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Lo sentimos, las propiedades milagrosas del desayuno NO existen

¿Cuántas veces has oído que el desayuno es la comida más importante del día? Pues bien, es hora de desmontar la maldita frase. Una pista: todo es culpa de la mala ciencia

Imagen de Bobby Doherty

El mundo no se divide entre personas de gatos o de perros. El mundo se divide entre aquellos que aman desayunar y aquellos que lo odian.

Y yo me encuentro en el segundo grupo.

Desde que de pequeña mis padres me obligaban a tomar “la primera comida del día” como si fuera un elixir milagroso, he desarrollado una animadversión hacia el desayuno que raya lo patológico. Todo comenzó con los cereales reblandecidos en leche caliente que mi padre me hacía comer todas las mañanas para “que rindiera más en el cole”.

-“¿Si como estos cereales voy a sacar mejores notas?”, le preguntaba a mi padre.

-“Pues claro hija, lo dicen los científicos”.

Cabrones.

Porque, más allá de si te gusta o no desayunar, hay una cosa que es totalmente cierta. Aquellos que odiamos el desayuno somos víctimas de ataques constantes por parte de la otra parte del mundo. Y en ese equipo maligno está la ciencia, los investigadores y sus cientos —¡miles!— de estudios.

Estudios, que al igual que muchos consejos nutricionales, descansan sobre lugares comunes, encuestas malinterpretadas y estudios sesgados.

Ya lo dice el nutricionista José María Ordovás: “De los estudios estadísticos puedes sacar prácticamente las conclusiones que quieras. La mayoría de los lugares comunes sobre alimentación se han construido preguntando a la gente qué ha comido en el último año. Y eso no lo sabe contestar nadie”.

Que nadie me malentienda: por supuesto que no rechazo la comida de desayuno. Las crêpes, las tortitas con sirope de caramelo, los gofres blanditos, los huevos revueltos con salchichas, el BACON, los zumos de frutas, los bollos, croissants y tostadas bien crujientes, el tanque de café, la leche con cacao... pequeños placeres culinarios que elegiría mucho antes que cualquier entrecot al punto.

El problema viene con las horas del desayuno. Porque, por Dios, ¿a quién le puede apetecer una tostada con aguacate y queso a las seis y media de la mañana?

Digo aguacate y queso como podría decir salmón a la mostaza. Al punto de la mañana tienes los ojos hinchados, la boca dormida y el piloto automático activado. Podrías comerte un zapato si estuviera bien cocinado. O incluso crudo.

El desayuno molaría si se hiciera a las nueve de la noche.

No hay que esforzarse mucho para encontrar estudios que asocian saltarse el desayuno con la mala salud. Una investigación publicada en 2013 llegó a la conclusión de que los hombres que se saltaban el desayuno tenían más riesgo de enfermedad coronaria que aquellos que no lo hacían. Y otro publicado este año establecía que los adolescentes que no tomaban el desayuno tenías más riesgo de padecer obesidad.

Vamos, según estos estudios el destino de tu metabolismo está escrito en una taza de desayuno del IKEA.

¿Y por qué tanto interés en investigar sobre los desayunos?

La primera comida del día responde a intereses ocultos. Y no, no está involucrado el Club Bilderberg, los masones, los illuminati o el Opus Dei. No. Hablamos de algo peor: la industria alimentaria.

Muchas veces estas investigaciones están financiadas por los propios fabricantes de comida de desayuno. Kellogg's financió un estudio muy citado que llegaba a la conclusión de que consumir cereales para el desayuno estaba asociado con ser más delgado.

El Centro de Avena Quaker de Excelencia (que pertenece a PepsiCo) financió un estudio que mostraba que el consumo de harina de avena o copos de maíz reducía el peso y el colesterol. Pronto llegará Mcdonalds para decirnos que las hamburguesas industriales son el mejor camino hacia una buena salud. Tiempo al tiempo.

 

Hay pocos científicos valientes que se atrevan a hablar mal del desayuno. La mayoría sienta cátedra desde su universidad americana y contribuye a que el lobby de los desayunos crezca más y más.

