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Tras el matrimonio gay, ¿es hora de legalizar la poligamia?

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Tras la legitimación del matrimonio homosexual, crecen las voces que apuntan a la poligamia como el próximo horizonte del liberalismo social. ¿Es hora de legalizar el matrimonio grupal?

Luis M. Rodríguez

06 Julio 2015 09:00

¿Amamos como vivimos o vivimos como amamos?

Puede parecer una cuestión baladí, pero no lo es.

El amor es una construcción humana, y como tal se puede deconstruir, reformar y transformar. Aunque nos cueste.

El amor monógamo no es más que una convención social, un contrato basado en la utopía colectiva de ese amor romántico que dura toda una vida. Por eso, la mayor amenaza para la "monogamia obligatoria" está en la vida misma. Porque, ¿cuántas parejas cerradas y de largo recorrido conoces que estén plenamente satisfechas con su relación?



La semana pasada el Tribunal Supremo de EEUU legalizaba el matrimonio gay en el país. La decisión, comparada con la que en 1954 ilegalizó la segregación racial en las escuelas, cierra una era de discriminación en materia de derechos contra gais y lesbianas. "Cuando todos los americanos son tratados como iguales, todos somos más libres", dijo el jefe Obama. Pero no todos comparten su satisfacción.

John Roberts, actual Juez Presidente de los Estados Unidos, usaba las siguientes palabras para justificar su opinión disconforme con la sentencia: "Es llamativo comprobar como el razonamiento de la mayoría en este tema funcionaría con la misma fuerza en la reclamación del derecho fundamental al matrimonio plural".

Cuando dice plural quiere decir grupal. Matrimonios entre más de dos personas. Y sus palabras parecen haber despertado un debate latente que promete animarse en los próximos meses.

Poligamia, ¿la nueva causa común?

Gracias a la legitimación del matrimonio gay, la poligamia está de vuelta en las columnas de opinión de numerosos medios estadounidenses. Desde cabeceras como Politico o The New York Times, diversos autores apuntan hacia el matrimonio grupal como el nuevo horizonte de la lucha progresista. Las lecturas y las intensidades difieren, pero todos los análisis coinciden en un punto: el asunto de tener múltiples esposas no puede solo tratarse bajo el argumento de la moralidad, sino que debe abordarse como una cuestión de derechos.

"El matrimonio es una simple codificación de relaciones informales. Es, también, un sistema defensivo que protege los intereses de la gente cuya seguridad material, económica y emocional depende del matrimonio en cuestión (...) Ahora que hemos definido que el amor y la devoción y la familia no están delimitados por el género, ¿por qué debería el matrimonio estar limitado a simplemente dos individuos?", escribe Fredrik Deboer en Politico.



Cuando hace dos años la Corte Suprema Corte de EEUU invalidó la Ley Federal para la Defensa del Matrimonio (DOMA, por sus siglas en inglés), también puso sobre el tapete la discusión sobre la poligamia.

La DOMA se refería al matrimonio como "la unión legal entre un hombre y una mujer como marido y esposa". Al determinar que las definiciones de la ley eran constitucionalmente restrictivas, la corte también puso en duda, tal vez sin quererlo, la limitación numérica que introducía esa definición.

En el marco del nuevo modelo de matrimonio como contrato fácilmente reversible y ajeno a las limitaciones de género, no existen fundamentos convincentes para limitar el número de personas que quieren formar parte de esa unión

El primero en aprovecharse de ese resquicio ha sido Nathan Collier. Inspirado en las palabras del juez Roberts, este ciudadano de Montana acaba de solicitar la legalización de su relación polígama. "Tengo dos esposas porque amo a dos mujeres y quiero que mi segunda mujer tenga los mismos derechos y la misma protección que la primera", argumenta. Collier asegura que demandará al estado si su petición es denegada.

Lo cierto es que el matrimonio polígamo es ilegal en todos los 50 estados de EEUU. Sin embargo, el más reciente sondeo de Gallup sobre aceptación de diversas "cuestiones morales" muestra que la opinión pública estadounidense, aun siendo mayoritariamente contraria al matrimonio múltiple, está cada vez más abierta a la idea de dotar de un estatus legal a las relaciones poliamorosas.



