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La extraña tendencia a la orgía en tiempos del apocalipsis

Los mejores presagios anuncian que las nuevas generaciones, a diferencia de las anteriores, no tienen nada que perder; los peores, por el contrario, anuncian que una cierta inclinación a la precariedad va en los genes

El mundo se derrumba y nosotros nos creemos alejados de tal fatalidad y elegimos follar. Ahí fuera la gente lo pierde todo. Pero nosotros aún tenemos nuestro trabajo, nuestra casa, nuestra vida. Nuestra habitación oscura”. Tal podría ser el pensamiento de uno de los personajes de la última novela de Isaac Rosa, La habitación oscura. En ella, el escritor y periodista hace un repaso de los primeros años de la crisis desde el punto de vista de una gran parte de la población, que asistió al derrumbe del sistema como espectadores. Hablamos con el autor acerca del libro, del periodismo, de la movilización social.

Si la España de hoy en día fuera en realidad una habitación oscura y quince años después le diéramos a una manivela para repasar el pasado, ¿podríamos sentirnos orgullosos de lo construido?

Afortunadamente la España de hoy va dejando de ser una habitación oscura: estamos saliendo a la luz. Aunque el tópico diga que vivimos tiempos oscuros, yo creo que es todo lo contrario. Ahora lo vemos todo. Antes era cuando no veíamos, no sé si porque estábamos a oscuras, deslumbrados por exceso de luz, o con los ojos cerrados. Pero hoy se ve todo. Lo más interesante que está ocurriendo entre nosotros, los brotes verdes de la repolitización ciudadana, son todo lo contrario de la habitación oscura de la novela: sucede a la luz, en la calle, viéndonos y reconociéndonos, hablando, sin anonimato, con consecuencias y compromiso. Hasta ahí respondo con el optimismo de la voluntad. En los días impares me toca pesimismo de la razón, y entonces le doy a esa manivela y viajo al futuro, dentro de quince o veinte años, y me da por preguntarme si entonces mis hijas me reprocharán que no estuve a la altura, que no defendí lo perdido con la suficiente fuerza. Me obsesiona ese pensamiento.

¿Qué alivia más: la oscuridad, no ver lo que ocurre, o la luz y la transparencia? Es decir, ¿es preferible no ver lo que sucede ahí a ser consciente de lo que ocurre?

Una de las lecturas de la novela tiene que ver con ese juego de contrarios: la luz frente a la oscuridad, la visibilidad y la invisibilidad, ver y no ver (y no ser visto). La oscuridad como un refugio, pero no siempre negativo, más bien ambivalente, o ambiguo: en ocasiones esa oscuridad es una forma de salir al mundo, de encontrar un exterior que parece imposible, de estar fuera de la hipervisibilidad que vivimos, el agotamiento de tener que estar todo el tiempo viendo y siendo vistos. En otros momentos la oscuridad es una forma de cobardía, una huída de la realidad para aplazar las decisiones importantes, para no asumir consecuencias, para no enfrentar el conflicto. Me gusta esa ambivalencia que en realidad es natural a la oscuridad, que nos atrae y nos espanta por igual, es al mismo tiempo fascinante e inquietante.

El tumulto inicial, ese centro de la habitación en la que confluyen todos, es la unión. Con el tiempo se cansan o siguen otros caminos, y hay menos gente que quiera gatear hasta ese centro. ¿Metáfora de la difícil unión de la izquierda?

Conforme encuentro lectores me doy cuenta de que la habitación de la novela es un contenedor de metáforas inagotable, y caben muchas interpretaciones. David Becerra, un lector que aprecio y admiro, intuyó algo en una dirección parecida, una imagen de la izquierda (en su caso la veía encerrada en sí misma, sin salir al exterior). Yo no tenía en mente convertir la habitación oscura, sus inquilinos, en una imagen de la izquierda, pero hay interpretaciones que escapan a mis intenciones y no por eso dejan de ser válidas.

Escribes: “Seguíamos siendo otros, conservábamos en lo oscuro un anonimato que en realidad era otra forma de ser y que nos igualaba, porque aquí no hay fealdad ni preferencias ni rechazo, todos somos un mismo cuerpo”. ¿Qué pasaría si hiciésemos todo eso que se hace en una habitación oscura a la luz del día? Yo creo que lo que seduce de la habitación oscura es la falta de consecuencias. Que lo que haces queda ahí dentro, no trasciende, no continúa, no te persigue. Es el tipo de relación que buscamos muchas veces. Relación sentimental, sexual, pero también social, incluso política. Inofensiva, sin consecuencias, sin compromiso. Precaria, en el fondo.