Y que algo en apariencia tan inocente como unas tostadas y un café llegue a afectar a tu vida cotidiana más de lo que te imaginas. Porque ya sabemos lo que pasa...

Es lunes y ha sonado la alarma del despertador. La has parado. Ha vuelto a sonar. Remoloneas 10 minutos, 15... otros cinco minutos más. MIERDA, llego tarde. Te duchas a toda prisa, te vistes y, justo cuando estás a punto de salir de casa, una vocecita resuena en tu cabeza. “Tienes que desayunar, el desayuno es la comida más importante del día, va a activar tu cerebro y metabolismo, es la clave para que tu día sea maravilloso, lo dice la Universidad de Standford”, dice la voz.

Coño, si lo dicen los cocos de Stanford...

Es entonces cuando vuelves sobre tus pasos, te diriges a la cocina y desayunas. Enhorabuena, has vuelto a ser víctima de la presión de la sociedad, del lobby de los desayunos y llegas tarde al trabajo otro día más.

En 2013, un grupo de investigadores fueron conscientes de los problemas que estaban causando los estudios de este tipo y realizaron una revisión de la literatura existente sobre la relación entre el desayuno —o su falta— y la obesidad.

Un estudio sobre estudios. Qué ironía. Y qué genialidad.

Estos valientes científicos llegaron a la conclusión de que los especialistas en nutrición AMAN correlacionar estas dos variables. Les produce placer relacionar la obesidad y el desayuno. Y lo hacen una y otra vez. Aunque haya defectos metodológicos, asociaciones que deben ser vistas desde el escepticismo, pocos ensayos controlados aleatorios...

Una de las conclusiones de ese trabajo de revisión fue que los responsables de estos estudios sobre el desayunar a menudo usan lenguaje causal para describir resultados que solo muestran correlación de datos, citan erróneamente y, en un giro diabólico de los acontecimientos, utilizan ese mismo lenguaje causal incorrectamente a la hora de referirse a los resultados de los demás. Y no lo digo yo, lo dice Aaron E. Carroll, profesor de pediatría en la facultad de Medicina de la Universidad de Indiana, en un artículo en el New York Times.

Y después de destapar la mafia de los estudios sobre desayunos... es hora de que nuestro equipo contribuya a la causa. Porque si, amigos, quienes odiamos la "obligatoriedad moral" del desayuno también tenemos a la ciencia de nuestro lado. En concreto, dos nuevos estudios que vienen a darnos la razón.

El primero, elaborado por investigadores de la Unversidad de Alabama en Birmingham, llegó a la conclusión de que no existe un impacto negativo entre la pérdida de peso y no tomar desayuno. Para ello, realizaron un ensayo con 300 personas obesas. Durante cuatro meses unos tomaron desayuno y otros no. Al final del experimento ambos grupos habían conseguido perder exactamente el mismo peso. Es decir, da igual que tomes el desayuno o no, esto por sí solo no afectará a tu línea.

El segundo estudio, dirigido por James Betts, profesor de nutrición de la Universidad de Bath, desmonta otra de las creencias de los fans del desayuno. Aquella que dice que desayunar impedirá que comas más durante la comida.

Los autores del artículo defienden que investigaciones más realistas demuestran que la gente ocupada, con una rutina diaria y que prescinde del desayuno consume menos energía que aquella que sí que realiza la primera comida del día. Si nuestro cuerpo recibe más comida, consume más energía. Y si recibe menos, consume menos.

En el estudio también se analiza la creencia popular que defiende que el desayuno pone en marcha y acelera nuestro metabolismo. En parte es correcta, porque somos mamíferos y necesitamos mantener nuestra temperatura corporal. Y lo hacemos mediante termogénesis inducida por la dieta. Es decir, durante la digestión. Durante este proceso nuestro cuerpo genera la temperatura necesaria y lo hace mediante la quema de energía.

Hay investigaciones que demuestran que esta quema es superior por la mañana. Sin embargo, esta influencia es anecdótica ya que no supone más de un 10% en la mayoría de los casos.

Lo sentimos, la magia del desayuno, las propiedades milagrosas... no existen.

Pero siempre puedes ahogar tus penas pidiendo otra ración de huevos con bacon. Aunque sean las cuatro de la tarde.

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