PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Now

5 formas de autoengaño en la vida cotidiana

H

 

Robert Trivers propone en 'La insensatez de los necios' una teoría científica del autoengaño

eudald espluga

02 Enero 2014 11:30

Todos nos engañamos hasta puntos insospechados. Nos mentimos a nosotros mismos una y otra vez, consciente e inconscientemente. Ésta es la realidad ineludible que enfrenta Robert Trivers en "La insensatez de los necios". La lógica del engaño y el autoengaño en la vida humana". Como biólogo, se pregunta cuál es la función evolutiva del autoengaño: ¿por qué un mecanismo mental que nos oculta la realidad ha pervivido a lo largo del tiempo en la especie? En contra de la tesis psicologista, que propone que el autoengaño está al servicio de sentirnos bien o ser más felices, Trivers defiende que el autoengaño es un recurso que nos permite mentir mejor a los demás. No es nuestro trabajo discutir si Trivers acierta: aquí nos limitamos a ejemplificar algunas de las categorías del autoengaño que se proponen en el libro.

1. Todos somos Cristiano Ronaldo.

Confiar demasiado en nosotros mismos es la forma principal y más extendida de autoengaño. Quizá no todos vayamos a decir, como el futbolista, que somos guapos, ricos y buenos (en lo que sea). Sin embargo, salvo lo de ricos, seguro que pensamos que lo somos más de lo que estamos dispuestos a reconocer. Lo sabemos porque, a pesar de que nos indignemos al descubrir que las revistas retocan los cuerpos de las modelos con Photoshop, los estudios sociológicos demuestran que identificamos nuestro rostro con más rapidez en fotos retocadas favorablemente que en aquellas tomadas al natural. Por lo que parece que la función de los filtros de Instragram no es la de mejorar la realidad, sino la de adecuarla a nuestras expectativas razonables: inconscientemente, nos vemos mejores de lo que somos. Según Trivers, nos creemos superiores para poder impresionar a los demás. Lo de hacer el pavo real no consistiría sólo en una metáfora, sería la dictadura de los genes.

2. ¡Mira mamá, sin manos!

La ilusión de controlar la situación es, en parte, resultado de una excesiva confianza en nosotros mismos. Pero también depende de nuestra necesidad de previsibilidad y control, de racionalizar la incertidumbre. Lo cual no se refiere solamente a la confianza ciega que demuestran las gentes de Youtube que se dan de mamporros en bicicletas o skates, aunque también. Esta temeridad es una forma extrema de confianza ilusoria: creer que podemos sortear cualquier peligro, basándonos en la dudosa certeza estadística de que hasta ahora no nos hemos dejado los dientes en el asfalto. Pero, como dice Trivers, esto es tan irracional como jugar a la ruleta rusa y creer que a cada disparo sin bala aumentan nuestras posibilidades de no morir en el próximo intento.

Más cruda es la realidad del autoengaño cuando quienes muestran esa ceguera son los corredores de Bolsa. Podemos creer verosímilmente que parte de la crisis se debió a que los economistas llegaron a creer que su profecía se cumpliría del todo: que la inversión llevaría a la inversión, y que si nadie despertaba del sueño, el sueño sería la única realidad. Trivers relata un experimento que sentó a un centenar de corredores de Bolsa ante un ordenador, diciéndoles que moviendo el mouse arriba y abajo podían influir en la evolución de una línea que ascendía y descendía aleatoriamente. De hecho, el ratón no estaba conectado, y a pesar de ello, al ser preguntados por el control que creían haber ejercido sobre la evolución de la línea, muchos afirmaron haber dominado la situación.

3. Yo me equivoqué, tú fuiste infiel.

También hay autoengaño en cuanto a la ética: rezumamos superioridad moral. Nada mejor para comprobarlo que las relaciones de pareja y el doble rasero que acostumbramos a aplicar en cuestiones de infidelidad, ya sean imaginadas o consumadas. Tener fantasías sexuales con una compañera de trabajo es a nuestros ojos una chiquillada, un sano ejercicio mental. Sin embargo, las palabras "traición" y "hipocresía" brollan de nuestra boca como geiseres cuando nuestra pareja nos cuenta que ha soñado nada inocentemente con algún ex-novio. Juzgamos con más rigor a los demás, aunque las infracciones sean las mismas.

Además, tendemos a crear relatos personales falsos: las malas acciones son cosa de una persona pasada que ya no somos nosotros. No hay continuidad entre el yo lector de Tom Clancy y el yo lector de Bernhard, aunque empezaramos a leer sus obras al mismo tiempo.

4. Uno de los nuestros.

Para entender el autoengaño a nivel social, no hace falta hablar de nacionalismos o de extremismos religiosos: todos sabemos que los que comemos Nutella, y no Nocilla, somos de una estirpe superior. El sentimiento de pertenencia puede depender de cosas tan banales como compartir color de camiseta durante media hora, ser del mismo pueblo o amar a un mismo escritor. Y sino que se lo pregunten a los fans de Paulo Coelho, que corren por internet colgado fotos de auroras boreales con frases del gurú allí sobreimpresionadas, intercambiándose likes y comentarios nada irónicos que constatan la sabiduría coelhiana.

Tal polarización entre los vínculos intragrupales y extragrupales nos lleva a autoengañarnos respecto de las cualidades de nuestro grupo. Por ello somos propensos a generalizar las malas cualidades de alguien que integra al otro grupo. Por ejemplo, los españoles, a ojos de muchos catalanes, son unos dinosaurios fascistas anclados al pensamiento feudal: el plató de El Gato al Agua es elevado a muestra representativa de la españolidad. Y los catalanes, a su vez, son vistos como carroñeros a la espera de devorar la poca carne que le quede a España una vez haya muerto de hambre y de sed.

5. El sociólogo que llevamos dentro.

Somos expertos en política internacional cuando vemos las noticias, técnicos en macroeconomía al encontrarnos con un conocido en la cola del supermercado, y consejeros matrimoniales cuando nos telefonean nuestros amigos por la noche. Tenemos una teoría social aplicable a cada realidad particular y una teoría de la sociedad en general. Por supuesto todas ellas son contradictorias, desinformadas y sesgadas, pero creemos firmemente que con ellas desenmascaramos los movimientos de aquellos que mueven el mundo tras las bambalinas. Nos autoengañamos pensando que comprendemos la realidad, y sonreímos con superioridad no disimulada cuando alguien quiere hacernos ver que no comprendemos de la misa la mitad.

share