Los personajes de la novela son “piezas de una máquina que no debía detenerse”, cosa que suena como el capitalismo. ¿Hemos cambiado la percepción de nosotros mismos? ¿Seguimos siendo piezas, o ya una mano de obra consciente de un sistema envenenado?

Somos cada vez más conscientes, aunque tal vez no lo suficiente. Veníamos de un tiempo de despolitización y desclasamiento, y aunque ahora estemos repolitizándonos y recuperando cierta conciencia de clase a gran velocidad, aún es poco. Creo que falta un cambio de mentalidad: asumir que esto no es una crisis con comienzo y final. También hay que entender que el ataque no se va a detener ante nada. Como oí decir a Josep Fontana: de nuestros derechos solo va a quedar aquello que seamos capaces de defender. Todo lo demás, lo que no defendamos con toda la resistencia posible, desaparecerá. Todo eso implica un cambio de marco, que empieza por vernos de otra manera. En eso ayuda la situación actual. Nos rompe a la fuerza el espejismo en que vivíamos y nos obliga a hacer de la necesidad virtud.

En cuanto a lo primero, de repente se han caído las máscaras y nos volvemos a ver como lo que nunca dejamos de ser: trabajadores, gente que no tiene más que su fuerza de trabajo, mientras antes nos creíamos otra cosa: clase media, propietarios, consumidores, profesionales, cualquier cosa con tal de no sentirnos clase trabajadora. Luego está la necesidad hecha virtud. Lo perdido nos hace tomar conciencia y entender lo equivocados que estábamos, y entender que hay formas de estar en el mundo, de relacionarnos, de vivir. De ahí surgen muchas iniciativas interesantes recientes, gente que está construyendo relaciones al margen del mercado, alternativas, formas de funcionamiento autogestionado, cooperativo, horizontal... Pero me pregunto hasta qué punto ese cambio de conciencia es sólido o solo obligado.

Hay quien tiene la sensación de que en el momento en que todo vuelva a equilibrarse regresaremos a alguna burbuja, nos asentaremos de nuevo, volveremos a la maquinaria. ¿Qué consideras esencial para que aquellos que ahora estudian no construyan habitaciones oscuras otra vez?

Si hablamos de los que ahora tienen veinte años o menos, yo soy más optimista. Lo tienen todo en contra, sí, y a diario se les invita a marcharse del país. Pero tienen menos miedo que nosotros. No tienen nada que perder. Mientras nosotros nos agarramos a lo que nos queda y sentimos nostalgia de lo que fuimos o de lo que pudimos ser (y del carácter nostálgico de mi generación habría mucho que hablar), lo más jóvenes son como el proletariado clásico: nada que perder salvo sus cadenas, frente a quienes estamos en riesgo de perderlo todo. Eso debería hacerles más audaces. No es una garantía, lo sé, pero yo los miro con más optimismo.

Dicen que el periodismo, después de la construcción, es la profesión que más ha contribuido a aumentar las listas del paro. Pero es verdad que parece que sólo adquirimos conciencia cuando aparece la amenaza de despido, o cuando ya no hay vuelta atrás. Los que trabajamos o hemos trabajado en medios, ¿somos los mejores ejemplos del trabajador con miedo que prefiere no decir nada por miedo a que le echen?

No. No creo que el periodismo sea el mejor ejemplo de ese miedo. El periodista siempre cuenta con la protección que le da el hecho de que su actividad laboral pertenezca al terreno de las libertades. Es decir, el periodista despedido siempre puede lamentar el daño al derecho a la información de los ciudadanos, e incluso a veces denunciar purgas, censura, etcétera, y encontrar solidaridad, de otros periodistas en primer lugar, lo que da más visibilidad. Por su parte, el empresario periodístico sabe que sus despidos siempre son peor vistos que en otras empresas y reciben más atención informativa. El periodismo siempre tiende a convertirse él mismo en noticia. Los despedidos y explotados de otras profesiones no suelen merecer tanta atención ni tanta solidaridad, y no encuentran derechos o libertades que puedan decir perjudicadas por su despido o explotación. Y a pesar de esa supuesta “ventaja”, los periodistas están siendo despedidos en masa y recortados y explotados, y ahí también habría mucho que pensar sobre la incapacidad de estos trabajadores para la acción colectiva más allá de cada empresa.

Respecto a los nuevos medios, ¿es posible también que algunos se hayan convertido en nuestras habitaciones oscuras? Es decir, medios en los que podemos escribir contra las consecuencias del sistema pero, al final, acaban siendo parte del sistema. Profundizo en ese pensamiento de la figura del bufón. Un rey necesitaba a alguien que se riera de él para que el pueblo no lo hiciera. ¿Necesita también este sistema medios desde los que hablar contra él?

