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Las estrellas del porno también leen: Los 5 poemas de Amarna Miller

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Hablamos con la actriz sobre su afición por la literatura

Luna Miguel

17 Marzo 2014 10:22

Amarna Miller parece una diosa. Blanquísima, pelirroja, inteligente, de aspecto suave y travieso. Decir que es sólo una pornstar sería quedarse corto, pues quienes la conocen saben que ella es mucho más. Con sólo 23 años Miller ha trabajado con algunas de las productoras internacionales más importantes y además dirige la suya propia.

Su página web también es una inspiración. Llena de buen gusto, de recomendaciones pornográficas, eróticas o literarias. Llena de curiosidades sobre la industria y sobre su propia vida. Llena de hermosas fotografías en las que podemos encontrarla desnuda, o haciendo el loco, o recordándonos dónde podemos comprar lencería hermosa.

La semana pasada, tras la muerte del poeta Leopoldo María Panero, Miller subió a su blog un poema del autor a modo de despedida. Fue entonces cuando nos decidimos a preguntarle por su relación con el género poético, y le pedimos que nos recomendara algunos de sus textos preferidos. El amor, el erotismo y la pasión son los temas que rondan estos poemas.

A continuación, pues, esta pequeña antología erótica seleccionada por Amarna Miller:

Amarna Miller

1. Hagamos un poema, de Guillermo Carnero

Hagamos un poema,

con tu pie

y mis labios

con la brisa de noviembre

y los aguaceros de junio.

Pintemos de pájaros

y madrugadas

nuestras espaldas sudorosas.

Amamantemos nuestra sed

con el crepúsculo

tímido y solitario

que se corona de lunas

desparramadas

en las gotas

de los inviernos.

Amarna Miller

2. La noche, de Eduardo Galeano

I

No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya;

pero tengo una mujer atravesada en la garganta.

II

Arránqueme, señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme.

III

Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo.

IV

Me desprendo del abrazo, salgo a la calle.

En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna.

La luna tiene dos noches de edad.

Yo, una.

3. Diario de un seductor, de Leopoldo María Panero

No es tu sexo lo que en tu sexo busco

sino ensuciar tu alma:

desflorar

con todo el barro de la vida

lo que aún no ha vivido.

4. Despedida, de Jorge Luis Borges

Entre mi amor y yo han de levantarse

trescientas noches como trescientas paredes

y el mar será una magia entre nosotros.

No habrá sino recuerdos.

Oh tardes merecidas por la pena,

noches esperanzadas de mirarte,

campos de mi camino, firmamento

que estoy viendo y perdiendo...

Definitiva como un mármol

entristecerá tu ausencia otras tardes.

Amarna Miller

5. Alargaba la mano y te tocaba, de Antonio Gala

Alargaba la mano y te tocaba.

Te tocaba: rozaba tu frontera,

el suave sitio donde tú terminas,

sólo míos el aire y mi ternura.

Tú moras en lugares indecibles,

indescifrable mar, lejana luz

que no puede apresarse.

Te me escapabas, de cristal y aroma,

por el aire, que entraba y que salía,

dueño de ti por dentro. Y yo quedaba fuera,

en el dintel de siempre, prisionero

de la celda exterior.

La libertad

hubiera sido herir tu pensamiento,

trasponer el umbral de tu mirada,

ser tú, ser tú de otra manera. Abrirte,

como una flor, la infancia , y aspirar

su esencia y devorarla. Hacer

comunes humo y piedra. Revocar

el mandato de ser. Entrar. Entrarnos

uno en el otro. Trasponer los últimos

límites. Reunirnos...

Alargaba la mano y te tocaba.

Tú mirabas la luz y la gavilla.

Eras luz y gavilla, plenitud

en ti misma, rotunda como el mundo.

Caricias no valían, ni cuchillos,

ni cálidas mareas. Tú, allí, a solas,

sonriente, apartada, eterna tú.

Y yo, eterno, apartado, sonriente,

remitiéndote pactos inservibles,

alianzas de cera.

Todo estuvo de nuestra parte, pero

cuál era nuestra parte, el punto

de coincidencia, el tacto

que pudo ser llamado sólo nuestro.

Una voz, en la calle, llama y otra

le responde. Dos manos se entrelazan.

Uno en otro, los labios se acomodan;

los cuerpos se acomodan. Abril, clásico,

se abate, emperador de los encuentros.

¿Esto era amor? La soledad no sabe

qué responder: persiste, tiembla, anhela

destruirse. Impaciente

se derrama en las manos ofrecidas.

Una voz en la calle... Cuánto olor,

cuánto escenario para nada. Miro

tus ojos. Yo miro los ojos tuyos;

tú, los míos: ¿esto se llama amor?

Permanecemos. Sí, permanecemos

no indiferentes, pero diferentes. Somos

tú y yo: los dos, desde la orilla

de la corriente, solos, desvalidos,

la piel alzada como un muro, solos

tú y yo, sin fuerza ya, sin esperanza.

Idénticos en todo,

sólo en amor distintos.

La tristeza, sedosa, nos envuelve

como una niebla: ése es el lazo único;

ésa la patria en que nos encontramos.

Por fin te identifico con mis huesos

en el candor de la desesperanza.

Aquí estamos nosotros: desvaídos

los dos, borrados, más difíciles,

a punto de no ser... ¿Amor es esto?

¿Acaso amor es esta no existencia

de tanto ser? ¿Es este desvivirse

por vivir? Ya desangrado

de mí, ya inmóvil en ti, ya

alterado, el recuerdo se reanuda.

Se reanuda la inútil existencia...

Y alargaba la mano y te tocaba.

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