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"Es imposible que en Honduras tanta gente sea mala por placer"

Un adelanto de 'Novato en nota roja', recientemente publicada por Los Libros del KO

Ilustración de Germán Andino.

Conocí gente que creyó, cree y creerá que Tegucigalpa, que Honduras, pudo, puede y podría ser diferente. Que no se puede ir. Que sabe que no se quiere ir. Que se va solo para regresar con más y mejores fuerzas. Que independientemente de estar equivocada o en lo cierto, rescata al país con su existencia.

Un jueves por la tarde en el café Paradiso —uno de los últimos reductos enrejados de libertad— se juntaron por casualidad tres amigos de la infancia y me senté a tomar dos barenas bien frías con ellos: Fabricio, el poeta de los juegos florales rebautizados como slam sessions, que no tiene manera de irse; Óscar, el cineasta y editor comprometido, que se fue y solo regresa de vacaciones, y Gabriela, la feminista que batalla desde hace años, entre otras causas, para que los ginecólogos y diputados hondureños entiendan que la píldora del día después no es abortiva. Ella cuenta los días para irse.

Fabricio, Óscar y Gabriela son tres de los jóvenes que protestaron en las calles después del golpe. Siguieron organizados incluso cuando quedó claro que el presidente derrocado les había traicionado, y ahora se ríen de los engaños que les caen por la derecha y por la izquierda. Varias cervezas después, los tres penetran en la máquina del tiempo y, no sé si riéndose de sí mismos o escapando como viaje de peyote del infierno que hay ahí fuera, me sorprenden —ellos ni se inmutan— hablando de Gramsci y del conflicto dialéctico en la universidad.

Fabricio recita versos sobre el desorden, la entropía, todo lo que no puede canalizarse de manera constructiva hacia ningún resultado, sobre el caos, la violencia y la militarización del país, sobre cómo generar algún tipo de actividad política cinco años después del golpe, sobre cómo reaprender de los aprendizajes de la fracasada huelga bananera del 54, sobre conformar un frente estudiantil en el que Gabriela considera un éxito incluir a una feminista que se declare como tal. Óscar pide que se cumplan plazos en la entrega de un manuscrito, y yo me duermo pensando en el polvo de la colonia Canaán, donde la directora de la escuela me contó esta mañana que diez niños han tenido que dejar las clases porque una pandilla extorsionaba a sus papás y optaron por irse del barrio.

Me despido de ellos con el mismo cariño, frío, formulista, respetuoso y apenado, con el que asistiría a un velorio, y regreso al reporteo.

El sábado por la noche me encontré en un bar con Jorge García y Roberto. Se levantaron de una mesa donde otras diez personas llevaban camisetas azul cielo frío de amanecer en las que ponía «startup Weekend» para saludarme y engatusarme. Jorge diseñó una aplicación que convierte tu cara en un personaje de The Walking Dead y la vendió en Estados Unidos. Le va bien. Con Roberto y otro amigo, Alejandro, creó otra aplicación en código libre basada en el crowdsourcing para recontar las actas de las elecciones hondureñas y demostrar si hubo fraude. Ellos solo salen del país a buscar clientes para sus líneas de código. Me explican, optimistas entre cerveza y ron, que la India está perdiendo la batalla de los programadores y son ellos quienes la están ganando. Dicen que a «Gringolandia» le sale más rentable deslocalizar hacia el triángulo norte de América Central. Dicen que necesitan agruparse y piensan en abrir un workspace donde conseguir que sus ideas fluyan y se contaminen, donde enseñar a otros. El silicon Valley catracho sería un gran reportaje, y saben venderlo.

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El grupo que se junta en torno a los hackatones, barcamps, charlas Ted y conferencias PechaKucha –la de los 20 slides de 20 segundos cada uno para desarrollar una idea– está especializado en el desarrollo de aplicaciones digitales. Han creado una app que identifica teléfonos de extorsionadores y manda un aviso a toda tu red de contactos; un colgante en forma de cruz con geolocalizador incorporado para que los familiares sepan en todo momento la ubicación exacta de los migrantes que atraviesan México; un sistema para que el migrante en estados unidos pueda pagarle el agua, la luz y el teléfono a su mamá en Tegucigalpa a través del celular. Todas, propias. Todas, posibles pelotazos.

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«No me pidas falso patriotismo. Yo me quedo porque aquí se pueden hacer cosas. Se puede desarrollar talento. Hay oportunidades de negocio». Jorge tiene la frase pensada. Sabe que lo tiene que decir. Pero después, como todos, se deja ir y fluye. Con Tegucigalpa mantiene una relación de amor-odio, sadomasoquismo y síndrome de Estocolmo. Nunca ha sufrido directamente la violencia, pero sabe que la suerte es aleatoria. Trata de no salir de su casa, mantiene un perfil bajo y cada vez recuerda las calles de su infancia con menos nitidez. Le duele que su hija de once años no sepa lo que es jugar en un parque ni caminar 500 metros seguidos por la calle. Tuvo que cortar el cable, guardar la televisión y cuidarse de que en su casa entren periódicos. Se sienta en un bar y lo primero que hace es mirar a los lados para evaluar un escenario de posibles riesgos, un deporte muy de mesa hondureña. Había escoltas en la reunión con su colega sobre los plazos de apertura del workspace.

Como buen ingeniero de sistemas, me da el motivo racional por el que aquí nada va a cambiar por el momento, el argumento con el que trata de salvar a Honduras: «La criminalidad es solo la mejor optimización de los recursos disponibles en el país. Es imposible que tanta gente sea mala por placer».

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