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50 años después, un experimento demuestra que podemos torturar ante una orden

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El experimento de Milgram prueba que los seres humanos seguimos teniendo una obediencia ciega a la autoridad, aunque nos pidan infringir descargas eléctricas a personas inocentes

A.O.

16 Marzo 2017 16:09

Acaban de repetirse los inquietantes experimentos Milgram para observar si en la actualidad seríamos capaces de electrocutar a una persona solo porque nos lo ordenan. A parentemente, hay malas noticias: 50 años después del primer experimento, la sociedad no ha cambiado en nada.

Las recientes pruebas demuestran que seguimos teniendo una obediencia ciega a la autoridad, aunque lo que nos pidan sea torturar a un ciudadano indefenso hasta la muerte, y apretamos sin ningún remordimiento los botones de alto voltaje que pretenden freír a desconocidos.

Para poner contexto, Stanley Milgram fue un científico estadounidense que en 1961 quiso comprobar si podíamos convertirnos en monstruos. Tres meses antes, se había juzgado a Adolf Eichmann, un nazi que planeó el genocidio de millones de judíos. Durante el juicio, su defensa había alegado que lo orquestó porque se lo habían ordenado y, al enterarse, Milgram decidió estudiar la voluntad de los individuos para negarse o perpetrar el horror.

Milgram ideó estos experimentos para responder a la pregunta: ¿Podría ser que Eichmann y su millón de cómplices en el Holocausto sólo estuvieran siguiendo órdenes? ¿Podríamos llamarlos a todos cómplices?

En esta ocasión, aunque en una versión moderna, la esencia del experimento Milgram se mantuvo. A los participantes se les dio un mando -esta vez con diez botones en lugar de 30- para inducir descargas eléctricas a otra persona en una sala vecina a la que no ven, pero pueden escuchar. Esa persona se encontraba respondiendo una serie de preguntas pero, si fallaba, los voluntarios debían pulsar unos botones que aplicaban una sacudida desde 15 inofensivos voltios a los dolorosos 450.

No se producían descargas reales porque en la otra habitación solo había sentado un actor que suplicaba que pararan las torturas, pero los voluntarios desconocían totalmente que los gritos eran fingidos. Simplemente se les había dicho que formaban parte de una investigación científica y que tenían que seguir las reglas establecidas.

De los 80 participantes (40 hombres y 40 mujeres), algunos protestaron y se mostraron indecisos al escuchar los gritos, pero dos tercios de los encuestados obedecieron las órdenes y continuaron. Al final, el 90% de los voluntarios estuvo dispuesto a aplicar el máximo nivel de descarga: 450 peligrosos voltios.

"Algunos decían que se sentían incómodos al oír a la otra persona gritando en la habitación de al lado. Otros simplemente decían: 'no quiero hacer esto, estoy haciendo daño a otra persona'. Pero cuando el experimentador les insistía para que continuaran, lo hacían", dice el investigador polaco Tomasz Grzyb que ha realizado la prueba esta vez en Europa central, en lugar de en EEUU.

"Una gran mayoría de personas afirman que nunca se comportarían de esa manera cuando escuchan hablar de los experimentos de Milgram. [Pero] nuestro experimento ha ilustrado una vez más el tremendo poder de la situación a la que se enfrentan los sujetos y la facilidad con que pueden aceptar cosas que encuentran desagradables", concluye.

La muestra de los participantes es demasiado pequeña para que se pueda extrapolar ese comportamiento al resto de la población. Sin embargo, la pregunta que queda suspendida en el aire es: 50 años después, ¿seguimos siendo ovejas obedientes sin voluntad?

[Vía Science Alert]

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