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El yogur helado y otros postres perversos que están destruyendo tu ciudad

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Liderados por FroYo, el yogur gentrificador, repasamos los dulces más invasivos de la urbe globalizada

Natxo Medina

17 Junio 2014 13:15

Ayer estaban ahí, y la verdad, no les prestabas demasiada atención. El mundo parecía haberse olvidado de esas tiendas del barrio de toda la vida: ese bar de mala muerte, ese ultramarinos o esa barbería, todos ellos deslucidos y venidos a menos. Pero de pronto parpadeas y ¡oye! ¿Qué hace aquí esta tienda de yogures? Tan bonita y limpia. Con sus colores, su acabado de diseño, sus nombres exóticos y sus miles de toppings. Te ves atraído hacia ella como hacia un vórtice de placer azucarado. Pero, cuidado amigo, estás a punto de caer en las garras del FroYo, un insidioso agente de transformación urbana. Parece yogur helado, pero es mucho, mucho más.

El creador anónimo del blog ...And Now It's A Fucking FroYo Place lleva meses documentando la silenciosa pero implacable invasión de estos locales por Manhattan. No había reparado en ellos hasta que un buen día se quedó perplejo al percatarse de que se habían extendido como una enfermedad incurable por toda la ciudad. Entonces, sirviéndose de Google Street View se dedicó a rastrear el antes y el después de esos mismos lugares. Y el resultado resultó ser desolador: una tremenda diversidad de negocios siendo sustituidas por la monotonía de un producto cuyos locales además son sospechosamente parecidos entre sí.

"No tengo nada en contra del FroYo. Ni siquiera pienso que los negocios anteriores añadieran necesariamente nada al barrio. Pero me molesta ver cómo la ciudad se transforma en esta especie versión de fantasía de Sexo en Nueva York para gente que viene de fuera, consume ciudad durante un tiempo y después se larga", afirma el creador del blog en una entrevista para NY Press. Sus palabras reflejan el sentimiento instintivo que todo habitante de un lugar tiene ante procesos bruscos de gentrificación. La transformación de un barrio en otra cosa, normalmente más homogénea, más limpia, más insípida y por supuesto más cara. Tanto que los viejos negocios y los inquilinos de rentas bajas tienen que irse a otros lugares a establecerse. El barrio pierde su identidad, y rara vez la recupera.

El punto clave aquí es la supuesta inocencia de los postres. Si un ayuntamiento hace un gran plan de reforma urbana que fuerza la expropiación y reubicación de cientos de vecinos, la violencia de la situación es obvia. Sin embargo, a nadie le amarga un dulce. Y todos los barrios cool de toda metrópolis del planeta necesitan su cuota de locales cucos en los que los alimentos han sido convertidos en “commodities”. Es ahí donde entra el FroYo, que a base de comprar metros cuadrados y expandirse por la ciudad se convierte de pronto en una fuerza inmobiliaria y en un disruptor de las dinámicas urbanas de pequeña escala.

Otros postres no tan dulces como te imaginas

Por lo visto la fiebre del yogur helado, que en Estados Unidos comenzó allá por el lejano 2006, ya alcanzó su cénit y está de capa caída. En España pueden verse este tipo de locales en algunos barrios céntricos, pero de momento son casos más aislados. Sin embargo, hay que estar alerta, porque otros postres de similar condición llevan tiempo viviendo entre nosotros, en sus particulares trincheras de azúcar, dispuestos a apoderarse de tus calles.

Cupcakes

Durante mucho tiempo ha sido el rey indiscutible de los postres cool. Carne de revista de tendencias y de youtubers empalagosas. Como otros elementos que conectaban a las chicas modernas con las jovencitas bien de los 50 (el croché, las faldas con vuelo, las perlas, Russian Red), el cupcake parecía lo más de lo más, pero en realidad no es más que una magdalena hipercalórica de precios hinchados y colores llamativos para mantener a las chiquillas en la cocina de donde les costó tantas décadas salir. Y en algunos barrios de Madrid o Barcelona, cada dos calles tienen su boutique.

Macarons

¿Qué demonios es un macaron? A grandes rasgos son dos galletas puestas una encima de la otra, con algún tipo de relleno dentro. O una especie de mini hamburguesa de repostería, que en vez de llevar carne llevase mermelada. Coincide con el cupcake en que está pintado de colores que harían parpadear a un Teletubbie y en que, pese a que sus orígenes remotos parecen remontarse al siglo VIII, se vende como una innovación supina de la pastelería contemporánea. Sin embargo, algo debe de fallar si nadie que conoces ha probado una de estas galletas sobrevaloradas en su vida.

Cronut

Sabes que algo va mal cuando a algo tan básico como tu desayuno le empieza a alcanzar el síndrome de la última moda. Aunque nadie sabe qué había de malo con la repostería tradicional, una lumbrera pensó que era necesario repensar el concepto, y que la solución debía pasar por el híbrido. Muy lógico todo: si el cruasán mola y el donut mola, ¿por qué no juntarlos? El resultado, una especie de hojaldre azucarado que poca gente ha probado, pero que de pronto está en todas las panaderías y que nos tiene a todos los modernos parloteando.

Helados artesanos

La recién llegada fiebre por lo artesano y biológico no es una cosa mala per se, salvo cuando sirve para encarecer productos que solían ser baratos y populares. Es cierto que teóricamente los helados artesanos están hechos de mejores materias primas que los industriales y según procesos tradicionales, y que de ahí deriva su precio. Pero más de una vez da la sensación de que la única artesanía que hay detrás de estas heladerías es la más vieja del mundo: la artesanía de sacarte los cuartos.

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