Es posible. Hay un cierto malentendido al respecto. Solemos pensar que la existencia de prensa libre es sinónimo de democracia, y habría mucho que reflexionar sobre cómo de libre es esa prensa y si su sola existencia garantiza o no la democracia. Por otro lado, en todo sistema político, por democrático que sea, hay unas líneas rojas más allá de las cuales operan la censura, la autocensura y la represión. Durante un tiempo aquí lo fue la monarquía, pero su propio derrumbe ha dejado sin valor las líneas rojas. Hoy da risa pensar que se persiguió un número de El Jueves que parece tan inofensivo comparado con lo que hoy publican la misma revista y otras. Las líneas rojas en España no son tanto políticas como económicas, empresariales. Pensemos en el silencio o cuidado de muchos medios con algunas empresas, por ejemplo El Corte Inglés, pero no es la única. Y tampoco olvidemos que en esta “democracia” se han cerrado medios y un director de periódico sufrió tortura policial: Martxelo Otamendi, director de Egunkaria.

Tu libro podría compararse en cierta manera a aquella conversación entre Ilsa y Rik en Casablanca, cuando ella le dice: “El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”.

Sí, en el libro en algunos momentos más bien “mientras el mundo se derrumbaba nosotros follábamos”. Más allá, hay una reflexión sobre la distancia que ponemos entre la realidad y nosotros, aplicado al momento actual, a esto que llaman crisis: cómo hemos sido durante mucho tiempo, cada vez menos, espectadores de nuestra propia tragedia, hemos asumido esa condición de espectadores, externa. Yo hablo en la novela de “turistas en un terremoto”, y era así como muchos vivimos los primeros momentos de incertidumbre y derrumbe en 2008, 2009, como turistas que recorren con fascinación el paisaje devastado, sintiéndose a salvo, inmortales. Serían otras las víctimas; a nosotros no nos iba a pasar nada. Hasta que fuimos viendo a nuestra gente también caer, y, siguiendo la analogía sísmica, cómo cada vez más escombros nos alcanzaban y ahogaban las nubes de polvo. A ello contribuyó, en los primeros momentos, el discurso apocalíptico que los medios propagaban a diario. Uno ve las portadas de aquellas semanas, cuando se hundió Lehman Brothers y empezó a caer el dominó financiero, y parece que asistíamos a una emocionante retransmisión deportiva de la que éramos espectadores.

¿No crees que nos hemos acostumbrado a ese ser espectador? Con tantos casos de corrupción a mí me sorprende, por ejemplo, que se diga que no pasará nada con el caso Bárcenas, y no notar apenas movimiento.

Por un lado está, nuestra condición de espectadores, que parece ya nuestra condición natural. Una posición pasiva, ajena, impaciente, y que por reacción no entiende más que el aplauso o el abucheo. En lo que se refiere a la corrupción, hay también un problema de cultura democrática. O de incultura más bien: falta cultura y memoria democrática, que es el defecto de fábrica de esta democracia, que se construyó sobre el olvido y sobre la impunidad, y de ahí la naturalidad con que asumimos hoy la impunidad, la falta de consecuencias de los actos políticos y de los nuestros también. Siempre digo que el problema español no se llama corrupción, sino impunidad. Corrupción hay en otros países, incluso más, pero esta impunidad es muy typical spanish.

¿A ti te sorprende que haya poco movimiento en la calle? Es decir: cuando en Portugal convocan una manifestación, se concentran decenas de miles de personas frente al Congreso. Aquí nos falta todavía eso, ¿no?

La movilización ciudadana no ha estado en ningún momento a la altura del ataque sufrido (con la excepción notable de la PAH), pero además hoy se nota una creciente fatiga en los movimientos de protesta. Supongo que detrás hay una mezcla de causas, entre ellas el miedo. El miedo a perderlo todo, más que a la represión. La falta de memoria y tradición de resistencia colectiva, y las propias debilidades estructurales de los movimientos de protesta por completo, y ahora el rearme ciudadano no es tan rápido ni tan eficaz como querríamos, y cunde la desmoralización: “¿Para qué protestar, si no estamos consiguiendo nada?” Aunque el balance de resultados pueda ser negativo, no hay otro camino que seguir el abierto por experiencias como la PAH: organización colectiva y autónoma, apoyo mutuo, resistencia, imaginación para desbordar los estrechos márgenes del sistema, continuidad en las acciones. En Portugal tampoco consiguen parar los grandes recortes y contrarreformas, pero alguna conciencia de lucha colectiva más que nosotros tienen. Por algo tumbaron su dictadura con una revolución, mientras aquí murió en la cama y con transición.

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