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De heroinómano a artista cool: la historia de John y su perro George

John Dolan se drogó en la calle hasta que un perro y un cuaderno entraron en su vida. Ahora expone en galerías de Londres y ha escrito unas memorias.

Con tan sólo 10 años a John Dolan le revelaron un secreto que le destrozó la vida. Quienes hasta ahora habían sido sus padres eran, en realidad, sus abuelos. Su hermana Marilyn era su madre biológica, y su padre era un joven que rondaba por el barrio.

Crecido en un piso de protección oficial del este de Londres, hasta ese momento John había sido un niño travieso que se pasaba el día copiando cómics en su cuarto: aquella revelación le causó un impacto que no pudo soportar. Empezó a hacer novillos, a inhalar pegamento y a lanzar botellas de leche por la ventana. Se convirtió en un conocido de la policía y su padre-abuelo le amenazó con llevarlo con su padre biológico, Jimmy. “Caí en una depresión profunda”, contó a The Guardian, y terminó varios meses en Feltham, una institución para jóvenes delincuentes. Después de aquello empezó a pincharse y a dormir en las aceras: “Era como si alguien me estuviera dando el abrazo más grande que he sentido en toda mi vida”, escribe en sus memorias, tituladas John & George, el perro que cambió mi vida. “Aquello ayudó a mi depresión, pero de una forma negativa”.

En 2009 John acumulaba más de 300 denuncias y 30 temporadas en la cárcel. Nada podía ir a peor cuando George, un bull terrier, entró en su vida. Una pareja de amigos jóvenes y sin hogar debían renunciar al perrio si querían optar a una vivienda social. “¿Cómo iba a lidiar con George? Ni siquiera podía enfrentarme a mí mismo". El miedo inicial de John se transformó en una gran responsabilidad: si terminaba en la cárcel para siempre, iba a perder a su nuevo amigo. “En cierto sentido era como un hijo, me sientía en la obligación de tener un techo, de mantenerlo caliente”, explica a The Guardian.

Como encontrar un trabajo era algo imposible, John decidió probar con la mendicidad, pero le pareció degradante, demasiado duro. Sin embargo, poner una taza delante del simpático George no era mala idea. Para pasar el rato, y para esconderse de las miradas de los transeúntes, John comenzó a dibujar de nuevo. Se fijó en los edificios de enfrente, y a los tres meses ya vendía sus dibujos urbanos y abigarrados por unas pocas libras.

Un día, Richard Howard-Griffin, director de una galería cercana a su esquina, le preguntó si quería dibujar algunos paisajes urbanos para él. Howard-Griffin tuvo la idea de invitar a otros artistas callejeros, como ROA y Thierry Noir, para que intervinieran en las ciudades repetidas, pero siempre distintas, de John. Se vendieron todas a 50.000 libras cada una, y nuevas propuestas y colaboraciones empezaron a surgir. Sus memorias, según The Guardian, podrían llegar a best seller.

John asegura que a veces sigue estando deprimido, que esta nueva realidad no ha cambiado su interior, pero no siente rencor hacia su familia, aunque ahora George sea su miembro más importante: “Si no hubiera sido por él yo no hubiera cogido mi pluma”.

[Via The Guardian]

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