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Los delirios y paranoias del estudiante que se pasó 11 días seguidos sin dormir

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Randy Gardner batió el récord Guinnes en 1963 tras convencerse de que le estaban visitando los "demonios del sueño"

astrid otal

19 Diciembre 2016 19:16

¿Quién no ha sido estudiante y se ha pegado toda una noche en vela para intentar salvar en unas pocas horas lo que no ha hecho durante un cuatrimestre entero?

Casi todos lo hemos hecho. Noches empapados de café, Red Bull o té para llegar al examen de turno sin haber pegado ojo. Pero imagina que repitieras vigilia durante no una, sino once noches seguidas, con sus respectivos días. ¿Cómo crees que reaccionaría tu cuerpo? ¿Y tu cerebro?

Eso es lo que hizo en 1963 el joven Randy Gardner.



Este joven de San Diego decidió voluntariamente no pegar ojo durante 11 días para observar qué experimentaba ante la falta de descanso. ¿Podría aguantar su cuerpo y su mente tanto tiempo sin dormir? ¿Saldría indemne de su experimento o pasaría a sufrir daños irreversibles para el resto de su vida? ¿Acaso podría morir durante el experimento que se había propuesto completar?

En 1963, año en el que Gardner se forzó a estar despierto 264 horas seguidas, apenas existían estudios sobre las nefastas consecuencias que acarrea la privación del sueño. Décadas antes, en 1894, un médico ruso sí que había mantenido a 4 cachorros despiertos durante cinco días, pero murieron al llegar ese momento al no poder soportarlo más. Tras aquel experimento, la doctora relató la angustia que había supuesto tanto para los perros como para ella. No obstante, y afortunadamente, las pocas pruebas que se habían hecho con humanos revelaban que se podía aguantar más que estos animales. El problema era que Gardner quería ir más allá de los límites investigados. Nadie sabía cuáles podían ser las consecuencias.


¿Saldría indemne de su experimento o pasaría a sufrir daños irreversibles para el resto de su vida? ¿Acaso podría morir durante el experimento que se había propuesto completar?


Ya se sabía que las personas podían pasarse 8 días en vela porque Peter Tripp, un locutor de radio de Nueva York, llegó a ese umbral en 1959 gracias a la música que le acompañó durante el día en la cabina de la emisora y durante la noche en un hotel cercano a su trabajo. Bueno, la música, el café y las anfetaminas que le recetaron los científicos que seguían el experimento. Pasadas 201 horas y 10 minutos, Tripp pudo decir que había batido un récord Guinness.

Se debió poner de moda ponerse a prueba y pasarse las noches en vela entre los locutores porque ese mismo año uno de Honolulú, Tom Rounds, se planteó superar a su compañero. Consiguió que no le venciera el sueño durante 260.

El reto de Randy Gardner fue mayor. Para empezar, porque serían 11 días en los que rechazó valerse de estimulantes que le ayudaran a mantenerse despierto. Para continuar, porque era consciente de que los anteriores hombres habían experimentado paranoias y delirios y él iba a estar más rato despierto, con la posibilidad de que surgieran otros muchos efectos indeseados.


Randy Gardner a la izquierda del científico William Dement y junto a dos amigos


El joven comenzó su locura el día 28 de diciembre de 1963. Se había despertado a las 6 de la mañana y no volvería a cerrar hasta el 8 de enero de 1964.

Gardner pasó el primer día con energías y motivado por el inicio de la prueba, pero a partir de entonces empezó todo una odisea. Los trastornos comenzaron a emerger al segundo día con la sensación de que su cabeza estaba nublada y no podía pensar con total claridad. Al tercer día, la vista le empezó a fallar y tenía que confiar más en el tacto para reconocer los objetos. Le empezó a costar seguir las conversaciones con los amigos y su mente se dispersaba con facilidad. Dio la bienvenida al año nuevo en uno de los peores estados en los que se puede estar sin la necesidad de que haya habido copas de por medio.

Cuarto día. Gardner habló de que lo visitaban "demonios del sueño", unas criaturas que divertían posándose sobre sus párpados e invitándose a caer rendido en un profundo sueño. Sufrió paranoias y alucinaciones y les contaba a sus amigos que era Paul Lowe, el laureado jugador de fútbol americano.

Por las noches era cuando el reto se acentuaba. La oscuridad multiplicaba su deseo de dormir. Gracias a que dos compañeros y el científico William Dement se turnaban para asegurarse de que no caía rendido, el joven pudo aguantar. Sus acompañantes le hacían andar por la casa con música a todo volumen y le mantenían activo con partidos de baloncesto o partidas interminables de juegos de mesa. Cada vez que iba al baño, le forzaban a que hablara para no quedarse dormido en el váter.

A partir del quinto día, el joven empezó a contar que las paredes desaparecían y un bosque con un camino marcado se abría ante él.




Ojos enrojecidos, mareos, delirios... En las constantes sesiones de control los médicos concluyeron que, a pesar de su aspecto físico poco favorecedor y sus idas de cabeza, la salud cerebral del paciente no se veía deteriorada.

Cada día era más crudo que el anterior, pero Gardner consiguió mantenerse despierto. En el momento en el que el segundero del reloj confirmó que habían transcurrido 264 horas estallaron los aplausos. Los médicos se llevaron al estudiante al hospital para someterle a un análisis neurológico. Cuando en el chequeo no apareció nada malo, celebró su hazaña de la mejor en la que había soñado despierto los días anteriores: durmiendo en una cama. No amaneció hasta 14 horas y 45 minutos después.

El mérito de este intrépido amante de la ciencia fue ser protagonista de la primera prueba documentada científicamente sobre la privación del sueño. Él inauguró de forma profesional las oleadas de estudios que vinieron después. También fue récord Guinness, aunque otro estudiante le arrebató el hito a las pocas semanas.

Aún hoy no se sabe con certeza el tiempo límite que una persona puede permanecer despierto, aunque sí se sabe que la vigilia mantenida durante demasiado tiempo puede conducir a la muerte. Cuidado con repetir el experimento de Gardner en casa.


[Vía Gizmodo]

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