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Por qué los gatos no se reconocen en el espejo y otros 9 misterios gatunos más

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El enigma de la caca de gato y muchas curiosidades más, en "La Naturaleza de los gatos", recién llegado a las librerías

Mario G. Sinde

31 Marzo 2014 15:20

¿Te gustan los gatos? Si es así, evidentemente tienes uno de estos animales en casa, o incluso dos. O puede incluso que seas una anciana en mecedora que vive sola y se pasa los días rodeada de una manada de traviesos cuadrúpedos de orejas puntiagudas, pelambrera sedosa y bigotazos que reclaman en todo momento una cuota de comida, bebida y calor. El gato no necesita nada más, y a pesar de eso es un animal biológicamente complejo y sociológicamente fascinante. Todo lo que se ha dicho y escrito de los gatos no es capaz de explicar todo lo que nos fascina de estos animales. Por eso, para quien aún busque respuestas, acaba de llegar a las tiendas un libro titulado “La Naturaleza de los Gatos. Orígenes, inteligencia, comportamiento y astucia del Felis Silvestris Catus”, de Stephen Bodiansky, publicado por la editorial Paidós.

No vamos a destriparte aquí el contenido del libro -para un o una cat lover, sería más cruel que contar un spoiler de la cuarta temporada de “Juego de Tronos” a quien no haya leído los libros-, pero sí a ponerte la zanahoria delante de la cara con una selección de curiosidades sobre tu felino predilecto, que algunas quizá desconozcas y otras conoces perfectamente porque no haces más que constatarlas a diario.

1. Lo que une al gato con el vampiro

Prueba a reflejar tu gato en un espejo: no se verá, no se reconocerá, nunca reaccionará ante la imagen que le devuelve el azogue. Es como el vampiro pero al revés: el vampiro no se refleja, y el gato no percibe el reflejo. Por mucho que lo intentes, el animal preferirá mirar el suelo, o las musarañas, antes que contemplarse como Narciso en el charco o Cristiano Ronaldo en el espejo del vestuario. ¿Por qué ocurre esto, teniendo en cuenta que el gato es un observador clínico? Ocurre porque al espejo le falta algo que el gato necesita para reaccionar frente a él como si se tratara de un ser vivo: el olor.

2. En busca del tiempo gatuno

Los humanos empleamos el 33% de nuestro tiempo de vida en dormir, aproximadamente. En el caso de los gatos, ese tiempo es sensiblemente mayor -aunque no suelen dormir de una vez, sino en diferentes momentos durante el día; date cuenta de que cuando más duerme es cuando se aleja de ti, para no ser molestado-. Pero eso no significa que el resto del tiempo lo utilicen con eficacia: otro 30% del tiempo total que vive el gato lo emplea en asearse.

3. Cosas que un gato no puede comer

El gato puede jugar con una aceituna que se haya caído accidentalmente al suelo, pero no se la comerá. Le encantará, en cambio, si le cortas unas tiras de ternera o pollo recién hechos, sobre todo si la carne está todavía caliente (el gato tiende a no disfrutar con la comida fría, pues son muy sensibles a los cambios bruscos de temperatura). En todo caso, como animal carnívoro que es, y por mucho que huela la comida por curiosidad, lo que más detesta el gato son los cítricos -odian los limones y las naranjas- y no puede disfrutar de cosas dulces: su sentido del gusto no las reconoce. Más en particular, el peor alimento que se le puede ofrecer a un gato es el chocolate: siempre les sienta mal. Otra cosa que nunca hay que darles es aspirina.

4. La domesticación de gatos comenzó en China

La domesticación de gatos comenzó en China

Al contrario de lo que se dice, el gato no comenzó a domesticarse en Egipto, sino en China. Y no fue hace demasiado tiempo: de todos los mamíferos que surgieron en la tierra al final del periodo cámbrico, el felino fue de los primeros que alcanzaron una forma evolucionada, pero a la vez el último en ser domesticado, mucho más tarde que el perro, la vaca o el cerdo. Y no fue un proceso rápido: la domesticación efectiva de toda la especie gatuna requirió de una larga paciencia y la cría sistemática de cachorros en entornos domésticos, hasta que finalmente el gato heredó un comportamiento no agresivo ante el ser humano.

