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El fast food no sólo engorda, también te vuelve más tonto

¿Comida basura = rendimiento escolar basura? Según la ciencia, sí

ilustración de Boneface

A estas alturas quedan pocas dudas de que la comida basura hace honor a su nombre. El consumo habitual de comida procesada no sólo engorda más, nutre menos y aumenta el riesgo de padecer dolencias como la diabetes. Ahora un exhaustivo estudio llevado a cabo por la Ohio University ha encontrado pruebas que relacionan la comida basura con la caída del rendimiento académico y el aumento en el fracaso escolar.

La investigación tomó una muestra representativa de 11.700 chavales en edades comprendidas entre los 10 y los 13 años, y siguió sus hábitos alimenticios durante esos años, comparándolos con sus resultados académicos. La conclusión parece clara: aquellos niños que consumieron 'fast food' diariamente vieron un descenso en su rendimiento escolar de hasta un 20% con respecto a aquellos que siguieron otros modelos de alimentación.

Es cierto que en este tipo de investigaciones es difícil encontrar relaciones causales, así que para descartar posibilidades, tomaron en consideración factores que suelen asociarse con el fracaso escolar como el nivel socioeconómico de la familia, la calidad de la escuela a la que asiste el alumno, o su actividad física diaria. Los habitantes de barrios con menores ingresos suelen consumir mucho más comida rápida que sus vecinos más ricos, sobre todo porque su acceso a otros alimentos es más difícil, pero también por una cuestión de menor educación alimentaria.

Aún teniendo todos esos factores en cuenta, la conexión entre la comida procesada y la fragilidad académica se dibuja con claridad. Incluso pequeños aumentos en su consumo pueden afectar al rendimiento del alumno.

Las razones fisiológicas de esta relación todavía no están claras: en 2013 un estudio apuntaba que la escasez en hierro de estas dietas hipercalóricas podría tener que ver con deficiencias de memoria en los alumnos, pero de momento no existen datos concluyentes. Por eso los investigadores todavía se muestran prudentes: la conexión existe, pero ahora toca estudiarla más a fondo.

Un nuevo dato preocupante 

Ha llegado un punto en que la salud pública estadounidense no puede evitar atender el problema que tiene entre manos, sobre todo teniendo en cuenta cuánto fast food consumen sus chavales. Según un estudio de 2008, un tercio de niños entre los dos y los once años consumen fast food cada día, un dato que se dispara hasta el cincuenta por ciento entre los adolescentes de edades comprendidas entre doce y diecinueve años. Es más, el trece por ciento de todas las calorías que consumen al año los chicos y chicas entre dos y dieciocho años en el país proviene de comida basura. Eso son muchas visitas al centro comercial.

Y aunque por un momento podamos pensar que este es un problema que sólo afecta a los estadounidenses, deberíamos mirar también a nuestro alrededor. Según datos de la OMS, el índice de niños y adolescentes obesos en países desarrollados ha aumentado un cincuenta por ciento desde 1980. Esto significa que el año pasado un veintidós por ciento de niñas y un veinticuatro por ciento de niños sufrían obesidad en estos países. Sin ir más lejos España era en 2012 el país de Europa con máyor tasa de obesidad, gran parte de la cual está asociada con el consumo de fast food, además de a otros factores como unos hábitos de vida mucho más sedentarios.

Ahora que empieza a demostrarse que estos productos no sólo nos estropean el cuerpo sino también la mente, e incluso empeoran el clima social, tal vez haya llegado el momento de que el debate sobre nuestros hábitos alimenticios suba de nivel y deje de limitarse a una cuestión de estómago.

Sabíamos que el fast-food no es bueno para nuestros cuerpos. Llegó el momento de plantearnos qué le hace a nuestras mentes.

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