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Ángel de bronce, o la muerte más sobria de Amy Winehouse

Tres años después del fallecimiento de la cantante, se presenta una estatua en su honor… que no le hace justicia

Hace un par de días se descubría en Camden la estatua que recordará para siempre a la cantante británica Amy Winehouse. Se trata de una efigie de bronce esculpida por Scott Eaton, que en la presentación abarrotada afirmó que había querido inmortalizarla en una pose “reflexiva y contemplativa”. Como era de esperar, la obra de Eaton arrancó los aplausos de una multitud entregada, de los fans, de los vecinos de un barrio que ella amaba y de sus padres, que besaron las mejillas frías de su hija desaparecida.

Claro que Amy Winehouse, la artista más díscola que el panorama musical británico ha dado los últimos años, nunca fue reflexiva ni contemplativa: vivió atormentada gran parte de su corta vida. Al contrario de lo que muchos creen, fueron su timidez y pánico escénico lo que la empujó a beber entre bastidores. Odiaba tener a la prensa tras ella, no le gustaba notar que todo el mundo la estaba juzgando, por eso se escondía en sus amigos, en sus amores, se arremolinaba entre cócteles de vodka y heroína. Amy amaba la música, pero probablemente no estuviera hecha para la maquinaria de esta industria. Al contrario que su timbre de voz, no era fuerte. Era rica y le daba igual. Cuando sus adicciones llegaban demasiado lejos, como en el concierto de Belgrado, donde subió al escenario desorientada y patética, dejaba de beber y drogarse de golpe. Se sentía avergonzada.

Antes de su fallecimiento, Amy fue asesinada por los rumores decenas de veces: accidentes de coche, asesinatos, sobredosis. Como su padre dijo, fue una casualidad que muriera ese día en concreto: podría haber sido mucho antes. El público, sus fans, sólo hacían sus apuestas en la cuenta atrás. El 23 de julio de 2011, cuando su cadáver fue hallado en su casa, tan sólo estaba muy borracha (4,16 gramos de alcohol por litro en sangre): hacía meses que no se drogaba pero seguía sin ser feliz. Ahora, a los tres años después, ya podremos fotografiarnos con ella, ponerle flores en su cardado de bronce. También podremos abrazarla, decirle lo mucho que la echamos de menos, preguntarle por qué se hizo tanto daño o admirar en silencio su suicidio lento.

Más allá de las fauces del mercado y de su padre, Mitch Winehouse (que siguen explotando su estela y legado), el homenaje público a una artista problemática y rebelde suscita varios interrogantes. Las estatuas suelen venerar a figuras sobre las que hay consenso social y cultural, personajes históricos, patrióticos y a la nobleza. Muchas de ellas recuerdan las muertes del enemigo como proezas. Amy provenía de una familia vulgar, brilló como pocas y sólo se mató a sí misma. Entonces, ¿siguen siendo los artistas atormentados nuestros héroes de catarsis? ¿Se llevan, con su muerte, la cobardía de los demás? ¿Son sus erráticas vidas los dramas que nos alivian?

Puede que la estatua de Amy Winehouse en Camden sea una de las últimas representaciones del artista emocionalmente enfermo en la industria cultural. El genio roto no parece encajar en el puritanismo que exhiben los nuevos grandes fichajes de las discográficas. Lo que parece seguro es que con esta escultura extraña y apaciguada todos podemos acercarnos a Amy como ella nunca habría querido. Permanecerá disciplinada, sobria y sumisa para siempre. Callará ante nuestras idealizaciones, conjeturas y decepciones. Esta estatua no es otra cosa que la tumba de la discutible Amy Winehouse, convierte a todos quienes se posan en ella en fabricantes de un diagnóstico. Aquello de lo que ella siempre huyó.

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