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8 escenas mafiosas en un cine español

Una taquillera y un proyeccionista relatan la entrañable corrupción entre butacas

[Explosión a cámara lenta]

La semana pasada el diario El País publicó una investigación sobre el supuesto fraude millonario en el cine español, una estafa de dimensiones considerables que para muchos era ya una tradición.

El engaño consistía en lo siguiente: las productoras falseaban el número de entradas vendidas para sus películas con el objetivo de recibir subvenciones del Ministerio de Cultura.

Millones de espectadores inventados para conseguir millones de euros de las arcas públicas.

A Daniel y Arancha se les escapa la risa floja. Ambos trabajaron durante años (de 2005 en adelante) en cines propiedad de una de las productoras investigadas en este caso. Él era proyeccionista, ella vendedora de entradas.

Están más que dispuestos a contarnos cómo es la mafia del cine español, y cómo se les pidió que colaboraran con ella.

Escena 1: A lo loco

De 15.30 a 22.30 venían entre 5 y 10 personas, pero yo imprimía 400 entradas

Daniel (D): "La industria del cine sigue este orden: Director -> productor -> distribuidor -> exhibidor. En España, los 3 últimos actores, si no son la misma empresa, trabajan muy juntos . El distribuidor le pide al exhibidor, al cine en cuestión, que hinche el número de entradas vendidas, ya que si no llega a un número mínimo de espectadores no podrá obtener la subvención del Ministerio de Cultura".

Arancha (A): "Yo imprimía entradas falsas de películas minoritarias, españolas o dobladas al catalán. Con una de James Bond nunca hice algo así. Muchas veces eran films que habían producido los mismos dueños del cine".

Escena 2: Sesiones muy golfas

Durante el día no venía ni Dios, y por la noche el cine se llenaba de 'gente invisible'

A: "Si el cine tenía tres salas, se programaban tres sesiones golfas y se llenaban de gente invisible. Imprimíamos cientos de entradas falsas para pases en los que era muy improbable que un inspector viniera. Nos podíamos inventar la cifra".

A: "El fraude no era lo peor, sino el maltrato laboral. Mi jefe intentaba que creyera que las entradas que yo imprimía por las tardes eran para los colegios e institutos que iban a las sesiones matutinas, que como yo no estaba en la taquilla a esas horas no los veía. Era tan obvio que mentía...".

Escena 3: la mafia somos todos

Se forraban a tres bandas

A: "Al principio pensaba que esto sólo se hacía en nuestro cine, pero luego vimos se hacía en muchos".

D: "Toda esta corrupción es culpa de la política de subvenciones. Se financian ciertas películas de producción nacional en función de los espectadores que consiguen, y también se financia a las salas que las proyectan, así que productor, distribuidor y exhibidor se forran a tres bandas. Y si son los mismos, aún más".

A: "Es la jugada perfecta. Diriges y produces una peli y te montas un cine para proyectarla. Si puedes falsear las entradas, vas a ganar mucho dinero. Luego presentas un presupuesto hinchado, ficticio, para conseguir aún más dinero de la subvención. Esto se hacía así".

D: "Encima eran pelis de mierda que luego no va a ver nadie. Ni haciendo trampas se merecen que vaya gente".

Escena 4: cine social

'Voy a hacer una película en blanco y negro, con tomas muy largas y con algo truculento'. Esto lo he oído yo, tal cual. Cinismo puro

 

D: "Se rodaba con el único afán de conseguir una subvención. Todo giraba entorno al business, y eso que supuestamente era cine independiente".

A: "Muchas de esas películas parecían de autor y en realidad eran productos ideados para conseguir pasta. Detrás de la más vanguardista había un cinismo puro, todo era pantomima. Lo que más nos divertía era leer elogios en los medios, ver como los críticos caían en su trampa".

