Actualidad

La historia del hombre que encontró la paz interior uniéndose a los talibanes

El soldado australiano Mathew Stewart pasó de la drogadicción a la lucha junto a los talibanes después de una vida llena de abusos y depresiones

Hace apenas 15 años era un vagabundo drogadicto. Ahora, vive en Afganistán planeando la muerte de cientos de personas en un cuartel secreto de los talibanes.

La historia de Mathew Stewart recuerda a la de cualquier persona que, en un momento malo de la vida en la que nada tenía sentido, salió del pozo gracias a la ayuda externa. Lease, gracias a tus amigos, familia, psicólogos, yoga, mindfulness o testigos de Jehová. Lease, gracias al Ejército. O a una secta. O a una organización terrorista.

Stewart se recuperó de sus adicciones y depresiones. Y de paso, se sumó a una lucha armada de unos fundamentalistas islámicos que poco tenían que ver con su soleada Australia natal.

Sus compañeros le recuerdan como un jóven que en su juventud había tenido serios problemas con las drogas pero que gracias al Ejército intentaba recuperarse

En 1999, cinco meses antes de que su compañía aterrizara en Timor Oriental para encabezar una fuerza de paz de la ONU, participó en un intercambio de formación en Malasia. Stewart era en ese momento un joven soldado de 23 años que se encontraba por primera vez en un país musulmán. Su primera reacción fue un odio extremo.

Los compañeros que estuvieron con él en ese momento le recuerdan como un jóven que en su juventud había tenido serios problemas con las drogas pero que gracias al Ejército intentaba recuperarse. Se tomaba muy en serio su trabajo y su primera reacción al verse en un país cuya cultura no conocía fue la del más absoluto rechazo.

Stewart durante su misión en Timor Oriental.

"Stewart odiaba a los musulmanes, los despreciaba", asegura Ben, uno de sus compañeros de destacamento.

Ese menosprecio visceral contrastaba enormemente con la amabilidad por la que era conocido en la unidad. "No había nada oscuro en él, siempre estaba dispuesto a ayudar, era el primer voluntario", declara Reece recordando al que hace un tiempo fue su amigo.

Pero esa excesiva amabilidad se convirtió en una razón de bullying para dos de sus superiores. Su vida en Timor Oriental se convirtió en un tormento constante de abusos, vilipendios y críticas.

"Stewart odiaba a los musulmanes, los despreciaba", asegura uno de sus compañeros de destacamento

"Constantemente hizo de diana para esas dos personalidades. Se le dio trabajos de mierda", confiesa Ben. "Básicamente, acabaron de romper su puto corazón. Fueron unos putos cabrones, para decirlo claramente".  

El maltrato duró medio año. Stewart acabó deshecho, completamente quebrado. Llegó a desarrollar un intenso tartamudeo y un tic nervioso en el que no dejaba de frotarse constantemente una cicatriz en la barbilla.

Al despotismo de sus superiores se sumó las duras imágenes que tuvo que presenciar en un país que se veía consumido por la vorágine violenta desatada a partir de una crisis independentista.

Stewart después de unirse a los talibanes en 2001.

Cuerpos colgados de una soga durante semanas. Restos humanos flotando en un pozo que alimentaba las duchas de los soldados. Condiciones de una dureza excesiva que minaban cualquier psique sana. Que destrozaban una mente tan frágil como la suya.

Cuando Stewart volvió a Australia, comenzó a desintegrarse. Su adicción a las drogas volvió más fuerte que nunca. Dormía en una cama llena de agujas, constantemente buscaba la aprobación de los demás y tartamudeaba como nunca antes.

"No había nada oscuro en él, siempre estaba dispuesto, era el primer voluntario"

Según su amigo Ben, empezó a hablar de política, algo por lo que jamás se había interesado. Sus conversaciones siempre acababan adquiriendo tintes antiamericanos.

A principios de 2001, se produjo de pronto un milagro. Empezó a dejar de beber y parecía más centrado. "Parecía que tuviera un plan", declara Reece. Nunca más nadie volvió a saber nada de él.

Cuando Stewart volvió a Australia, comenzó a desintegrarse. Su adicción a las drogas volvió más fuerte que nunca. Constantemente buscaba la aprobación de los demás y tartamudeaba como nunca antes

Lo que en realidad ocurría era que Stewart se había sumado al fundamentalismo islámico que antes le horrorizaba. En 2010 le confesó a un periodista turco que todo comenzó a raíz de ver en Internet la fotografía de un miliciano checheno. "En su mirada vi la tranquilidad que no veía en ningún ser humano", le confesó.

Stewart con otro talibán en Afganistán.

Stewart decidió unirse a los talibanes en agosto de 2001 mientras realizaba un viaje por Asia Central. Tan solo un mes antes de los atentados de al Qaeda del 11S

Sus amigos descubrieron que ahora era un combatiente islamista al verle en un vídeo difundido por los talibanes en 2005. Lo reconocieron enseguida por su voz, su acento y sus gestos. Pero había una diferencia: el nuevo Stewart estaba tranquilo, apacible, ya no tartamudeaba.

Ben y Reece, que después de la desaparición de Stewart fueron enviados a Afganistán, aseguran que no le guardan ningún rencor a pesar de haber perdido a muchos amigos en batalla en estos 15 años. "Odiamos lo que hace pero a él no lo podemos odiar", aseguran.

Aún así, tienen la esperanza de que el abuso que sufrió Stewart no lleve a nadie más por su camino. Que los atropellos de los superiores no produzcan más talibanes exdepresivos recuperados gracias a una fe que promueve el asesinato de otras personas.

"Básicamente, acabaron de romper su puto corazón"

[Vía The Guardian]

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar