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No son fotocopias atascadas, son pinturas de Alejandro Bombín

El artista madrileño explora el consumo frenético de imágenes a través del mito de la imagen escaneada

Nuestra relación con todas imágenes que nos abordan ya es un hábito consumo instantáneo. Cada impacto produce un recuerdo que va diluyéndose en el tiempo. La digitalización ha hecho de ese proceso algo igual pero a su vez distinto. Y ese nuevo espacio de lucha entre la pérdida y el recuerdo, entre lo orgánico y lo inorgánico (ahí, entre los bits y la materia gris), es donde habita el pintor Alejandro Bombín.

Un escaneado produce una copia que nos presenta un leve cambio respecto a la imagen física: pasa al mundo de la información codificada. Estos códigos, al viajar de un dispositivo a otro, producen nuevas alteraciones respecto al original. La constante copia y división dejan un rastro de la desaparición con los primeros errores, interferencias, cortes.

Bombín es capaz de dibujar esos errores digitales a mano, esas fracturas realistas y a la vez creadas por una máquina intermediaria. El resultado son meticulosas obras en acrílico: “Hablo de presentismo. Este concepto representa, en lo referente al periodismo, la idea de que la atención prestada a una noticia sumerge en nuestra mente a la anterior”, explica el artista en su web.

La imágenes distorsionadas apuntan hacia nuestro permanente deseo de aferrarnos al pasado, pero también hablan de los fracasos que experimentamos con una tecnología supuestamente infalible. Digital no significa para siempre. Nuestra memoria es un píxel deformado y está en baja resolución.

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