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Que los hombres no lloran es algo completamente falso

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Los hombres sí lloramos, solo que no en público. El único testigo de mis lágrimas siempre ha sido un objeto de porcelana inanimado: el viejo retrete. Si los váteres hablaran, pueden apostarse algo a que el mío solo sabría decir: “Kiko, tranqui, tío; todo irá bien, no llores”. Hay algo repugnante en la visión de un hombre derramando lágrimas en público, no digan que no. Para que se admita esta flaqueza tendría que haberte pasado algo muy gordo: que la Wehrmacht esté desfilando por debajo del Arco del Triunfo ante tus acuosos y recién nazificados ojos, o que —tras pisar una mina— estés sosteniendo los propios intestinos en las manos, como si acabaras de comprar 50 kilos de carne picada para tu puma. Entonces sí: procede dejar caer alguna lagrimilla (aunque aparentando que no es nada, como en Objetivo Birmania). El resto del tiempo conviene comerse la pesadumbre y mandarla al trastero de dramones-no-resueltos que tenemos todos los hombres alojado justo al lado del bazo. ¿Por qué? Porque se supone que eres pal de paller, amigo mío, sostén de la familia y tótem de solidez, y los tótems suspensorios de familias y solideces no se desmoronan moqueando a la mínima de cambio.

¿Otra razón para no llorar? Afea. En serio. El otro día estaba yo solo en casa llorando a moco tendido como un emo de plastilina, y me acordé de que José Luís Cuerda solía mirarse al espejo cuando lo hacía, por curiosidad. Así que aún sollozando, más deprimido que Thom Yorke con bajón de MDMA en una residencia de ancianos, me dirigí al baño para corroborar la hipótesis del maestro, y... ¡DIOS! Menudo monstruo. Parecía John Merrick cagando. Pero no, era yo. Yo, llorando como un idiota, hipando a tragos cortos, la caja torácica ta-ta-tartamudeando y las clavículas temblonas como un yugo zarandeado por un par de bueyes peleados, y el rostro abotagado, fofo, como si la tristeza... no sé, ¿engordara? Espero que me crean si les digo que nunca he visto a ninguno de mis amigos llorar, y eso que a lo largo de treinta años nos han pasado cosas que eran para llenar dos cubas de 1000 litros. La única excepción es mi viejo amigo Carilla, alias “Lagrimilla”, que todo el día tiene los ojos acuosos (pero es solo por algún tipo de bizarra disfunción endócrina). La cuestión es que hombres y mujeres reaccionamos de forma distinta de cara a la desdicha. Nadie lo dijo mejor que Richard Pryor:

Cuando las mujeres tienen el corazón roto, lloran. Cuando los hombres tienen el corazón roto se lo guardan dentro como si no doliese, y luego pasean por ahí y se dejan atropellar por camiones

*fragmento de "10 mitos y realidades sobre la hombría en 2015", un artículo de Kiko Amat para PlayGround .

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