales que componen el edificio provienen de la isla. El resto, de lugares lo más cercanos posible. Lo mismo ocurre con las provisiones de comida. Los muebles, mantas y la decoración están confeccionados por artesanos locales. Prácticamente todos los habitantes de la isla trabajan, directa o indirectamente, para el hotel. "Solo hay 2.700 personas en Fogo. Podríamos haber ido por la isla dándole una pequeña bolsa de dinero a todo el mundo. Pero la caridad no es sostenible. Para mi, lo más importante es optimizar la comunidad", dice Cobb a Newsweek.

El hotel no tiene inversores externos y cualquier excedente de ingresos se inyecta a la Shorefast Foundation, donde se utiliza en programa de micro-créditos para los isleños que quieran abrir negocios. Uno de ellos, por ejemplo, son los invernaderos que proporcionan las verduras al restaurante del hotel. El dinero también se ha utilizado para crear un programa de residencias artísticas que acoge a creadores de alrededor del mundo en cinco estudios repartidos por la isla. Cobb se refiere a su enfoque de los negocios como "emprendeduría filantrópica".

Lo que está logrando algo poco habitual: promover el progreso social a través del lujo. No solo porque esté insuflando vida a una comunidad depauperada sino por el propio concepto del hotel. Aunque suene paradójico, su exclusividad y su elitismo pueden ser un impulsor del cambio. Sus clientes son, por lo general, gente con el poder y el potencial económico suficiente para tomar decisiones relevantes para el mundo. Y quizá, al vivir una experiencia tan reveladora puedan entender que hay otra manera de hacer las cosas.

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