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El fotógrafo que se hizo amigo de una pandilla de skinheads

Derek Ridgers compila en un libro y una exposición los retratos que realizó durante los primeros años del movimiento skin

Inglaterra a finales de los setenta era una amalgama de tribus urbanas. El punk había perdido su rabia inicial, la crisis azotaba al país, Margaret Thatcher subía al poder y, como suele ocurrir en épocas convulsas y deprimidas, el National Front ganaba adeptos.

El fotógrafo Derek Ridgers sentía curiosidad por los Nuevos Románticos, esos jóvenes que comenzaron a vestirse de forma andrógina y exagerada como respuesta a un entorno cada vez más opresor, pero cuando se disponía a documentar la vida esta naciente subcultura, se cruzó en su camino con un grupo de skinheads. Estos le pidieron que se uniera a su grupo para fotografiarles.

"Al principio pensaba que se trataba de un grupo que reproducía la antigua estética skin. E incluso gente proveniente de una escuela de moda", afirma Ridgers en Another Magazine. Veinte años atrás, muchos jóvenes de clase obrera se habían rebelado contra el pacifismo hippy adoptando una estética entre lo militar y el uniforme obrero. Tenían mucho que ver con los rude boys, inmigrantes jamaicanos que mezclaban tirantes y sombreros borsalinos, símbolos de las clases bajas, con prendas consideradas elegantes. Pero la época de esos cabezas rapadas violentos, hedonistas, marcados por el orgullo obrero y simpatizantes de las lucha de los jamaicanos llevaba tiempo en horas bajas. El gobierno llevaba años criminalizándolos y las aspiraciones juveniles encontraron otras formas de manifestarse.

Por eso Ridgers, intrigado por la vuelta de estos jóvenes con bombers y botas militares, aceptó el reto. Y lo que se encontró fue algo muy distinto: la izquierda se había convertio en extrema derecha. "No fue hasta que nos fuimos a la costa y me puse a conversar con ellos en el tren cuando me di cuenta de su ideología. Sus ideas políticas y sus opiniones sociales me dejaron en shock. No conocía a nadie que las compartiera", afirma.

La nueva ola skin era racista, votaba al National Front y apoyaba las prácticas nazis para "limpiar" Inglaterra. La crisis, la pobreza y el subsiguiente auge de los nacionalismos les había convertido en lo opuesto a lo que una vez fueron. Su estética, sin embargo, no había cambiado, aunque habían añadido banderas, camisetas con mensajes xenófobos e incluso esvásticas a su look. El interés sociológico de Ridgers le hizo seguir adelante (a pesar de que se vio envuelto en varias peleas porque muchos le acusaron de ser un policía infiltrado).

Hoy este fotógrafo recoge aquellos retratos en el libro Skinheads, 1979-1984, y los muestra estos días en una exposición en la Photographer Gallery londinense.

Ridgers, consciente de las críticas que puede recibir su proyecto, afirma que "no se trata de glorificar, sino de dar información". Al fin y al cabo, estos retratos dan cuenta, a su manera, de los porqués del surgimiento del neonazismo en Gran Bretaña y del modo en que sus primeros miembros necesitaron apoyar sus posturas radicales con lo que el fotógrafo llama "disfraces o elementos teatrales".

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