D: "Toda esa gente que se estaba forrando maltrataba al trabajador. Obligaban a la plantilla de los rodajes a firmar facturas falsas, había impagos a los trabajadores del cine. La gente que quería hacer cine de forma honesta se quedaba sin recursos porque unos pocos habían secado las arcas. Mientras una parte del sector se enriquecía, otra se empobrecía".

A: "Mucha gente que trabajó en nuestro cine se fue sin cobrar. Cambiaban de proyeccionista cada dos por tres y se producían muchos errores. ¡Un día proyectamos un chat de internet en la pantalla!".

Escena 5: entrañable estafador

Mi jefe: 'Esta película es para unos chanchullos'

A: "'Sobre todo no pongas siempre el mismo número de entradas, que si no se notará', me decía mi jefe. Todo era muy chapucero".

D: "No lo vivíamos como una mafia, todo esto está muy normalizado. Un día le pregunté a mi jefe: '¿Para qué programamos esta película, si no la vamos a proyectar?', 'Es para unos chanchullos que tenemos, se puede hacer perfectamente'. Luego añadió: 'Si viniera un inspector se le puede decir que en la sala había más gente, pero que se han levantado y se han ido porque la película no les estaba gustando'".

Escena 6: la mafia somos todos

Imprimir entradas falsas era una inmoralidad que podía sobrellevar

A: "Aguanté allí hasta el último día, no era un tipo de inmoralidad que no pudiera sobrellevar. No me sentía incómoda imprimiendo entradas falsas, sino por cómo se maltrataba a los trabajadores. De hecho, nos movilizamos y llamamos a inspectores laborales para que vinieran. Eso lo denunciamos, lo otro no. Supongo que influía el hecho de saber que era algo que se hacía en todos los cines".

A: "Durante años guardé entradas falsas, pero en mi última mudanza me deshice de ellas".

Escena 7: de algo hay que vivir

Les pillaron porque un día el taquillero llegó con un coche deportivo

D: "Todo está corrompido de pies a cabeza. Eso provoca que la calidad de las películas se vaya al traste. Aquí los directores tienen que salir de España, ir a festivales, y aunque sea muy buena no les proyectarán la película en las salas".

D: "La idea es que cierren las salas pequeñas y que todo se concentre en los centros comerciales, tener un monopolio cultural y financiero. Hollywood decide lo que se ve en todo el mundo, excepto en Bollywood. Las salas pequeñas, si quieren sobrevivir, tienen que trapichear".

A: "Ha llegado a un punto ridículo: los cines fingen que venden menos entradas de las que venden, así pueden cobrar algo de dinero en negro y pagar las nóminas".

D: "Yo trabajé en un cine en el extranjero. Allí el que rompía la entrada fingía romperla y se la devolvía al taquillero para que pudiera dársela a otro espectador. Así imprimían menos entradas de las reales y podían quedarse el dinero para ellos. Les pillaron porque un día el taquillero llegó con un coche deportivo".

Escena final: Maravilloso e insostenible

Lo más triste es que no anima al cine a ser mejor, lo vuelve cada vez peor

A: "Llegábamos a las 15.30 y cogíamos dinero de la caja, como todos. Íbamos a comprar churros y chocolate, a veces nos zampábamos una fideuá. Piensa que al cine no venía ni el tato. Nunca he leído tanta prensa como aquellos años, jugábamos a cartas, hacíamos fiestas en las salas. Era artificial, insostenible y maravilloso. Siento añoranza".

D: "Un amigo me sustituyó unos fines de semana y se quedó con el dinero de unas cuantas entradas para comprarse un portátil nuevo. Todo eso, claro, fomentaba la corrupción. Si eres pequeño no te dejan otra opción, era la única manera de estar en el sistema".

D: "Yo dejé de trabajar en el cine porque un día llegué y estaba cerrado".

A: "Supongo que la industria del cine español es una comedia trágica. Lo más triste es que no anima al cine a ser mejor, lo vuelve cada vez peor".

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