5. Sin embargo, no se fía ni de su sombra

Los instintos son fuertes en los gatos, como la fuerza es fuerte en Yoda. Quienes han intentado hacer convivir pájaros y gatos saben perfectamente la clase de tortura a la que se enfrentan: nunca verán al canario o ruiseñor como un elemento más de la casa (su casa), sino como una posible presa. Y las reacciones son siempre súbitas: mirada fija, cuello en alto, la boca batiente, la pata estirada. Hay instintos que se conservan, como el de la supervivencia. Si os habéis fijado, generalmente el gato duerme con la espalda recostada contra una superficie densa (el cabezal de la cama, tu pierna, el respaldo del sofá). Esto es para evitar que algún enemigo le pueda atacar por detrás. Porque ya se sabe que duermen con un ojo abierto.

6. El gato enferma si le rompes su rutina

Es un animal de rituales: hace siempre lo mismo a la misma hora, día tras días. Sus horas locas, que suelen ser a las seis de la mañana y a las ocho de la noche, las dedica a corretear por el pasillo como si estuviera persiguiendo sombras. Se te planta delante con el espinazo erizado y las orejas de punta. Sus horas de comer son sagradas. Suele hacer sus necesidades como un reloj. Hay una hora de dormir y otra de pasear. Ahora intenta romperle esas rutinas, retírale el cubo de las cacas, cámbiale la comida, despiértale mientras está en lo más profundo de su sueño: si las costumbres cambian, es probable que el gato enferme.

7. El gato no se moja al beber agua

A menos que lo haga con la pata, claro está: a casi todos los gatos les encanta llevarse el agua a la boca tras remojarla en el tazón correspondiente. Según varios estudios, esto sucede porque bien no les gusta la forma del recipiente, o porque les provoca más diversión llevársela con las garras -el deslizamiento y el goteo del agua les hace gracia, pero no que tú les mojes-. Más allá de eso, cuando beben con la lengua, hay que fijarse en cómo la mojan: jamás hunden la lengua en el agua, sino que la curvan para obtener el agua y llevarla directamente de la superfície superior a la boca. Jamás se mojan la barbilla.

8. El gato no es tonto, sólo es desmemoriado

Hay estudios científicos que aseguran que el cerebro del gato está más evolucionado que el del perro -y que incluso su división para reconocer las emociones es muy parecida a la del cerebro humano-. Pero a veces ocurre que tenemos la sensación de que los gatos son cortos de entendederas: por muchas veces que le hagas la misma trastada (ya sea cogerle por el rabo en un momento de descuido, encerrarle en una habitación, etc.), nunca recuerda las circunstancias ni desarrolla mecanismos de defensa contra las putaditas. Esto es porque la memoria a corto plazo del gato es realmente breve: no llega a más de 10 minutos (además, es hipermétrope, a menos de 15 centímetros ven las cosas borrosas). Pero tiene otros mecanismos memorísticos basados en el oído, el olfato y el instinto, razón por la cual lo importante siempre lo recuerdan: dónde está la comida y el lugar más blando y caliente de la casa, sobre todo.

9. Practican saltos olímpicos

Practican saltos olímpicos

El gato tiene una extraordinaria potencia en el salto: pueden elevarse hasta siete veces por encima de su altura (a cuatro patas), es decir, algo así como un metro. Teniendo en cuenta que a un ser humano saltar un metro ya le cuesta, la capacidad que tiene el felino para dar botes es asombrosa. Y además disfrutan con el ejercicio, razón por la cual los parques de atracciones domésticos para gatos son tan populares. Luego está el tema de las caídas: excepto cuando se les lanza desde alturas muy bajas (casi a ras de suelo), el gato siempre tiene una rápida capacidad de reacción para darse la vuelta en el aire y aterrizar sobre las cuatro pezuñas. Con 20 centímetros, que es su propia altura, le basta.

10. El misterio de la caca del gato

El sistema digestivo del gato es asombroso. No sólo sabe expulsar por la boca las bolas de pelo que se ha ido tragando mientras se lamía las patas y el cuello, sino que cuando expulsa las heces por la retaguardia siempre lo hace en bolitas compactas y sin dejar restos de inmundicia en un ano que tiene, por lo general, tan limpio como los chorros del oro. Eso sí, ten cuidado de darles lácteos: les provocan diarreas cuyo olor no te va a gustar nada. Hablando del olor: esa es la razón por la que los gatos entierran sus cacas, pero no porque sean más limpios que tú, sino porque son conscientes de que ese pestazo canta más que el sobaco de Bebe y podría atraer enemigos que amenacen su territorio.

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