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Las grandes obras de arte huelen a carne

¿Quién no se ha sentido embriagado mirando las flores de salami de Vincent van Gogh?

Las grandes obras del arte moderno huelen a carne en las manos de Karsten Wegener, y no porque él sea un carnicero loco que va por los museos manoseando los lienzos, sino porque en los últimos años su misión como artista ha sido la de reinventar algunos de los cuadros más icónicos con pequeñas esculturas hechas de comida. Pollos pelados que en realidad son palomas de la paz. Trozos de jamón dulce que en realidad son el rostro derretido del personaje que más grita de todo el Museo Munch. Pequeños perros marrones, que no son globos enormes, porque en realidad están hechos de salchichas con un aspecto a plástico jugosísimo. Sausage Art es el nombre de esta serie de imaginativas versiones con las que el fotógrafo alemán ha conseguido dar la vuelta al mundo, aunque no sabemos muy bien si gracias a su originalidad o más bien al hambre que los más carnívoros pueden sentir al mirar de reojo esos trozos de chóped que tanto inspiraron al bueno de Van Gogh.

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