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El graffiti que se suicidó para protestar contra la gentrificación

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En Berlín el arte urbano tiene un carácter de mil demonios

Natxo Medina

16 Diciembre 2014 16:30

La mañana del 12 de octubre, los vecinos del berlinés barrio de Kreuzberg amanecieron con un sobresalto. Dos enormes murales obra del artista italiano BLU, que habían formado parte del paisaje desde 2008, aparecían cubiertos por una espesa capa de pintura negra. De los trazos y colores originales sólo quedaban las siluetas. No era cosa de vandalismo ni de conspiración: las pinturas habían decidido autodestruirse.

Rebobinemos: la comuna de Cuvrybrache, el antiguo edificio en cuyos muros estaban los murales, se levanta al lado de un solar de importantes dimensiones. Cuando fue desalojada el pasado septiembre después de un incendio, no tardaron en emerger rumores sobre promotores inmobiliarios frotándose las manos ante la posibilidad de hacer negocio. No hay que olvidar que Kreuzberg es un barrio de tradición inmigrante que en los últimos años ha sufrido una fuerte gentrificación, sobre todo en sus áreas tocantes al río Spree.

Efectivamente, poco después se supo que el grupo inversor Langhof tenía un proyecto para construir en el lugar un complejo de apartamentos de alta gama que incluirían un jardín de infancia, un supermercado y un bar con terraza. Así las cosas, las primeras conjeturas apuntaban a que las grúas que pintaron las paredes de negro la noche del 11 habían sido contratadas por el grupo inmobiliario, para empezar la transformación del lugar.

Poco después supimos la verdad: las máquinas las había llevado gente cercana al propio BLU, quien indignado por los futuros planes de transformación de la zona se negaba a participar en el espectáculo. Y es que el street art de la capital berlinesa lleva años siendo una herramienta de los especuladores para atraer a nuevas poblaciones a los barrios cool de la ciudad. Un juego al que no todos están dispuestos a jugar.

Polémicas estériles

La acción suicida de BLU no ha gustado a todo el mundo. Una petición online lanzada unos meses antes del suceso estaba intentando que las pinturas fueran declaradas monumentos de interés cultural, lo cual hubiera garantizado que nadie pudiera estropearlas. La petición, que ha llegado a acumular más de 7.000 firmas, ha visto su andadura interrumpida por este acto de destrucción.

Algunas voces lo han calificado de pesimista, desesperado, e incluso hipócrita, señalando que de esta manera BLU corta por lo sano con cualquier posibilidad de entendimiento entre los responsables del proyecto y los vecinos que defendían un uso más social de ese espacio ya emblemático para el barrio. Como si estuviéramos ante una pataleta de un artista al que le han cambiado de sitio sus cositas.

Puede que algo de eso haya, pero sobre todo el gesto resuena como un sonoro "que os den" en la cara de las élites económicas que le están cambiando la cara a la ciudad a marchas forzadas a fuerza de despojarla de su esencia. Un gesto inútil quizás, pero ¿quién dijo que el arte tenía que ser útil?

En el fondo, esta polémica lo único que hace es señalar hasta qué punto el llamado arte urbano ha dejado de entenderse como lo que fue: una forma de expresión mutante en constante cambio. También es un gesto que tiene mucho de acto político, de ocupación temporal de un espacio físico y simbólico. Una pintura en la pared de un edificio puede ser bella o decorativa, pero sobre todo es algo vivo. Y como tal, se le puede dar muerte.

Una muerte que esperemos no sea el de toda una manera de vivir y una ciudad a la que por suerte todavía le queda mucha identidad por arrebatar.



El gesto resuena como un sonoro "que os den" en la cara de las élites económicas que le están cambiando la cara a la ciudad despojándola de su esencia




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