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La historia temeraria de las 'abuelas radioactivas' que se niegan a abandonar Chernobyl

Unas 100 mujeres viven en la zona de exclusión de Chernobyl, el rincón más radiactivo del mundo. ¿Cuáles son sus razones para permanecer ahí?

Sobrevivieron la hambruna de Stalin y tuvieron que soportar la crueldad de la guerra y la invasión nazi. Ahora 30 años después del accidente nuclear más grande de la Historia, viven su día a día en el lugar más contaminado del mundo: la zona de exclusión de Chernobyl.

En medio de un paisaje de belleza sobrecogedora pero letal, cerca de 100 personas, casi todas mujeres, han elegido volver a la tierra de la que fueron evacuados después del 26 de abril de 1986. Pero, ¿por qué?

El documental Babushkas of Chernobyl (Abuelas de Chernobyl), dirigido por Holly Morris y Anne Bogart, ahonda durante 72 minutos en las razones capaces de hacer que toda una comunidad de mujeres prefieran vivir en un lugar radiactivo antes que en un sitio limpio en cualquier otra ciudad.

Fotografía de Rena Effendi.

Entre casuchas de madera bien cuidadas y verjas pintadas de azul celeste, la vida en la zona de exclusión de 2.600 kilómetros cuadrados se desarrolla en un profundo silencio, solo interrumpido por el canto de algún gallo o el crujir de las ramas de pino. Valentina Ivanovna ataviada con un chaqueta y un pañuelo tradicional en la cabeza, sale a pescar al río. Anuncia cada uno de sus pasos a pesar de que nadie la está escuchando. "Hablo conmigo misma porque no tengo con quién hablar", dice a la cámara.

Se la ve llena de vida a pesar de que vive en un lugar en el que, según las recomendaciones de seguridad, no se de tocar nada, beber nada, comer nada de lo crecido en ese suelo. Ni setas, ni hierbas, ni los huevos de las gallinas. Todo está envenenado.

Cuando fue evacuada por el accidente, Valentina tardó solo 3 días en volver a la tierra ancestral, a la patria que vio crecer a todos sus antepasados. "Si yo no hubiera vuelto, ya estaría muerta", sostiene convencida.

Fotografía de Rena Effendi.

Ese sentimiento de pertenencia histórica es lo que llevó en su momento a que cerca de 1.200 personas volvieran a una tierra que contenía 400 veces más radiación que la bomba lanzada sobre Hiroshima. A los que regresaron los llamaron "autocolonos", okupas de más de 50 años que se ahogaban lejos de sus aldeas y de sus huertos mil veces labrados.

Hanna Zavorotnya vive al igual que Valentina en una pequeña cabaña con chimenea y suelos de madera. Aunque las 100 mujeres están repartidas en distintas localidades de la zona, todas se conocen entre ellas. Celebran las fiestas juntas, beben vodka casero y bailan y cantan como si fueran adolescentes.

Fotografía de Rena Effendi.

Entre los 'autocolonos' apenas hay hombres. La mayoría de los que volvieron hace años que murieron, algunos de cáncer por la radiación recibida cuando intentaban sofocar las llamas del reactor 4. "Los hombres murieron y las mujeres se quedaron. Me gustaría tener un marido para tener con quién discutir", le cuenta Galina Konyushok a la directora del documental, Holly Morris.

Una vez al mes, la cartera pasa a repartirles la pensión y los científicos vienen a comprobar cómo evoluciona la radiación de la zona. Saben que todo lo que rodea a las mujeres está contaminado pero aún así se dejan invitar a tomar un poco de vino o comer mermelada casera.

Las mujeres, en cambio, no se preocupan de la amenaza invisible de la radiación. "La radiación no me da miedo, lo que me da miedo es el hambre", explica Valentina.

No existen estudios concluyentes sobre el estado de salud de las colonizadoras. Se sabe que la radiación aumentó considerablemente la incidencia de tumores y cáncer de tiroides en la zona pero también se tiene constancia de los efectos negativos a nivel de salud de la reubicación.

Fotografía de Rena Effendi.

Muchos de los evacuados quedaron traumatizados tras su cambio de hogar y han sufrido ansiedad y depresión. El técnico médico que analiza a las abuelas asegura que tienen constancia de que la edad media de muerte es mucho más baja entre los reubicados que entre los que decidieron volver a su hogar. "En otras palabras, se mueren de pena", asegura en el documental.

"Cada uno vive donde su alma quiere vivir˝, sentencia Valentina con una determinación que demuestra que, a pesar de la catástrofe, la sensación de libertad y el amor por la tierra pueden conceder una fortaleza envidiable.

 "Si yo no hubiera vuelto, ya estaría muerta"

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