Según los datos del sondeo, el porcentaje de aceptación de la poligamia se habría duplicado en los últimos doce años, pasando del 7 al 16 por ciento. La cifra está lejos de lo que podría llegar a representar un consenso permisivo, pero desde el frente del conservadurismo social ya se argumenta —como ejemplo de amenaza para la moral que ellos defienden— que en el marco del nuevo modelo de matrimonio como contrato fácilmente reversible y ajeno a las limitaciones de género, no existen fundamentos convincentes para limitar el número de personas que quieren formar parte de esa unión.

La poligamia "se suele asociar con el patriarcado y el abuso sexual, antes que con la liberación y la igualdad", escribe Ross Douthat en The New York Times para significar la idea de que el matrimonio múltiple está lejos de ser abrazado como causa progresista por una mayoría. Pero un cambio de matices, sugiere, podría multiplicar las afinidades.

"Sabemos que 'poligamia' es un término poco atractivo y que suena a biblia. Llámalo poliamor o 'no monogamia ética' y de repente te habrás ganado el interés de una representación demográfica menos desprestigiada".

Nuevas configuraciones para el capitalismo emocional

"Muchos argumentan que los matrimonios polígamos son típicamente sitios de abuso, desigualdad de poder y coerción (...) Pero después de todo, los matrimonios tradicionales a menudo favorecen el abuso. Los matrimonios tradicionales son a menudo patriarcales. Los matrimonios tradicionales a menudo implican dinámicas feas en materia de género y poder".

Si vamos a prohibir los matrimonios polígamos por ser reductos de sexismo y abuso, deberíamos empezar por el viejo modelo de un-marido-y-una-mujer

De una manera incidental, Deboer señala un aspecto fundamental en este debate: el matrimonio como reducto abonado al abuso de poder y la dominación afectivo-sexual.

Partiendo de esa base, ¿puede tener sentido hacer causa social de un asunto que, lejos de representar un modelo de liberación afectivo-sexual frente a la monogamia, suele limitarse a reproducir de forma radical los peores tics del capitalismo emocional?



"Las relaciones no-monógamas, que yo no denominaría como polígamas, no son en sí mismas una liberación si no se trabajan en el contexto de un sistema sexo-género que las organiza, de un sistema capitalista que instrumentaliza los vínculos y los afectos y de un sistema colonial que institucionaliza algunas uniones como garantes de privilegios en detrimento de otras", opina la periodista y activista Brigitte Vasallo. 

En lo afectivo, Brigitte apuesta por las redes frente a los monopolios, por los rizomas frente a las estructuras cerradas. "Si entiendes la poligamia como las luchas por la pareja de más de dos, son sencillamente un parche reformista que reafirma los sistemas existentes. Dicho esto, estoy claramente en contra de un marco legal que beneficie unas uniones frente a otras, pero el horizonte de las luchas no puede quedarse ahí".

En el mismo sentido opina Miguel Vagalume, integrante de Golfxs con principios y traductor a nuestra lengua de Ética promiscua y Opening Up, dos de las guías esenciales en materia de poliamor. "A menudo solemos decir que si a la no-monogamia —sea cual sea el modelo elegido— no se le aplica un punto de vista feminista, se va a terminar en lo mismo de siempre: relaciones en nuevas configuraciones pero con las mismas dinámicas desiguales tradicionales".

¿Vale la pena desmontarlo todo para volver a montar lo mismo con otro nombre?

Frente a las miserias del romanticismo capitalista y patriarcal es necesario, como sostiene la investigadora Coral Herrera Gomez, "proponer otros 'finales felices' y expandir el concepto de 'amor', hoy restringido para los que se organizan de dos en dos". El matrimonio polígamo podría ser uno de esos finales, pero puestos a luchar en masa por algo, parece razonable aspirar a alterar algo más que el marco legal de una poligamia que, la mayoría de las veces, no es sino la acumulación radial de relaciones monógamas.

"Por una parte estamos quienes nos encargamos de insistir para que se reconozca la diversidad en muchas de sus formas... pero entre quienes optan por la no monogamia no hay de momento mucho interés por formalizar su relación", señala Vagalume. "En general, la mayoría de la gente parece que no se sale de un corsé para meterse en uno nuevo". 

La poliginia y la poliandria no dejan de ser, en esencia, sistemas monógamos. Ese es el tipo de falsa diversidad que conviene al capitalismo. Mejor el altar que la anomia.

El amor ni empieza ni acaba obligatoriamente en la pareja. Y mucho menos en el altar

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