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La guerra de ideas llega al mainstream

Hablamos con el argentino Luis Diego Fernández, autor de “Los nuevos rebeldes”, el libro que analiza la nueva sensibilidad libertaria global de Lady Gaga a Sasha Grey pasando por Assange.

Un extravagante satélite procedente de Norteamérica llamado Lady Gaga vuela a Rusia, y la justicia de San Petesburgo multa al responsable de su actuación. ¿Razones? Haber promovido el consumo de drogas y la homosexualidad. Paralelamente, una discusión entre dos personajes nada sospechosos de intelectualismo como son Miley Cyrus y Lily Allen levantan un tornado a su alrededor, y de pronto el mundo adolescente empieza a meditar distintas posturas sobre la liberación de la mujer y el feminismo. Miley y Lily representan dos personalidades muy diferentes capaces de polarizar el debate, y entre las dos se reparten el universo de posibles. Y aunque el espectáculo tenga mala prensa, eso es sólo hasta que una de sus estrellas lleva al mainstream la clase de guerra de ideas que sólo frecuentan el pensamiento de altura.

Desde Buenos Aires, Luis Diego Fernández (1977) sabe bien de qué va esto. “ Los nuevos rebeldes” es su último libro y en él investiga la influencia que en el mundo están teniendo los nuevos nombres de la cultura pop, pero también el activismo de Occupy, el 15-M y el movimiento hacker. ¿Y qué puede vincular a Lady Gaga con Julian Assange? Para Fernández, el espíritu libertario.

Cuando hablamos de ‘libertario’—dice Fernández—, el mercado que se piensa y que se pone en práctica pasa por las construcciones micro, los proyectos propios, la autogestión, la pequeña empresa o el trabajo freelance, en definitiva, la forma de vida. La ética hacker, en este sentido, será un motor que marcará este discurso y esta política”.

Pocos lo habrían asegurado tras el derrumbamiento del capitalismo en 2008, pero las nuevas generaciones occidentales, paradójicamente, parecen aún más liberales que la anteriores, y eso es porque la identidad que buscan está al margen del gran estado y de la gran empresa, como diría el argentino. A fin de cuentas, el anhelo de libertad es un fenómeno presente en las cátedras de filosofía y en la vida cotidiana: lo única ocupación de nuestro star system pop sólo es distribuirlo en códigos globales.

El liberalismo casi siempre aparece vinculado a la derecha, si bien tú reclamas a libertarios de izquierda y de derecha.

Lo libertario si bien puede dialogar con lo liberal también lo hace con lo socialista. Tanto el liberalismo libertario como el socialismo libertario comparten muchas cosas: en la década del 70, Foucault por un lado (la izquierda) y Rothbard por el otro (la derecha), confluyeron en sus visiones y reclamaron unirse. Los liberales libertarios de izquierda buscaron dialogar con la New Left y sus esquirlas (Panteras Negras, gays, etc.) y Foucault instó a sus alumnos a estudiar a Hayek y Mises. El propio Noam Chomsky, un socialista libertario, era publicado en revistas del libertarianismo (los unía su anti-imperialismo, por ejemplo). Allí se vio ese punto de contacto. Me gusta ese lugar. Los libertarios de izquierda que me inspiraron fueron muchos. De la tradición europea: Foucault, Deleuze, Guattari, Vaneigem, Onfray; de la tradición norteamericana: Nozick, Rothbard, Konkin y Karl Hess. En la Argentina encuentro fascinante a Ezequiel Martínez Estrada (al que cito en mi libro en la apertura): fue un gran socialista libertario, solitario, no fue peronista pero tampoco gorila. Un ser que no reivindica ni el populismo ni el liberalismo local.

¿Cómo ves la evolución de Argentina desde 2001?, ¿y qué opinión te merece la política económica global de EEUU, cuyo FMI, se dice, fue el responsable de la caída local?

La historia de Argentina es, también, la historia de la deuda (algo que viene desde el siglo XIX), y efectivamente ello influyó en cierta mentalidad antinorteamericana cliché, vulgar, infantil, culpógena, en cierto resentimiento histórico, en una neurosis tanguera que es profundamente pasional, vital, creadora, a la vez que violenta. Personalmente, no creo completamente en la teoría del demonio del FMI (aclaro, un organismo que condeno y creo debería desaparecer, como el Banco Mundial, etc.). Argentina oscila de caídas a recuperaciones cual Ave Fénix, parece ser el sustrato también de cierto inconsciente nacional. Acá el gris no es un color muy usado: todo blanco o negro. Ello, paradójicamente, nos genera fortaleza y presencia individual en el concierto mundial (Papa Francisco, Messi, Máxima de Holanda, etc.) pero colectivamente tenemos graves fallas, desigualdades, problemas de convivencia. Así y todo (y no suscribo ni voté nunca a este Gobierno ni a gobiernos peronistas) creo que se aproxima un recambio generacional que tal vez modifique esta tendencia derrotista. Soy moderamente optimista, pero la incertidumbre siempre está.

De la crisis de 2008 se dijo durante un tiempo que acabaría para siempre con el sistema capitalista tal como lo conocíamos, aunque lo cierto es que cinco años después el sistema parece mantenerse. ¿Cómo crees que ha afectado a la conciencia ciudadana?

Tengo la impresión que las crisis económicas y políticas globales, en el plano macro, son la explosión de manifestaciones deseantes, internas o micropolíticas, tal como planteo en mi libro. Es decir, la insatisfacción, el descontento, la falta de representatividad partidaria y el rebrote de ciertos valores libertarios, en consecuencia, lo que muestra en la superficie son la realidad de vidas dañadas, neuróticas, infelices, de una forma vida aun legitimada y normalizada que no aporta felicidad a las personas ni las insta a crearse su libertad. Creo que la crisis de 2008 en sus diferentes brazos, a veces contradictorios y puntas de lanza (Primavera árabe, OWS, Indignados, pero también efectos colaterales como los cacerolazos republicanos en Argentina o el movimiento estudiantil en Chile) están hablando desde otro lugar de un malestar cultural, al decir freudiano, quizá. Por ello creo que si se piensa en términos de modificación de conciencias estamos hablando de una revolución en el modo de vida, y no tanto de un cambio en el rol de Estado (más o menos grande, más o menos intervencionista) o de que gobierne la izquierda o derecha (dos categorías que hay que repensar a fondo, por otra parte).

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